Al comienzo fueron personas probadamente valientes, que sabían que al aceptar una candidatura, absolutamente nada obtendrían para sí, y que en cambio, tendrían que aportarle a esa empresa su tiempo y su hacienda y enfrentar atroces peligros, entre los que podrían hallarse no sólo la ruina, sino también la pérdida de la libertad y hasta de la vida.
Los de aquel comienzo fueron hombres y mujeres dignísimos, verdaderos servidores de la Patria, que sabiéndose libres, dieron ejemplo de cómo se alcanza y se ejercita la libertad, sin doblegarse jamás ante el capricho y los excesos del poder totalitario de aquella dictadura perfecta.
Las persecuciones, el acoso, la injusticia, la impunidad, trajeron otros tiempos en la lucha político electoral de México, y llegaron los días en que las candidaturas de los partidos de auténtica oposición recaían en quien hubiera, pues entonces el propósito fundamental era el de mantener vivo y actuante el anhelo por la democracia. A estos candidatos muchos les llamaron con sorna y desprecio, los de siempre; y, sin embargo, esos candidatos de siempre, llenaron un espacio, sirvieron un propósito que los hace por siempre recordables, pues sin ellos se hubiera reducido casi al punto de la extinción, toda esperanza de transformación política de México.
Tiempos traen tiempos, y con amaneceres de democracia, parecía que se había llegado al tiempo en el que ya sería posible ofrecer las candidaturas no sólo de los más dignos y valientes, ni de los de siempre, sino de los más aptos y preparados, de los mejor calificados; pero algo sucedió en aquel momento, que renunciando a la búsqueda de la excelencia, entonces empezó el tiempo de votar por los menos malos.
En medio del desconcierto propiciado por prácticas extrañas, recién se ha dicho que se ha seleccionado como candidatos a lo mejor que se tiene.
¿Será verdad que ese tiempo ha llegado? ¡Sólo el tiempo lo dirá!

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