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    Romance de la Luna

    martes, noviembre 3, 2009, 05:11 EST [ Federico Garcia Lorca]

     
    Romance de la Luna
    Federico Garcia Lorca

     

     

     

    La luna vino a la fragua
    con su polisón de nardos.
    El niño la mira mira.
    El niño la está mirando.

     

     

    En el aire conmovido
    mueve la luna sus brazos
    y enseña, lúbrica y pura,
    sus senos de duro estaño.

     

     

    Huye luna, luna, luna.
    Si vinieran los gitanos,
    harían con tu corazón
    collares y anillos blancos.

     

     

    Niño déjame que baile.
    Cuando vengan los gitanos,
    te encontrarán sobre el yunque
    con los ojillos cerrados.

     

     

    Huye luna, luna, luna,
    que ya siento sus caballos.
    Niño déjame, no pises,
    mi blancor almidonado.

     

     

    El jinete se acercaba
    tocando el tambor del llano.
    Dentro de la fragua el niño,
    tiene los ojos cerrados.

     

     

    Por el olivar venían,
    bronce y sueño, los gitanos.
    Las cabezas levantadas
    y los ojos entornados.

     

     

    ¡Cómo canta la zumaya,
    ay como canta en el árbol!
    Por el cielo va la luna
    con el niño de la mano.

     

     

    Dentro de la fragua lloran,
    dando gritos, los gitanos.
    El aire la vela, vela.
    el aire la está velando.

     

     

     

     

     

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    Poema de Amor

    lunes, noviembre 2, 2009, 06:38 EST [ Federico Garcia Lorca]

     
    Poema de Amor
    Federico Garcia Lorca

     

     

     


    La luna en el mar riela,
    en la lona gime el viento
    y alza en blando movimiento
    olas de plata y azul
     Espronceda
    Mi corazón tendría la forma de un zapato
    si cada aldea tuviera una sirena.

    Pero la noche es interminable
    cuando se apoya en los enfermos
    y barcos que buscan ser mirados
    para poder hundirse tranquilos.

    Si el aire sopla blandamente
    mi corazón tiene la forma de una niña.
    Si el aire se niega a salir de los cañaverales
    mi corazón tiene la forma de
    una milenaria boñiga de toro.
    Bogar, bogar, bogar, bogar,
    hacia el batallón de puntas desiguales,
    hacia un paisaje de acechos pulverizados.
    Noche igual de la nieve,
    de los sistemas suspendidos.
    Y la luna.
    ¡La luna!
    Pero no la luna.

    La raposa de las tabernas,
    el gallo japonés que se comió los ojos,
    las hierbas masticadas.

    No nos salvan las solitarias en los vidrios,
    ni los herbolarios donde el metafísico
    encuentra las otras vertientes del cielo.
    Son mentira las formas. Sólo existe
    el círculo de bocas del oxígeno.
    Y la luna.
    Pero no la luna.

    Los insectos,
    los muertos diminutos por las riberas,
    dolor en longitud,
    yodo en un punto,
    las muchedumbres en el alfiler,
    el desnudo que amasa la sangre de todos,
    y mi amor que no es un caballo ni una quemadura,
    criatura de pecho devorado.
    ¡Mi amor!
    Ya cantan, gritan, gimen:
    Rostro. ¡Tu rostro! Rostro.
    Las manzanas son unas,
    las dalias son idénticas,
    la luz tiene un sabor de metal acabado
    y el campo de todo un lustro
    cabrá en la mejilla de la moneda.

    Pero tu rostro cubre los cielos del banquete.
    ¡Ya cantan!, ¡gritan!, ¡gimen!,
    ¡cubren! ;trepan! ¡espantan!

    Es necesario caminar, ¡de prisa!,
    por las ondas, por las ramas,
    por las calles deshabitadas
    de la edad media que bajan al río,
    por las tiendas de las pieles donde
    suena un cuerno de vaca herida,
    por las escalas, ¡sin miedo! por las escalas.

