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    La Guerra

    Sunday, October 12, 2008, 09:58 AM EST [ Gaspar Nunez Arce]

     
    La Guerra
    Gaspar Nunez de Arce

    Por razones que se calla
    la historia prudentemente,
    dos monarcas de Occidente
    riñeron fiera batalla.

    La causa del rompimiento
    no está, en verdad, a mi alcance,
    ni hace falta para el lance
    que referiros intento.

    Sobre el campo del honor
    cubierto de sangre y gloria,
    donde alcanzó la victoria
    más la astucia que el valor;
    dos discípulos de Marte,
    que airados se acometieron
    y juntamente cayeron
    pasados de parte a parte;
    sumergidos en el lodo,
    mientras que llegaba el cura
    para darles sepultura,
    platicaban de este modo:


    SOLDADO PRIMERO

    ¡Hola, compadre! ¿Qué tal
    te ha parecido el asunto?


    SOLDADO SEGUNDO

    Puesto que me ves difunto
    debe parecerme mal.


    SOLDADO PRIMERO

    Pues ha sido divertida
    la función: mira a tu lado.
    Lo menos hemos quedado
    doce mil héroes sin vida.
    Y en esto me quedo corto,
    que me enfadan los extremos.


    SOLDADO SEGUNDO

    ¡Con qué habilidad nos hemos
    destrozado! Estoy absorto.
    Ha habido alarmas y sustos
    y muertes y atrocidades
    para todas las edades
    y para todos los gustos.


    SOLDADO PRIMERO

    Mas yo quisiera saber
    por qué con tanto denuedo
    nos matamos...


    SOLDADO SEGUNDO

    ¡Ay! No puedo
    tu duda satisfacer.
    Para entrar en esta danza
    tuve que dejar mi oficio.
    Sé que aprendí el ejercicio,
    sé que estudié la Ordenanza.

    Sé que en compañía de esos
    que están mordiendo la tierra,
    me trajeron a la guerra
    y me moliste los huesos.

    Y, en fin, francamente hablando,
    puedo decirte al oído,
    que he muerto como he nacido;
    sin saber por qué, ni cuándo.


    SOLDADO PRIMERO

    De tu explicación me huelgo,
    porque mi vida retrata.
    En esto, alzando la pata
    un moribundo jamelgo,
    ¡Gracias, dioses inmortales!

    -dijo con voz lastimera-
    Pues de la misma manera
    morimos los animales.
    Cuando pasó la impresión
    de tan extraño incidente,
    así anudó el más valiente
    la rota conversación:


    SOLDADO PRIMERO

    Aunque ignoramos la ley,
    origen de esta querella,
    juro a Dios vivo que en ella
    lleva la razón mi rey.


    SOLDADO SEGUNDO

    ¿Y por qué?


    SOLDADO PRIMERO

    Porque es el mío.


    SOLDADO SEGUNDO

    ¡Qué salida de pavana!
    La justicia es de quien gana.


    SOLDADO PRIMERO

    De tu ignorancia me río.
    ¡Pues cuántos que han hecho eternos
    sus nombres con la victoria,
    no han ido a gozar la gloria
    de su triunfo a los infiernos!


    SOLDADO SEGUNDO

    Considera lo que dices,
    porque estoy ardiendo en ira.


    SOLDADO PRIMERO
    ¡No me alces el gallo!...


    SOLDADO SEGUNDO

    Mira
    que te rompo las narices.
    Y fieros y cejijuntos
    a combatir empezaron
    de nuevo... ¡y no se mataron,
    porque ya estaban difuntos!

    Diéronse golpes crueles,
    hasta que hueca y ufana
    llegó la Locura humana,
    sonando sus cascabeles.

    Puso paz entre los dos
    y dijo con desenfado:
    ¿Qué es esto? Habéis olvidado
    que sois imagen de Dios?

    Tal vez la inmortalidad
    con justo título esperen
    los que por la patria mueren,
    por Dios, por la libertad.

    Pero que el hombre sucumba
    en conquistadora guerra,
    cuando siete pies de tierra
    le bastan para su tumba;
    o que en lucha fratricida
    entre, sin saber quizá
    ni por qué la muerte da,
    ni por qué pierde la vida;
    esto mi paciencia apura,
    y cuantas veces lo veo,
    aunque soy Locura, creo
    que es demasiada locura.
     
