El de 2009 es un año repleto de significado para Baja California, no sólo para Tijuana, o para alguna de sus regiones. Tiene gran significado tanto para los nativos como para los que con el paso de los años llegaron de otros confines y se han arraigado en esta tierra tan mexicana.
La Baja California de hoy no se ha hecho en un día, y está muy lejos de ser sólo el resultado de sucesivas acciones felices, carentes de pesares y quebranto. No es exagerado decir, con la venia de Sir Winston Churchill, que a sus hijos Baja California ha costado sangre, sudor y lágrimas.
El día llegó en que el antiguo territorio fue convertido en el Estado 29; ambiciosos políticos lo vieron entonces como la más radiante fuente de inagotable riqueza y no tuvieron límite para hacerla propia. El primer sexenio de la nueva Entidad fue marcado por un gobierno de excesos y abusos, que para imponer su voluntad y saciar sus apetitos pasó por encima de la dignidad de los gobernados, suprimió su libertad cuantas veces quiso; persiguió y torturó a infinidad de personas, y hasta acabó con la vida de muchos que sólo querían ser dueños de su propio destino.
Era natural que el pueblo pretendiera derechos y libertad, pero fue inconmensurable el costo que se vio obligado a pagar.
2009 es el Año del Cincuentenario de la campaña electoral de 1959, en la que el pueblo desbordó su entusiasmo a favor de sus anhelos por vivir en democracia. Eran tiempos en los que, por ejemplo, no existía el subsidio de ley a favor de los partidos políticos, y los de oposición estaban siempre en desventaja frente al partido oficial, que contaba con todo el dinero y demás recursos que el gobierno le ponía siempre a su alcance. Sin embargo, la participación de los ciudadanos hizo que el PAN superara con mucho al prigobierno y sus candidatos, que ni siquiera con la intervención de cantantes famosos, de bailarinas y conjuntos musicales pudieron jamás conseguir la adhesión de los votantes. Los anhelos de justicia y libertad movieron a la gran mayoría de los bajacalifornianos a favor de los candidatos del PAN; esos anhelos magnificaron los efectos de la participación popular que con impetuoso ingenio innovó formas de organización, difusión y propaganda, muchas de las cuales son práctica común en nuestros días.
En aquellos tiempos, el régimen político mexicano, que sólo concebía la democracia como formula escrita y de utilería para efectos de exportación, se armó con todo para aplastar violentamente la voluntad popular expresada en las urnas y para imponer en el gobierno del Estado, en las alcaldías y en el congreso local a los gobernantes más repudiados que Baja California haya padecido jamás, mismos que luego, ya entronizados en esos puestos públicos, continuaron con mayor impiedad la persecución de los hombres y mujeres que sólo ambicionaban ser libres.
De esa contienda no sólo queda el recuerdo de aquel mal gobierno que, pasando por encima de la ley, abusó de su fuerza material lanzando a la policía, a sus ilegítimas fuerzas de choque y hasta al ejército para dañar al pueblo indefenso. También quedan ejemplos incomparables de plena entrega y de amor a la Patria de hombres y mujeres nobles que se engrandecieron ante el peligro y que lucharon convencidos por sus ideales para lograr -un día- un país de auténtica democracia.
El domingo 2 de agosto, el gobierno se robó la elección, pero no pudo arrebatar a la gente el valor para seguir luchando. Perseguidos y desparecidos, unos; injustamente encarcelados y muchos sin causa enjuiciados; tantos en sus cuerpos lastimados y padeciendo otros la ausencia de familiares de los que nadie pudo despedirse, los bajacalifornianos tuvieron que enfrentar el odio que sobre ellos supo descargar también el gobierno impuesto.
Parece un cuento de horror, pero es la dolorosa historia sobre la cual descansan las estructuras de la democracia que hoy se vive; es la historia que debe ser contada constantemente para que todos la conozcamos y sepamos de nuestros orígenes, para que sepamos quienes somos y de donde hemos venido y para mejor valorar y conservar la convivencia en la que con tanta naturalidad se nos dice que nuestra voto cuenta y que es nuestra voz y nuestra fuerza.
Contar esa historia es el mejor homenaje que se le pueda hacer a todos y cada de los héroes anónimos y conocidos de aquella contienda. A los que en ella perdieron la vida; a los que sufrieron en carne propia el abuso y vivieron para contarlo, a los que no obstante que fueron perseguidos y hasta desterrados, volvieron para honrar sus ideales, persistiendo a través de los años hasta lograr el objetivo de la instauración de la democracia.
No alcanza el espacio para mencionar a todos aquellos mártires de la democracia, pero algunos de ellos aún viven, y a éstos junto al recuerdo de los que ya se fueron, personalmente les expreso mi admiración más sincera y eterna.

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