Para establecer y restablecer, incluso, formas de vida y convivencia más amables, que ofrezcan las menos destemplanzas, en donde el hacer diario transcurra en ambientes de regular tranquilidad, tan necesaria para desarrollar todas las actividades productivas y provechosas, seguro que no será preciso hacer grandes proezas ni destacados inventos.
En tanto que la tranquilidad pública atañe a la comunidad entera, constituyendo una cuestión de servicio público que el Estado debe proveer y garantizar, sin duda que siempre requerirá recursos de todo género. Es conveniente, sin embargo, considerar que tales recursos no siempre han de ser de orden económico y material, y que la preservación del orden público y de la tranquilidad social ha de nutrirse de otros factores, que tal vez ni costosos resulten.
Cuarteles y academia, capacitación y adiestramiento, armas y parque, vehículos, equipos, radio, teléfono, computadores y otro sinfín de accesorios y novedades tecnológicas, expresarán el tamaño de la fuerza material del Estado, cuya intención será aparecer, desde luego, insuperable.
Pero todos esos implementos que muestran la potencia del poder público, se hallan enfilados al combate del delito ya cometido, a la persecución de criminales en activo, a la desarticulación de bandas criminales, pero eso que es a todas luces importante, no puede ser todo lo que en materia de seguridad pueda y deba hacerse.
Es imposible evitar el asombro al enterarse de que un hombre que por encargo de otros, y supuestamente por hambre, dado que por cada acción le pagaban un precio considerable, durante años se dedicó a la tarea de desaparecer los cadáveres de personas que su empleador ultimaba, y que esa tarea la desarrolló, al parecer, sin contratiempos disolviendo en químicos a más de trescientos humanos, a los que inútilmente sus parientes buscaban.
También sorprende la historia de un jovencito que a los diecinueve años de edad tomó la decisión de convertirse en un delincuente sin límites y que para hacer prosperar sus ilícitos negocios trasegando drogas, ordenó suprimir, y hasta personalmente suprimió, la vida de muchos que como él también eran personajes de ese inframundo forjado por el crimen y la violencia, para lo que compró y puso bajo su mando el servicio de muchos agentes policíacos de todas las instancias.
Fue impactante el relato de aquel hombre, finalmente liberado por elementos del Ejército, que contó el modo de actuar de la enorme empresa secuestradora que lo mantuvo cautivo.
Todas esas son historias de oprobio, de perversión; de la más pura maldad. Pero, desafortunadamente, son también historias de triunfo; triunfo de la maldad, que aunque no dure para siempre, será por siempre perniciosa, gravemente dañosa y perjudicial.
Para que sus hechos fuesen conocidos con amplitud por la abrumada comunidad, tan terribles delincuentes nada tuvieron que hacer; sólo fue preciso que su aprehensión se produjera, porque al caer en manos de la autoridad que los enjuiciará, sus desgraciadas historias se han vuelto excesivamente conocidas, dada la pormenorizada y constante difusión de que son objeto a través de los medios que consignan día a día el avance de las investigaciones de cada caso.
Así, esos individuos y sus historias de horror, quedan expuestos al conocimiento de la colectividad, no sólo como sujetos que merecen castigo por ser protagonistas de tan malas acciones, sino como pésimo ejemplo, que en si mismo lleva el propósito de constituirse en la más desdichada influencia. No hay que olvidar que entre esos delincuentes hay quienes incursionaron en ese mundillo a partir de la admiración que profesaron a otros personajes igualmente lamentables.
Esos personajes y sus hechos, de pronto se vuelven leyenda que campea en el ambiente social sin contrapeso; al instante se ofrecen como ejemplo y opción, como meta del torvo y desorientado pupilo que aspira a superar al falso maestro.
Pero en el medio social abundan las historias de éxito bueno, de acciones encomiables; de personas que jamás se han propuesto dañar a los demás, y que con su hacer cotidiano contribuyen al sano crecimiento de su entorno, de su comunidad. Historias verdaderas de almas buenas que con humilde entrega sirven a los desvalidos, a los ancianos y a los enfermos. Historias de gentes que estudian, que investigan, que sorprenden a todos con sus hallazgos benéficos; de jóvenes que construyen inventos, que renuevan la práctica del deporte; de emprendedores que viven innovando el mundo de los negocios; de nuevos valores del arte; de los que cantan, que hacen música y que recorren el país y el mundo; de gente, en suma, que lucha por su país.
La sociedad y cada uno de sus miembros, especialmente la gente joven, tiene derecho de conocer las historias de éxito que son legítimas y que por ello se disfrutan con orgullo y a la luz del día.
Cuán provechoso sería el que se instaurara como una política de Estado, el reconocer constantemente el esfuerzo de los hombres y las mujeres de todas las edades que por su dedicación, entrega y perseverancia logran obtener en sus respectivas actividades resultados que los vuelven personas destacadas. Reconocer su labor trascendente, su éxito bueno, ampliaría para la población, y en particular para los jóvenes, el menú de ejemplos a seguir, la gama de historias dignas de ser imitadas; los maestros que justamente ambicionan ser superados.
Para reconocer el éxito digno de emulación, no se necesita hacer grandes gastos ni entregar premios dinerosos en pomposas ceremonias; tal vez baste con pequeños pergaminos, menciones de honor, invitaciones especiales a ciertos actos públicos; con la publicación de entrevistas así en la prensa escrita como en medios electrónicos, que contribuyan a difundir los logros del éxito de los hombres y mujeres de bien.
En la instrumentación de una política estatal de esa naturaleza, nada se opone a la incorporación de la iniciativa privada y de los medios masivos de comunicación, que unidos al Estado formasen un colegio honorario para reconocer el esfuerzo y los buenos logros de los ciudadanos más sobresalientes en todos los campos de lo productivo.
Así, cuando aparezcan delincuentes fieros y desalmados, protagonistas de historias crueles e infernales, el contrapeso de la política que difunda sin descanso los hechos del éxito de la gente que vive del bien y para el bien, tal vez reduzca a la nada el efecto nocivo de los ejemplos de perversidad que ofrece el desquiciante mundillo de la delincuencia, que sólo merece el desprecio y la reprobación de todos.

Social networking