En el "Antiguo Testamento" hallaremos un librito que casi nunca se menciona; salvo en un viejo filme norteamericano. Se trata del relato bíblico de "Ruth", condensado en cuatro capítulos cortísimos. Los escasos versículos apenas describen que esta noble mujer procedía de Moab, un pueblo tradicionalmente "enemigo" de las tribus judeo-israelitas de aquel tiempo, cuya circunstancia histórico-antropológica estaría más o menos focalizada allá por el año mil cien (1,100) antes de la era cristiana. Ruth, a pesar de su origen extraño determinó ligar su destino personal al de su ex-suegra Noemí, e instalarse con ella en Belén, dentro de los dominios de la tribu sureña de Judá.
Desconocemos los motivos precisos que obligaron a que una moabita se insertara en el mundo complicado de los hebreos. Lo que sí queda absolutamente claro en el texto bíblico que sugerimos, es que la joven Ruth amaba a su ex-suegra judía, y que también terminó casandose con Booz, un prestigioso miembro del consejo de ancianos de Belén. Y aunque las leyes mosaicas prohibían de entrada el matrimonio de los hebreos con mujeres extranjeras, Ruth acabó convirtiéndose, al paso de los años, en la bisabuela directa del histórico rey David, el más importante monarca judío de todos los tiempos.
El amor verdadero traspasa las fronteras, las etnias, las diferencias de edades, las religiones, los circuitos sociales y las geografías épicas. Por eso el dato genealógico (nada ortodoxo por cierto) del famoso rey David, se puede interpretar como un claro mensaje universalista que se desprende de las antiguas páginas del monoteísmo bíblico, como una temprana advertencia contra los sectarismos tribales. No debemos perder de vista, en este punto, que los genealogistas del "Nuevo Testamento" sostienen que Jesucristo procede del tronco directo de David, y que por tanto nosotros tenemos el derecho de concluir que el Rabino de Galilea es un descendiente formidable de Ruth, la misteriosa moabita. Una mujer que sabía amar a los demás sin importar la raza, la edad o la religión, significa una razón suficiente para que nosotros también la amemos como un personaje casi histórico escondido en las profundidades legendarias de la literatura universal. Es lo menos que podemos hacer en una época de hipocresías excluyentes y de rencores globalizantes.