Aprovechando cualquier escenario, ante los ojos de todos los mexicanos y a la vista del resto del mundo, los jerarcas mayores de dos partidos políticos nacionales se lanzan mutuas acusaciones. Uno atribuye al otro, el padrinazgo del auge de la industria del narcotráfico y del desarrollo inusitado de la delincuencia organizada; el otro descubre en su oponente la omisión como germen de esa perniciosa industria y de su sorprendente crecimiento.
Este conjunto de delaciones que van y vienen, ciertamente no es un vodevil, porque lo que esos dirigentes partidarios escenifican no es una comedia divertida. Inimaginable era, hasta hace poco, el que dos adversarios políticos principales, de esos a los que la Patria con sus recursos sostiene, viniesen a poner sobre el tablado la mayor expresión de ese enorme mal que aqueja a México, que es la impunidad.
Por acción o por omisión gubernativa, favorecer el desarrollo y el crecimiento de actividades delictivas, es cuestión que debe ser por lo menos investigada; cuanto más en el momento actual, cuando el problema ha adquirido dimensiones mayores que no sólo han traído la desgracia a muchas familias, sino que ha obligado al Estado Mexicano a desplegar acciones que reclaman colosal y creciente gasto y esfuerzo sustancial.
Sin embargo, hasta el momento, lo de esos dirigentes políticos no ha pasado ser meras palabras, porque no se sabe que uno de ellos, por lo menos uno, haya acudido ya ante la autoridad competente para presentar formal denuncia de lo que hasta hoy sólo le vienen cantando al viento.
Es casi imposible encontrar una forma de mayor ingratitud para la Nación, que sólo porque es generosa permite que el Estado sostenga a los partidos políticos en el ánimo de evitar que éstos se vuelvan rehenes de las industria del crimen.
Si el uno dice que el otro, su adversario, le ha sido infiel a la Nación, y si en sus afirmaciones existe un fondo sustancial de verdad, entonces está obligado a presentar una denuncia formal para que los hechos se investiguen y se llegue al fondo de esa verdad. Omitir el cumplimiento de este deber, es rubricar sin pudor la impunidad como una deplorable forma de vida. Si ninguno de esos dirigentes denuncia formalmente los hechos de sus acusaciones, no habrá duda de que sin proponérnoslo y sin haber adquirido las entradas, acudimos al estreno una gran tragedia.

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