"NUESTRO INOLVIDABLE ATLANTE CAMPEON 1992-93".
Por: FéLIX FERNáNDEZ CHRISTLIEB.
A medida que pasa el tiempo, aumenta mi sorpresa por aquella temporada tan accidentada que, contra toda lógica, finalizó con el segundo tÃtulo para el Atlante, tras 50 años de profesionalismo en México, y luego de 46 de ganar la primera estrella bordada sobre nuestro precioso escudo (mismo que ha sufrido varios atentados).
La cruda en la eliminación en cuartos de final contra Cruz Azul, tras un incuestionable superliderato que se obtuvo en la temporada 1991-92, seguÃa vigente, comenzando por las suspensiones de Luis Miguel Salvador (3 partidos); Miguel Herrera (9) y Raúl Gutiérrez (3). Todo esto como herencia del polémico final tras aquella inolvidable y dolorosa derrota, que no es tema del presente texto.
Nuestra participación en aquella temporada 1992-93 inició en el estadio Universitario, contra los Tigres, la calurosa tarde del 15 de agosto, y coincidentemente fue en la misma ciudad norteña (pero en el estadio Tecnológico), donde levantamos el trofeo de campeones, el 29 de mayo de 1993. Aquel primer partido contra los Tigres resultó ser un buen resumen de tantas actuaciones impredecibles, que caracterizarÃan aquel torneo azulgrana: 3-0 abajo en el primer tiempo, 3-3 marcador final. Enfrentar una adversidad provocada por nosotros mismos ha sido siempre, a lo largo de la historia, una constante que todo atlantista debe aceptar.
Entre todo lo insólito que enmarcó aquella coronación hay muchos puntos para destacar, redondeados quizá, en la aparente carencia de un plantel tan competitivo como para pelear el tÃtulo, pero, de manera paradójica, en la consolidación de un gran equipo para la liguilla, que pudo participar, por fin, con el cuadro que Ricardo Lavolpe siempre pretendió, pero que a lo largo de las 38 jornadas nunca pudo utilizar, por tres factores principales: suspensiones, lesiones y convocatorias a la Selección Nacional para las eliminatorias del campeonato mundial de Estados Unidos '94 (tres dÃas antes del partido de ida, contra Necaxa, en cuartos de final, terminaron su participación con el representativo nacional Luis Miguel Salvador, Miguel Herrera, Roberto Andrade y Raúl Gutiérrez; todos ellos ausentes en las últimas ocho jornadas de la fase regular).
Entre la fotografÃa tomada antes de iniciar el torneo, y la impresa con el trofeo, nueve meses después, existen nueve jugadores distintos. Esto, solo para darse una idea de la gran problemática que enfrentó el director técnico en el armado de su plantel.
Otros apuntes inverosÃmiles: tres de los muchos jugadores que llegaron a probarse directamente al primer equipo, una vez comenzado el torneo, lograron hacer su debut (Anzorena, Arredondo y Patiño), y un elemento argentino (Marcelo González) fue dado de alta para la segunda vuelta, luego de un breve periodo en el equipo probando fortuna y convirtiéndose en una eficiente cábala. Este jugador, que difÃcilmente alguien recuerde, tuvo siempre un lugar seguro en el banco de suplentes, aunque su participación dentro de la cancha no llegara a los 20 minutos en total.
El Atlante transitó por una racha de 9 juegos sin conocer la victoria: de la jornada 5 a la 14. El equipo finalizó el torneo con 14 partidos ganados, 13 empatados y 11 perdidos, ocupando el décimo lugar de la tabla general con 41 puntos, pero siendo primero en el grupo, por lo que se evitó la reclasificación (beneficios de un cuestionado sistema); contrastando con los 50 puntos (de a dos por victoria) y el superliderato que logramos un año antes. Sólo que esta vez la gran diferencia fue obtener 11 de los 12 puntos posibles en la liguilla; eliminando primero al superlider (Necaxa), posteriormente al campeón (León) y en la final al Monterrey; ganando los tres partidos como visitante.
A pesar de la campaña realizada, que no fue como para presumir, el recuerdo del sorpresivo campeonato anterior, más algunos destellos que frecuentemente mostraba el equipo, impedÃan que la crÃtica descartara del todo al Atlante para ser un contendiente peligroso en las finales. Pocas pruebas tan contundentes y tan inmediatas de la utilidad ornamentaria del superliderato, contra el rendimiento de una liguilla jugada casi de manera impecable, borrando automáticamente las inclemencias de 38 jornadas. Pocas veces un sistema tan bien imaginado en la mente del director técnico llega a ser tan bien representado en la cancha, como en aquellos 6 partidos finales. Pocas veces un equipo que se corona en cancha visitante logra el reconocimiento que ofreció el público de Monterrey, luego de la victoria por 0-3 esa tarde, y 4-0 global. Pocas veces la confianza de un grupo, antes del encuentro más importante, puede llegar al punto de cantar el himno del rival a todo pulmón en el trayecto hacia su propio estadio y, pocas veces, quizá solamente esta, un equipo logra ganar un partido de la final con un hombre menos durante 85 minutos (producto de mi expulsión por taclear al brasileño Careca fuera de nuestra área).
