Otra vez la violencia, otra vez el fútbol azotado por incidentes que poco o nada tienen que ver con un balón rodando, otra vez en Colombia aunque en verdad la globalización del fútbol violento actual es propiedad de los violentos de aquí, de allá y de más lejos.
Gresca descomunal en el Pascual Guerrero de Cali en el clásico caleño entre el América y el Deportivo, ¿la causa?, puede ser cualquiera, una falta mal cobrada del árbitro, rivalidad de hinchadas, alguien "miró" mal a alguien o como dicen, un hincha con el tatuaje del equipo contrario que se metió en la hinchada que no correspondía, en fin, la cuestión que la mecha encendió y la cosa terminó en hospitales y cárceles, haciendo olvidar la verdadera razón por la cual cientos se dieron cita en el legendario estadio, un simple partido de fútbol.
Para colmo, uno de los técnicos, Diego Umaña (América), agredió al otro técnico, el uruguayo Daniel Carreño (Deportivo) denotando un ejemplo extraordinario de sobriedad y ética deportiva, o sea, un mamarracho total que además lo transformaron en una escena tragicómica, digna del desaparecido director italiano Federico Fellini o del estadounidense Woody Allen.
Estamos mal, aquí, allá y más lejos, es difícil evadir el bulto porque hasta los propios mandatarios de muchos países del planeta caen en actitudes que poco o nada tienen que ver con decisiones pacíficas y responsables, la sangre, las amenazas y las tragedias no paran, pero nos guste o no es el único planeta que tenemos y entonces, cuando para evadirnos de la realidad que no siempre viene en moño rosa vamos a una cancha de fútbol a disfrutar de nuestro deporte, ¡zas!, reaparecen los violentos de siempre, junto a algunos irresponsables que nunca faltan, y la cosa termina pudriéndose.
¿Hay soluciones? Estoy seguro que el gobierno colombiano, en este caso, las va a buscar para eliminar a este cáncer dentro y fuera de los estadios, pero aun así, luego de observar el regreso de la violencia y como terminó lo que debería haber sido una fiesta futbolera, me queda una sensación amarga y frustrante, la típica sensación que sufre un niño cuando le roban su juguete favorito.

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