    Hay un hombre descolorido
    que se está bañando en el mar;
    es tan tierno que los reflectores
    le comieron jugando el corazón.
    Y en el Perú viven mil mujeres,
    ¡oh insectos!, que noche y día
    hacen nocturnos y desfiles
    entrecruzando sus propias venas.
    Un diminuto guante corrosivo me detiene.
    ¡Basta!
    En mi pañuelo he sentido el tris
    de la primera vena que se rompe.
    Cuida tus pies, amor mío, ¡tus manos!,
    ya que yo tengo que entregar mi rostro,
    mi rostro, ¡mi rostro!, ¡ay, mi comido rostro!

    Este fuego casto para mi deseo,
    esta confusión por anhelo de equilibrio,
    este inocente dolor de pólvora en mis ojos,
    aliviará la angustia de otro corazón
    devorado por las nebulosas.
    No nos salva la gente de las zapaterías,
    ni los paisajes que se hacen música
    al encontrar las llaves oxidadas.
    Son mentira los aires. Sólo existe
    una cunita en el desván
    que recuerda todas las cosas.

    Y la luna.
    Pero no la luna.
    Los insectos,
    los insectos solos.
    crepitantes, mordientes.
    estremecidos, agrupados,
    y la luna
    con un guante de humo sentada
    en la puerta de sus derribos.
    ¡¡La luna!!

     

     

     

     

     

     

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    Ruina

    lunes, noviembre 2, 2009, 06:33 EST [ Federico Garcia Lorca]

     
    Ruina
    Federico Garcia Lorca
    A Regino Sainz de la Maza


    Sin encontrarse.
    Viajero por su propio torso blanco.
    Así iba el aire.


    Pronto se vio que la luna
    era una calavera de caballo
    y el aire una manzana oscura.


    Detrás de la ventana,
    con látigos y luces, se sentía
    la lucha de la arena con el agua.


    Yo vi llegar las hierbas
    y les eché un cordero que balaba
    bajo sus dientecillos y lancetas.


    Volaba dentro de una gota
    la cáscara de pluma y celuloide
    de la primer paloma.


    Las nubes, en manada,
    se quedaron dormidas contemplando
    el duelo de las rocas con el alba.


    Vienen las hierbas, hijo;
    ya suenan sus espadas de saliva
    por el cielo vacío.


    Mi mano, amor. ¡Las hierbas!
    Por los cristales rotos de la casa
    la sangre desató sus cabelleras.


    Tú solo y yo quedamos;
    prepara tu esqueleto para el aire.
    Yo solo y tú quedamos.


    Prepara tu esqueleto;
    hay que buscar de prisa, amor, de prisa,
    nuestro perfil sin sueño.

     

     

     

     

     

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    Paisaje con dos Tumbas y un Perro Asirio.

    lunes, noviembre 2, 2009, 06:29 EST [ Federico Garcia Lorca]

     
    Paisaje con dos Tumbas y un Perro Asirio.
    Federico Garcia Lorca

     

     

     


    Amigo,
    levántate para que oigas aullar
    al perro asirio.
    Las tres ninfas del cáncer han estado bailando,
    hijo mío.

     

     


    Trajeron unas montañas de lacre rojo
    y unas sábanas duras donde estaba el cáncer dormido.
    El caballo tenía un ojo en el cuello
    y la luna estaba en un cielo tan frío
    que tuvo que desgarrarse su monte de Venus
    y ahogar en sangre y ceniza los cementerios antiguos.

     

     


    Amigo,
    despierta, que los montes todavía no respiran
    y las hierbas de mí corazón están en otro sitio.
    No importa que estés lleno de agua de mar.
    Yo amé mucho tiempo a un niño
    que tenía una plumilla en la lengua
    y vivimos cien años dentro de un cuchillo.
    Despierta. Calla. Escucha. Incorpórate un poco.

     

     


    El aullido
    es una larga lengua morada que deja
    hormigas de espanto y licor de lirios.
    Ya vienen hacia la roca. ¡No alargues tus raíces!
    Se acerca. Gime. No solloces en sueños, amigo.