Las bondades del reglamento de sanciones vigente para esa temporada me permitieron estar presente en la llamada final-final en la ciudad de Monterrey y vivir, directa y activamente, uno de los máximos logros que alcanzamos los atlantistas, sacando el pecho y endureciendo el tono cada vez que el tema en boca es ese gran equipo (con esa gran dirección técnica) del que fuimos partÃcipes, seguidores o testigos... con el mismo derecho.
La alineación del partido final en Monterrey fue la siguiente: Félix Fernández, Wilson Graniolati, José Guadalupe "Profe" Cruz, René Isidoro GarcÃa, Raúl Gutiérrez, Miguel Herrera, Roberto Andrade, Guillermo Cantú, Pedro Massaccessi, Daniel Guzman y Luis Miguel Salvador.
El resto del plantel se conformaba por: Manuel Negrete, Mario GarcÃa, Cesar "Chispa" Suárez, Tomás Cruz, Norberto Anzorena, Jorge "Archie" Salas, Gaspar Cisneros, Alan Cruz, Isaac Mizrahi y Marcelo Gonzalez.
También formaron parte, en algún momento de la temporada: José "Bicho" Pavés, Ricardo Arredondo, Salvador Patiño, VÃctor CossÃo, Sergio González (Arg), Daniel Brizuela (Arg), Daniel Licona, Rafael Mancilla y Ricardo Camacho.
Cabe señalar que en este Atlante, asà como en todos los equipos que Ricardo Lavolpe ha dirigido con éxito, varios jugadores fueron convocados a la Selección Nacional. Del cuadro titular antes mencionado, siete elementos fuimos seleccionados, dos eran extranjeros y únicamente René Isidoro GarcÃa y el "Profe" Cruz, nunca vistieron la playera mexicana.
El primer tÃtulo profesional del Atlante (1946-47) se dio luego de una frustrada conclusión de la temporada 1945-46, en que ganó 20 de los 30 partidos y anotó 121 goles. Este segundo campeonato llegó precedido de otra frustración, que a la postre multiplicó el festejo. Pocos dÃas después escuché en el radio el comentario más atinado, que encerraba en una frase las dos más recientes y contradictorias campañas: "El Atlante le cobró una deuda al sistema de competencia". La pronunció Roberto Gómez Junco.
La temporada siguiente, el Atlante retomó el sufrimiento acostumbrado: perdimos los cuatro primeros partidos, para luego empezar a recuperar terreno bajo la caracterÃstica acostumbrada del infortunio. A esas alturas de la historia del Atlante, nadie que apoyara nuestros colores podÃa verse sorprendido.
Del cuadro titular de aquel campeonato, hoy, tantos años después, muchos son directores técnicos o auxiliares; forman parte de alguna directiva y un servidor que se dedica a los medios de comunicación y fue Director de la Comisión del Jugador de la FMF.
Este equipo se caracterizó, principalmente, por la gran capacidad táctica que desarrolló en la cancha, contando con al menos 6 directores técnicos dentro del campo de juego, quienes tenÃan la capacidad de hacer modificaciones tácticas en pleno partido, o de corregir alguna falla no prevista sobre la marcha. Además, al menos 5 podÃan desempeñarse con la misma eficacia en varias posiciones, según la necesidad o la problemática que presentaba el rival.
La confianza que se respiraba en ese equipo y el amplio conocimiento entre nosotros, eran elementos suficientes para ser un rival complicadÃsimo aun en el peor dÃa. En ese entonces yo pensaba que era normal, pero el ambiente que se vivÃa previo a cada partido, sobre todo a los que mayor presión producÃan, fue único. Una buena anécdota, para mostrar cómo vivÃamos los minutos que antecedÃan al juego, fue aquella mañana que nos dirigÃamos en el autobús hacia el estadio de La Bombonera, de Toluca. El mismo caset de toda la temporada sonaba en cada vestidor o autobús que ocupábamos, no era la excepción en ese trayecto. La música que contenÃa dicho caset eran éxitos comerciales pop en español del momento, pésimamente grabados, con algunas canciones inclusive cortadas. Nos paramos casi todos a bailar, saltar, gritar y cantar. Yo estaba trepado entre dos descansabrazos, cuando el autobús pasó un gran bache, que me hizo perder el equilibrio y caer entre dos asientos, con el sacro golpeando una separación metálica, que me paralizó un buen rato, ante la carcajada general. Llegamos al estadio y el dolor no se me pasaba. A duras penas pude participar en el encuentro, pero la parte afectada me limitó por 15 dÃas el trabajo de porterÃa.