     
     
     
     
     
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    Crepusculo.

    Sunday, October 12, 2008, 01:09 AM EST [ Gaspar Nunez Arce]

     
    Crepusculo.
    Gaspar Nunez de Arce
     
     
     

    El Sol tocaba en su ocaso,
    y la luz tibia y dudosa
    del crepúsculo envolvía
    la naturaleza toda.
     
     

    Los dos estábamos solos,
    mudos de amor y zozobra,
    con las manos enlazadas,
    trémulas y abrasadoras,
    contemplando cómo el valle,
    el mar y apacible costa,
    lentamente iban perdiendo
    color, transparencia y forma.
     
     

    A medida que la noche
    adelantaba medrosa,
    nuestra tristeza se hacía
    más invencible y más honda.
     
     

    Hasta que al fin, no sé cómo,
    yo trastornado, tú loca,
    estalló en ardiente beso
    nuestra pasión silenciosa.
     
     

    ¡Ay! al volver suspirando
    de aquel éxtasis de gloria,
    ¿qué vimos? sombra en el cielo
    y en nuestra conciencia sombra.
     
     
     
     
     


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    ¡Amor!

    Sunday, October 12, 2008, 01:00 AM EST [ Gaspar Nunez Arce]

     
    ¡Amor!
    Gaspar Nunez de Arce
     
     
     

    ¡Oh eterno Amor, que en tu inmortal carrera,
    das a los seres vida y movimiento,
    con qué entusiasta admiración te siento,
    aunque invisible, palpitar doquiera!
     
     

    Esclava tuya la creación entera,
    se estremece y anima con tu aliento,
    y es tu grandeza tal, que el pensamiento
    te proclamara Dios, si Dios no hubiera.
     
     

    Los impalpables átomos combinas
    con tu soplo magnético y fecundo:
    tú creas, tú transformas, tú iluminas,
    y en el cielo infinito, en el profundo
    mar, en la tierra atónita dominas,
    ¡Amor, eterno Amor, alma del mundo!
     
     
     
     


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    A Darwin

    Sunday, October 12, 2008, 12:45 AM EST [ Gaspar Nunez Arce]

     
    A Darwin
    Gaspar Nunez de Arce
     
     
     
     
     

    I
     
     

    ¡Gloria al genio inmortal! Gloria
    al profundo
    Darwin, que de este mundo
    penetra el hondo y pavoroso arcano!
    ¡Que, removiendo lo pasado incierto,
    sagaz ha descubierto
    el abolengo del linaje humano.
     
     
     

    II
     
     

    Puede el necio exclamar en su locura:
    «¡Yo soy de Dios hechura!»
    y con tan alto origen darse tono.
    ¿Quién, que estime su crédito y su nombre,
    no sabe que es el hombre
    la natural transformación del mono?
     
     
     

    III
     
     

    Con meditada calma y paso a paso,
    cual reclamaba el caso,
    llegó a tal perfección un mono viejo;
    y la vivaz materia por sí sola
    le suprimió la cola,
    le ensanchó el cráneo y le afeitó el pellejo.
     
     
     

    IV
     
     

    Esa invisible fuerza creadora,
    siempre viva y sonora,
    música, verbo, pensamiento alado;
    ese trémulo acento en que la idea
    palpita y centellea
    como el soplo de Dios en lo creado;
     
     
     

    V
     
     

    hablo de Dios, porque lo exige el metro,
    mas tu perdón impetro
    (¡oh formidable secta darviniana!)
    Ese sonido como el sol fecundo,
    que vibra en todo el mundo
    y resplandece en la palabra humana;
     
     
     

    VI
     
     

    esa voz, llena de poder y encanto,
    ese misterio santo,
    lazo de amor, espíritu de vida,
    ha sido el grito de la bestia hirsuta,
    en la cóncava gruta
    de los ásperos bosques escondida.
     
     
     

    VII
     
     

    ¡Ay! Si es verdad lo que la ciencia enseña,
    ¿por qué se agita y sueña
    el hombre, de su paz fiero enemigo?
    ¿A qué aspira? ¿Qué anhela? ¿Qué es, en suma,
    el genio que le abruma?
    ¿Fuerza o debilidad? ¿Premio o castigo?
     