     

     


    ¡Amigo!
    Levántate para que oigas aullar
    al perro asirio.

     

     

     

     

     

     

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    Nocturno del Hueco

    lunes, noviembre 2, 2009, 06:23 EST [ Federico Garcia Lorca]

     
    Nocturno del Hueco
    Federico Garcia Lorca

     



    I

    Para ver que todo se ha ido,
    para ver los huecos y los vestidos,
    ¡dame tu guante de luna,
    tu otro guante perdido en la hierba,
    amor mío!


    Puede el aire arrancar los caracoles
    muertos sobre el pulmón del elefante
    y soplar los gusanos ateridos
    de las yemas de luz o las manzanas.


    Los rostros bogan impasibles
    bajo el diminuto griterío de las yerbas
    y en el rincón está cl pechito de la rana,
    turbio de corazón y mandolina.


    En la gran plaza desierta
    mugía la bovina cabeza recién cortada
    y eran duro cristal definitivo
    las formas que buscaban el giro de la sierpe.

    Para ver que todo se ha ido
    dame tu mudo hueco, ¡amor mío!
    Nostalgia de academia y cielo triste.
    ¡Para ver que todo se ha ido!


    Dentro de ti, amor mío, por tu carne,
    ¡qué silencio de trenes bocaarriba!
    ¡cuánto brazo de momia florecido!
    ¡qué cielo sin salida. amor, qué cielo!


    Es la piedra en el agua y es la voz en la brisa
    bordes de amor que escapan de su tronco sangrante.
    Basta tocar el pulso de nuestro amor presente
    para que broten flores sobre los otros niños.


    Para ver que todo se ha ido.
    Para ver los huecos de nubes y ríos.
    Dame tus manos de laurel, amor.
    ¡Para ver que todo se ha ido!


    Ruedan los huecos puros, por mí, por ti, en el alba
    conservando las huellas de las ramas de sangre
    y algún perfil de yeso tranquilo que dibuja
    instantáneo dolor de luna apuntillada.


    Mira formas concretas que buscan su vacío.
    Perros equivocados y manzanas mordidas.
    Mira el ansia, la angustia de un triste mundo fósil
    que no encuentra el acento de su primer sollozo.


    Cuando busco en la cama los rumores del hilo
    has venido, amor mío, a cubrir mi tejado.
    El hueco de una hormiga puede llenar el aire,
    pero tú vas gimiendo sin norte por mis ojos.


    No, por mis ojos no, que ahora me enseñas
    cuatro ríos ceñidos en tu brazo,
    en la dura barraca donde la luna prisionera
    devora a un marinero delante de los niños.

    Para ver que todo se ha ido
    ¡amor inexpugnable, amor huido!

    No, no me des tu hueco,
    ¡que ya va por el aire el mío!
    ¡Ay de ti, ay de mí, de la brisa!
    Para ver que todo se ha ido.
     
     
     
     
     
    II

     

     

     


    Yo.
    Yo
    Federico Garcia Lorca
    Yo

    Con el hueco blanquísimo de un caballo,
    crines de ceniza. Plaza pura y doblada.

    Yo.

    Mi hueco traspasado con las axilas rotas.
    Piel seca de uva neutra y amianto de madrugada.
    Toda la luz del mundo cabe dentro de un ojo.
    Canta el gallo y su canto dura más que sus alas.

    Yo.

    Con el hueco blanquísimo de un caballo.
    Rodeado de espectadores que tienen hormigas en las palabras.
    En el circo del frío sin perfil mutilado.
    Por los capiteles rotos de las mejillas desangradas.

    Yo.

    Mi hueco sin ti, ciudad, sin tus muertos que comen.
    Ecuestre por mi vida definitivamente anclada.

    Yo.
    No hay siglo nuevo ni luz reciente.
    Sólo un caballo azul y una madrugada.

     

     

     

     

     

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