De los 11 que iniciamos el partido decisivo de la final, en lo que se consideró el cuadro base (y virtual) de toda la temporada (a pesar de la operación de ligamento cruzado de la rodilla de René Isidoro GarcÃa), 10 estuvimos el año anterior, en que se obtuvo el superliderato frustrado. El único ausente, pero que habitualmente se piensa que formó parte de nosotros, y que sentimentalmente lo era, fue Rubén Omar Romano, quien militaba en el Cruz Azul.
Aquella generación atlantista, que comenzó a escucharse luego del inesperado ascenso a primera división, en 1989, de la filial llamada Potros Neza, y que se mantuvo únicamente 3 años (en primera división) como base de aquel Atlante tan espectacular; logró todo lo que la mayorÃa de los futbolistas no consiguen a lo largo de toda su carrera, pero lo consiguió demasiado rápido como para poder valorarlo con la madurez que se requiere: Dos ascensos, un superliderato, un campeonato de liga y la Selección Nacional.
En todo esto hubo un pequeño fracaso de por medio: el descenso del Atlante en la temporada 1989-90. Años después, se puede decir que aquel descenso se convirtió en un acontecimiento sumamente favorable para toda esta camada: por un lado quedó la duda de qué tanto habrÃa servido utilizar a todos estos novatos, para evitar que el equipo descendiera y, por otro, fue la oportunidad de conformar un plantel verdaderamente homogéneo en edad, experiencia, sueldo y ambiciones, para lograr un dramático ascenso en 1991 y, posteriormente, ir adaptando a cada refuerzo que se incorporaba, manteniendo asà todo ese tiempo la esencia, la dinámica y el descaro de aquel equipo que tanto llamó la atención.
No es ningún secreto para nadie que aquel plantel tenÃa fama de trasnochador y "farandulero". Quienes encabezaron tales caracterÃsticas no contemplaron que en el futbol todo es válido mientras te respalde una privilegiada posición en la tabla; pero que todos esos aplausos son inversamente proporcionales cuando los tiempos difÃciles llegan. Los éxitos solamente se mantienen vigentes a través de éxitos, los buenos resultados requieren de confirmación para que nadie los inserte dentro de la categorÃa de "churros".
Encontrar tantos factores a favor en una institución que padecÃa de solidez en su infraestructura, que desbordaba austeridad, que se sostenÃa sobre la incertidumbre de una base plagada de jóvenes y que tuvo que echar mano de la improvisación en repetidas ocasiones, es tan frecuente como un eclipse total de sol. Quizá por eso, durante la liguilla por el ascenso, a mediados de 1991, la naturaleza y el destino nos mandaron una señal muy clara, a eso de las 14 hrs., con aquel impresionante eclipse que oscureció a nuestro paÃs, por completo, durante unos minutos.
En 1993, casi a la par de los festejos, comenzó el éxodo de la generación campeona, con la salida de Daniel Guzmán hacia el Santos de Torreón; al año siguiente René Isidoro GarcÃa y Raúl Gutiérrez fueron transferidos al Tampico Madero y al América, respectivamente, mientras que Pedro Massaccessi emigró a Japón, para luego regresar a Pumas; más tarde, en 1995, Luis Miguel Salvador se fue al Monterrey y Miguel Herrera a Toros Neza. En 1996 Roberto Andrade pasó fugazmente por el América y en 1997 Guillermo Cantú emigró a Celaya un año, donde se retiró posteriormente.
Mucha razón tenÃa Juan Ignacio Basaguren al escribir en su revista "Tarjeta Roja", al dÃa siguiente del campeonato: "Las cosas en adelante para estos Potros no podrán continuar igual. Es el momento del choque de intereses y de la tentación. Por primera vez cada quien verá por sus intereses personales antes que por los del equipo y quizá hagan bien, pues las leyes de la vida habrán de cumplirse en el futbol. Por eso no es momento de pensar, sino de festejar...".
Ricardo Lavolpe se mantuvo al frente de la dirección técnica del Atlante, sin peligro de ser cesado, casi 6 años, 5 de ellos de manera ininterrumpida. El dÃa que Lavolpe se marchó, a finales de enero de 1996, un ambiente absolutamente raro y confrontado al interior del plantel, se respiraba en el estadio Azulgrana: la mitad de la plantilla festejaba su partida de manera evidente, la otra mitad lamentaba su partida de manera igualmente notoria.
