"Veinte años no es nada", según cantaba Carlos Gardel, pero la verdad que son muchos, la vida no es tan extensa como para considerar que dos décadas son pocas para lo que sea, por supuesto desde el punto de vista poético suena bien, o al menos como un consuelo elegante, lo que no es consuelo y si suena a locura es hacer debutar a un futbolista en una primera división de fútbol con 12 años de edad.
Ahí de consuelo hay muy poco y bien se podría cambiar la letra del tango "Volver" y cantar "doce años no es nada", porque realmente para el tema central de este blog, un futbolista debutante con doce años suena a muy poco, yo diría insignificante.
Y más anormal suena el reto del jovencito si el responsable de su debut es su propio padre, aquel gran jugador boliviano que fue Julio César Baldivieso, y actual técnico del equipo Aurora.
Por más habilidad y movilidad que el jugador tenga, a su cuerpo le falta rodaje, no el rodaje que da la vida sino el rodaje que da la fisiología humana. El desarrollo de tejidos y músculos y huesos. Lo otro, la parte espiritual y anímica se acoplará después hasta conformar una sola persona con sus falencias y aciertos, destreza y limitaciones.
Ese balance que tan perfectamente impone la naturaleza a cada uno de sus seres implica un desarrollo preciso que en algunos casos se da antes y en otros después pero preciso al fin. Acelerar el despegue, imponer una condición donde aun no la hay, anteponerse al proceso trascendental de la existencia es simplemente jugar con fuego.
Y el nene Mauricio Baldivieso el domingo 19 de julio, en su debut con el Aurora ante La Paz por el torneo de primera división de Bolivia jugó con fuego.
Y si sigue alternándose en el certamen posiblemente se va a quemar y entonces sí su juvenil existencia llegará al desconcierto y sin etapas.
Quiero imaginar que su papá esto lo tiene que saber, que por más pensamientos que le de al tema tiene que aceptar la premisa que cada cosa va a su tiempo y que luego de darse el gusto de ver a su hijo haciendo historia, el futbolista más joven en jugar en una primera división, podrá volver a su función de padre y darle al hijo el espacio de crecimiento que requiere.
Si esto no fuera así Baldivieso papá, y muchos papás que pululan por ahí intentando llevar a cabo la misma intención, estaría cometiendo un acto atroz, sacrificar a su hijo en una corrida de toros encabezada por jugadores que estarían ansiosos por imponer su hegemonía machista contra el recién llegado dentro de los parámetros "legales" permitidos en una cancha de fútbol.
Por ello, si papá Baldivieso insiste con ver a su hijo a los doce años en primera la cosa dejará de ser anécdota e hito histórico para convertirse en un simple acto de locura, porque después de todo en este caso específico, doce años no son nada de nada.

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