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    Amor Salvaje

    lunes, septiembre 22, 2008, 04:54 EST [ Luis Zalamea Borda.]

     
    Amor Salvaje
    Luis Zalamea Borda.
     
     
     
     

    ¡Ah, qué nidada de caricias salvajes descubrí!
    Guardadas en tu bosque desde el alba del mundo,
    esperaban la mano que llegara a arrancarlas,
    la mirada que las volcara sobre tus venas todas,
    el temblor que iniciara tu espasmo y tu locura.
     
     

    Vaivén en tus pupilas despertadas,
    ojos que danzan al ritmo de los hombros,
    larga piel en su raíz estremecida,
    la ansiosa estalactita del deseo,
    caracol que se incrusta en las orejas;
    tus ojos súbitos, terribles. ¡Ah tus ojos!
     
     

    Y locura, embeleso y más locura.
    ¡Pantera que se escapa, cervatilla rendida,
    la sierpe envolvente de tus brazos,
    abrazo de mil lianas zarpadoras,
    largo césped donde los senos nacen,
    ensenada candente de los muslos,
    playa con la blanca tersura de tu vientre.
     
     

    Y locura, ternura y más locura.
    Cadencia resonante de músicas selváticas,
    tambor noctambulario suena sobre tu espalda,
    la flauta imperceptible del suspiro,
    largos gemidos de destrozados labios,
    y el grito sempiterno tan guardado,
    al fin la noche rompe en agudos pedazos.
     
     

    Y locura, cadencia y más locura.
    Cavernas, grutas, lagos, musgos leves;
    hongos colgantes, zarzas en tu boca;
    frutos ignotos, zumos descubiertos;
    mieses en la alborada, sed que ya se apaga;
    venas que se rebelan, sangre libertada;
    yegua ululante, jinete que espolea.
     
     

    Y locura, locura y más locura.
    ¡Ah qué nidada de caricias salvajes descubrí!
    ¡Y qué voces intactas en tus prístinos fondos!
     
     

    ¡Y qué flores que se abren al tacto de mis manos!
    Salvaje mía; ¡ámame así, envuélveme en tu bruma!
    ¡Y bebamos del manantial de esta locura primitiva!
     
     
     
     
     
     
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    Germinacion del Alba.

    viernes, abril 18, 2008, 11:55 EST [ Luis Zalamea Borda.]

     
     
     
    Germinacion del Alba.
    Luis Zalamea Borda.
     
     
     
     
     


    Dueña de los crepúsculos,
    tú en mí todo lo sabes y me has visto llorar.
    conoces mi congoja cuando la tarde llega
    meciendo entre su eclipse mi diaria solitud.
     
     
     

    Es el instante de la partida, la fuga del poniente
    que tú ya has compartido
    en mi zozobra viva, en mi sed de vagar.
     
     
     
     


    Ah niña que sollozas entre mis brazos trémulos,
    tu miras a la tarde como se mira el hijo,
    como se mira el pan.
     
     
     
     

    Y me miras a mí desde tu inmediata lejanía
    como se mira el fuego, como se mira el mar.
    (Mirada incierta, en espera,
    como trigo sin pilar ante el molino.)
     
     
     
     
     
     


    Señora del ocaso,
    vuelve hacia mí tus ojos
    a la hora tremenda del ciprés,
    en que la luz se alarga, en que todo se va.

    Dime con tu mirada que tú ya no me dejas,
    que estás siempre conmigo
    cuando los potros de la noche oímos cabalgar.
     
     
     
     
     


    Y tú estarás aquí.
    No viviré en cada atardecer mi escape
    ni ahogará entonces las sombras mi cantar.
    Estás aquí, realidad y mujer,
    y eres en la penumbra
    el sosiego anhelado,
    el faro vislumbrado,
    el ancla suspensa entre la luz.
     
     
     
     
    4 (1 votos)

    Despedida.

    viernes, abril 18, 2008, 11:51 EST [ Luis Zalamea Borda.]

     
    Despedida.
    Luis Zalamea Borda.
     
     
     


    "...es tan corto el amor
    y es tan largo el olvido... "
                      Pablo Neruda
     
     
     
     
     
     


    Te fuiste.
    Como se va la primavera.
    Como se van todas las cosas.
    Como se pierden en el mar las velas.
    Y yo me quedé solo,
    con las uñas clavadas en la arena,
    viendo como se alejan las mareas.
     
     
     
     
     


    Te fuiste.
    Ni tu nombre recuerdo,
    ni el color de tus ojos.
    Sólo que por las tardes leíamos a Neruda;
    aún me llega el timbre de tu voz profunda,
    y el alarido de tu dicha, suelto,
    huyendo a medianoche por la playa.
     
     
     
     
     


    Te fuiste.
    Irremediablemente huiste de mi vida.
    Fue el océano tu cómplice fortuito:
    zarpaste al borde de un balandro cualquiera
    una tarde cualquiera.
     
     
     
     
     

    Yo me quedé sobre la playa dilatada,
    salpicado de ocaso, solitario en la arena.
    Te fuiste.
     
     
     
     

    Nos habíamos amado con la furia de los 25 años.
    Todo fue cerca al mar:
    besos de sal y yodo,
    mordiscos de medusa enloquecida,
    saltos de delfines en celo,
    abrazos hasta brotar la sangre marinera.
     
     
     
     
     


    Te fuiste.
    Como se fueron también la rada familiar,
    las velas madrugadoras de los camaroneros,
    el lecho duro de nuestros combates clandestinos.
    Hasta el mar cambió de rostro y de fragancia;
    la codicia del hombre corrompió las aguas.
    El aire mismo se llenó de venenos y de miasmas.
     