Detrás de la polémica que despierta la personalidad y su manera de transmitir los enormes conocimientos tácticos y estratégicos, que nadie pone en tela de juicio, Ricardo Antonio Lavolpe consiguió revolucionar el futbol puntista, chambista y mezquino, que parecÃa inevitable presenciar en nuestro paÃs, durante la década de los 90, en una sorprendente muestra de que es posible buscar el segundo gol cuando se ha obtenido el primero; de que es posible llegar a la porterÃa contraria sin dividir el balón con un lanzamiento largo y de que es posible obtener grandes logros rompiendo los esquemas tradicionales de los entrenamientos, y basándose en los trabajos de "espacios reducidos" y las constantes repeticiones de los atinados movimientos, aunque resulten tediosos.
"Hay algo muy importante: a cada equipo que tú llegues, las caracterÃsticas de los jugadores son las que te van a implantar qué sistema y qué forma de jugar; siempre depende de ello". (Ricardo Lavolpe)
De la misma forma que en Argentina surgieron dos grandes escuelas en la dirección técnica (Bilardo y Menotti), a lo largo de las últimas dos décadas, en México cada vez con mayor frecuencia observamos directores técnicos jóvenes muy influenciados por lo que ya se puede llamar "La escuela de Lavolpe" (justo es mencionar también el legado que han ido dejando Manuel Lapuente, Miguel MejÃa Barón y Enrique Meza). Entre ellos podemos enumerar a Mario Carrillo, Eduardo Rergis, Ruben O. Romano, Sergio Bueno, Wilson Graniolati, Miguel Herrera, José Guadalupe Cruz, Paco RamÃrez, Miguel Angel Gómez, René Isidoro GarcÃa y Daniel Guzman. Algunos fungen hoy como auxiliares, pero en un futuro cercano los veremos como directores técnicos. Eso sÃ, muy frecuentemente, en sus charlas de vestidor, Ricardo Lavolpe repite que, por mejor que sea un director técnico, nunca podrá pasar de ser máximo un 30% del funcionamiento de un equipo.
En una publicación mexicana, hace algunos años ("Soccer manÃa"); se realizó una entrevista a tres directores técnicos considerados como "Lavolpistas": Rubén O. Romano, Sergio Bueno y Miguel Herrera. Ellos destacaron del técnico del Toluca lo siguiente:
"...dentro de la cancha determina rápido los cambios en un partido, sabe manejar los juegos. En el momento en que ve diferencia sabe contrarrestar al rival, por eso creo que sin duda alguna es el mejor". (Miguel Herrera)
"Su mayor virtud es que siempre piensa en el arco de enfrente". (Romano)
"Tiene una gran capacidad de análisis durante el desarrollo de los encuentros, por lo que es capaz de modificarte lo que está sucediendo dentro del terreno de juego para intentar nulificar al rival...". (Sergio Bueno)
Hoy la gente que por décadas ha seguido, apoyado y sufrido al Atlante, recuerda con nostalgia "aquel Atlante de Lavolpe", y no entiende por que resultó tan fugaz una época que contenÃa material humano para continuar llenando de alaridos los estadios por muchos años más y que contaba con elementos con el carisma necesario para convertirse en verdaderos representantes del auténtico atlantismo.
Estoy convencido que cada equipo que se corona tiene una historia particular donde supera adversidades que rebasan cualquier impredecible dentro de la cancha. Pero a medida que pasa el tiempo, me enorgullezco más de aquel campeonato logrado y compruebo que no volveré a ser testigo de un equipo que se vea obligado a superar tantas carencias y dificultades a su alrededor.
Ser parte protagónica de un equipo campeón es un acontecimiento que definitivamente marca nuestras vidas, por lo menos en un sentido individualmente tan trascendente, como es el sentido deportivo. Si durante el resto de nuestra carrera profesional no experimentamos cambios radicales luego de ser campeones, por el mismo espejismo del éxito, definitivamente lo hacemos al momento del retiro. Muchos años después, desde diferentes frentes, la mayorÃa de aquel Atlante campeón pretendemos retribuirle al futbol profesional tanto que nos dio, sobre todo ser campeones. Sin lugar a dudas mis compañeros que han optado por la dirección técnica o un alto puesto directivo, deben estar sumamente agradecidos, basándonos en lo mucho que hoy aportan al futbol mexicano. El Atlante, nuestro Atlante, el Atlante de todos los atlantistas, nuevos en Cancun o viejos en el resto del pais, tenemos la oportunidad de agregar una tercera estrella a nuestro hermoso escudo, con una generacion que nos ha dado el ejemplo de la adaptacion, del querer ser, de la disciplina y del hambre de triunfo...... Vamos Atlante Campeon....!!!!!!!!!!!!!!
FELIX FERNANDEZ.

Social networking