LA PLAZA ES NUESTRA. ¿QUIÉN LA CEDIÓ?
Juan Manuel Salazar Pimentel
juanmsalazarp@gmail.com
Plenos de convicción, nuestros gobernantes nos dicen que los tan abundantes hechos de violencia, de sangre y muerte, se deben a una guerra que, disputándose la plaza, protagonizan bandas del crimen organizado. Con ello dan la impresión de que buscan justificar una resolución, a ojos vistos tomada, de hacer cuanto menos que nada para combatir y revertir la situación.
Más de una vez han dicho, incluso, que son dos los grupos de la delincuencia organizada los que mantienen tan tremenda pelotera.
Mientras tanto, el común de la gente -esa que no se integra a ninguno de los grupos en pugna- ve los muertos caer y, ya muy a menudo, oye la metralla sonar.
Algunos ciudadanos creen que este asunto no les afecta, en tanto que se trata de una pugna entre grupos de delincuentes, y haciendo eco de la pretensión del gobernante, hasta dicen: ¡Que se acaben entre ellos!
Pero la cuestión no puede ser reducida tan simplistamente, porque en esencia es más compleja y dista mucho de ser un espectáculo que podamos elegir ver o no ver.
El fondo del asunto consiste en el objetivo concreto de los delincuentes, que si no aprendemos a descifrarlo, el destino común será inevitablemente doloroso.
Hoy se ve cómo entre unos y otros se aniquilan, y los gobernantes con los brazos casi caídos nos advierten que es porque pelean por la plaza. En la plaza estamos todos, pues nuestra ciudad es el campo en el cual los delincuentes se han trabado, y si atendemos lo que dice el diccionario de la Real Academia Española, de que plaza es la población en que se hacen operaciones considerables de comercio al por mayor y principalmente de giro, o sea, del conjunto de operaciones o negocios de una empresa, entonces es imposible dejar de ver que el propio gobierno desde ahora anticipa que al final de la contienda en la cual uno de los grupos vencerá a su rival, en esta plaza que es nuestra ciudad, la delincuencia organizada efectuará operaciones considerables de comercio en su giro, que tal vez abarque las drogas, las armas y otras penalidades igualmente mayores.
El diccionario también enseña que plaza es el lugar en el que se venden los mantenimientos y se tiene el trato común de los vecinos, y donde se celebran las ferias, los mercados y fiestas públicas.
Entonces, el objetivo concreto de la delincuencia organizada son los miembros de esta comunidad con los cuales pretende incrementar su lista de consumidores, el número de sus clientes. Porque será con los miembros de nuestra comunidad con los que buscará llevar a cabo, por las buenas o a la mala, todas sus operaciones de comercio al por mayor de aquello que la delincuencia organizada distribuye y vende, que por cierto no son flores ni santas indulgencias.
Así, al pueblo de nada le sirve que los delincuentes se asesinen entre ellos, porque al final de esa pugna, el vencedor tendrá allanado el camino que le permitirá llegar sin obstáculos hasta la puerta de la casa de cada familia para enganchar a los jóvenes hijos que quiere convertir en adquirentes-consumidores de drogas, o en distribuidores, y hasta en secuestradores, sicarios y demás.
Ninguna instancia gubernamental tiene legalmente permitido ceder la plaza, mucho menos cederla a favor de los criminales; su función de servicio público no puede limitarse a recoger cadáveres, únicamente. Enfrentar con la fuerza del Poder Público a los delincuentes es un deber para cuyo cumplimiento no basta entronizarse en el puesto público y tener a la mano los recursos materiales del Estado; también es necesario profesar un mínimo de amor a la patria, por el que aflore un indispensable espíritu de servicio que anteponga el interés común al egoísmo del interés personal o de grupo; asimismo, se ocupa tener valor, esa cualidad de ánimo que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar los peligros. También es preciso tener humildad para reconocer los propios límites y debilidades.
Revertir la situación de violencia que estremece a la comunidad, requiere que con un poco de humildad, nuestros gobernantes se permitan ver los límites de la capacidad propia, no sólo para confirmar que con lo que tienen les es posible acometer resueltamente, sin temor al peligro, la gran empresa de restablecer el orden público, sometiendo a todos los que contra él se sublevan y procurándoles el condigno castigo; se trata de ponerse al servicio del interés de la comunidad, aunque para ello las naturales ambiciones de proyección y bienestar material deban ser postergadas, todo cuanto sea necesario, por amor a la patria.
Nadie, menos el Estado ni sus órganos, puede achicarse ante la magnitud de la tarea. La zozobra que hoy se siente al ver los cuerpos caer y hasta las balas zumbar, es cosa pequeña comparada con lo que cada familia habrá de vivir cuando, frente a la mirada impasible del Estado, los criminales toquen a la puerta para llevarse, por la mala y a traición, lo más valioso que los padres pueden tener: sus hijos y todo cuanto con ellos puedan arrastrar. ©
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