     
     
     
     


    Te fuiste.
    Como se van todas las cosas.
    Y yo me quedé solo,
    con las uñas clavadas en la arena,
    viendo como se alejaban las mareas.
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
    En el Comienzo.
    Luis Zalamea Borda.
     
     


    Eres el comienzo, la luz y la esperanza.
    Antes de ti era la nada y no habían nacido las palomas.
    Qué angustioso vacío el vivir sin saberte,
    aunque mis ojos adivinaran tu mirada lánguida
    y fueran construyendo mis manos tu presencia,
    inventando mis sueños piel, risa y esencia de tus besos.
     
     


    Sin ti andaba yo al garete, en un mar de borrasca,
    cuán alejado de todo puerto conocido.
    Y el mar también era la nada.

    Tendrías que llegar a darle un día
    el verdor de tus ojos, la sal de tus pupilas,
    un hontanar de lágrimas,
    y la suave madrépora que crece entre tus labios.
     
     
     


    Sin ti mi voz no tenía forma y su eco faltaba,
    era el lloro de un niño que se pierde.
    Tú le entregaste acento y le fijaste rumbo.
    Y entonces pude cantarte toda, con la voz que me diste.
     
     


    Antes de ti, la nada, la pegajosa angustia, la voz muda.
    Mas hoy comienza a respirar mi mundo,
    nutrido con tu luz, fincado en la esperanza.
     
     
     
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    Como en los dias de Julio.

    viernes, abril 18, 2008, 11:48 EST [ Luis Zalamea Borda.]

     
     
     
    Como en los Dias de Julio.

    "Siempre es el mar donde mejor se quiere".
    Andrés Eloy Blanco
     
     
     
     


    No quiero oír tu voz,
    ni adivinar tu angustia
    desde el destierro,
    ni revivir en momentos de celo o de locura
    aquella nuestra entrecortada despedida.
    (Las voces de la noche eran nuevas, sutiles;
    tus amplios pechos se encogieron, tremendos en su lucha,
    buscando encarcelarse en la tiniebla tibia. )
     
     
     
     
     


    Ella, la despedida, no era marina como en lejano día,
    sino terrestre, final, definitiva;
    molde de soledad, herida, grieta, tajo de nuestras vidas.
    Y así quiero que sea.
     
     
     
     


    (Tu imagen está ya condenada al limbo de las horas perdidas
    en la inmensidad de un mar que se despierta, atónito,
    de un sueño de ondinas, madréporas en flor y barcos asesinos.)
     
     
     

    No quiero reflejar mi triste mirada en tu recuerdo.
    Quiero olvidarte toda, poro a poro,
    exánime, jadeante, casi muerta sobre la tierra plena
    que conjuga el amor ígneo de la euforia volcánica.
     
     
     


    (En la lejanía mueren en coro, de tedio,
    con dignidad crustácea, los pálidos cangrejos,
    y la tarde se disfraza de buzo.)
     
     
     
     


    En mi memoria serás desde hoy,
    como en los días de julio,
    un sudor hecho hembra
    al final del camino.
     
     
     
     
     
    4 (1 votos)

    Amor Salvaje.

    viernes, abril 18, 2008, 11:46 EST [ Luis Zalamea Borda.]

     
     
     
    Amor Salvaje.
    Luis Zalamea Borda.
     
     
     
     
     



    ¡Ah, qué nidada de caricias salvajes descubrí!
    Guardadas en tu bosque, desde el alba del mundo,
    esperaban la mano que llegara a arrancarlas,
    la mirada que las volcara sobre tus venas todas,
    el temblor que iniciara tu espasmo y tu locura.
     
     
     
     


    Vaivén en tus pupilas despertadas,
    ojos que danzan al ritmo de los hombros,
    larga piel en su raíz estremecida,
    la ansiosa estalactita del deseo,
    caracol que se incrusta en las orejas;
    tus ojos súbitos, terribles. ¡Ah tus ojos!
    Y locura, embeleso y más locura.
     
     
     
     
     


    Pantera que se escapa, cervatilla rendida,
    la sierpe envolvente de tus brazos,
    abrazo de mil lianas zapadoras,
    largo césped donde los senos nacen,
    ensenada candente de los muslos,
    playa con la blanca tersura de tu vientre.
     
     
    Y locura, ternura y más locura.
     
     
     
     
     


    Cadencia resonante de músicas selváticas,
    tambor noctambulario suena sobre tu espalda,
    la flauta imperceptible del suspiro,
    largos gemidos de destrozados labios,
    y el grito sempiterno, tan guardado,
    al fin la noche rompe en agudos pedazos.
     Y locura, cadencia y más locura.
     
     
     
     
     


    Cavernas, grutas, lagos, musgos leves;
    hongos colgantes, zarzas en tu boca;
    frutos ignotos, zumos descubiertos;
    mieses en la alborada, sed que ya se apaga;
    venas que se rebelan, sangre libertada;
    yegua ululante, jinete que espolea.
     Y locura, locura y más locura.
     
     
     
     
     


    ¡Ah qué nidada de caricias salvajes descubrí!
    ¡Y qué voces intactas en tus prístinos fondos!
    ¡Y qué flores que se abren al tacto de mis manosl
    Salvaje mía: ¡ámame así, envuélveme en tu brumal
    ¡Y bebamos del manantial de esta locura primitiva!
     
     
     
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