Recuerdo el día que me enamoré del fútbol. Sentado junto a mi abuelo en el bar de su pueblo, ya que no tenía televisión en casa, vivimos la goleada 12 a 1 de España a Malta. Vi hombres muy mayores llorar cuando Señor marcaba el último gol. Yo miraba aquella pequeña televisión y también lloraba, no entendía que estaba pasando, pero imaginaba que era algo importante. Tenía 7 años y el fútbol me cautivaría para siempre.
América y Guadalajara hicieron un partido para enamorar a todos los niños de México. El clásico se olvidó del odio, de las tácticas aburridas y de la especulación, el fútbol se jugó para lo que se inventó, para enamorar a sus aficionados.
El partido no estuvo falto de nada. Hubo polémica en las dos áreas, dos penales no pitados, uno para cada equipo. Con un ritmo frenético la pelota nunca dejó de rodar, las Águilas tuvieron sus oportunidades al igual que las Chivas. Por su puesto no faltó el gol, lo hizo Germán Villa para el América, el único del partido. Las ocasiones no dejaron de caer de un lado y del otro pero si alguien estuvo más presente que nadie en este clásico fue Guillermo Ochoa y sino que se lo digan a Omar Bravo. El portero del América le sacó tres ocasiones clarísimas de gol al delantero de las Chivas, dos disparos con la derecha y un cabezazo.
Partidos como estos crean afición, fomentan el deporte entre más grandes y sobre todo lo pequeños. No importaron los escudos, hoy ganó el América pero más allá de los colores y banderas, por encima de todo, hoy ganó el fútbol.
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