     
     

    VIII
     
     

    Honor, virtud, ardientes devaneos,
    imposibles deseos,
    loca ambición, estéril esperanza;
    horrible tempestad que eternamente
    perturbas nuestra mente,
    con acentos de amor o de venganza;
     
     
     

    IX
     
     

    conciencia del deber que nos oprimes,
    ilusiones sublimes
    que a más alta región tendéis el vuelo:
    ¿Qué sois? ¿Adónde vais? ¿Por qué os sentimos?
    ¿Por qué crimen perdimos
    la inocencia brutal de nuestro abuelo?
     
     
     

    X
     
     

    Ajeno a todo inescrutable arcano,
    nuestro Adán cuadrumano
    en las selvas perdido y en los montes,
    de fijo no estudiaba ni entendía
    esta filosofía
    que abre al dolor tan vastos horizontes.
     
     
     

    XI
     
     

    Independiente y libre en la espesura,
    no sufrió la amargura
    que nos quema y devora las entrañas.
    Dábanle el bosque entretejidas frondas,
    el río claras ondas,
    aire sutil y puro las montañas;
     
     

    XII
     
     

    la tierra, a su elección, como en tributo
    dulce y sabroso fruto,
    música el viento susurrante y vago;
    su luz fecunda el sol esplendoroso,
    la noche su reposo
    y limpio espejo el cristalino lago.
     
     

    XIII
     
     

    En su pelliza natural envuelto,
    gozaba alegre y suelto
    de su querida libertad salvaje.
    Aún no grababa figurines Francia,
    y en su rústica estancia
    lo que la vida le duraba el traje.
     
     
     

    XIV
     
     

    Desconoció la púrpura y la seda
    no inventó la moneda
    para adorarla envilecido y ciego,
    ni se dejó coger, como un idiota,
    por una infame sota
    en la red del amor o en la del juego.
     
     

    XV
     
     

    No turbaron su paz ni su apetito
    este anhelo infinito,
    esta pena tan honda como aguda.
    ¡Ay! ni a pedazos le arrancó del alma
    su candorosa calma,
    el demonio implacable de la duda.
     
     
     

    XVI
     
     

    Y en esas lentas y nocturnas horas
    negras, abrumadoras,
    en que la angustia nos desgarra el pecho,
    con tu mirada impenetrable y triste
    nunca te apareciste
    ¡oh desesperación! junto a su lecho.
     
     
     

    XVII
     
     

    No buscó los laureles del poeta,
    ni en su ambición inquieta
    alzó sobre cadáveres un trono.
    No le acosó remordimiento alguno.
    No fue rey, ni tribuno,
    ¡ni siquiera elector!... ¡Dichoso mono!
     
     
     

    XVIII
     
     

    En la copa de un árbol suspendido
    y con la cola asido,
    extraño a los halagos de la fama,
    sin pensar en la tierra ni en el cielo,
    nuestro inocente abuelo
    la vida se pasó de rama en rama.
     
     
     

    XIX
     
     

    Tal vez enardecida y juguetona,
    alguna virgen mona
    prendiole astuta en sus amantes lazos,
    y más fiel que su nieta pervertida,
    ni le amargó la vida,
    ni le hirió el corazón con sus abrazos.
     
     
     

    XX
     
     

    Y allí, bajo la bóveda azulada,
    en la verde enramada,
    a la sonora margen de los ríos,
    adormecidos con los trinos suaves
    de las canoras aves,
    ocultas en los árboles sombríos;
     
     
     

    XXI
     
     

    allí donde la gran Naturaleza
    descubre la belleza
    de su seno inmortal, siempre fecundo,
    en deliquios ardientes y amorosos,
    los dos tiernos esposos
    engendraron al árbitro del mundo.
     
     
     

    XXII
     

    ¡Al árbitro del mundo!... ¡Qué sarcasmo!
    Perdido el entusiasmo,
    sin esperanza en Dios, sin fe en sí mismo,
    cuando le borre su divino emblema,
    esa ciencia blasfema,
    como la piedra rodará al abismo.
     
     
     

    XXIII
     
     

    Caerá de sus altares el Derecho
    por el turbión deshecho;
    la Libertad sucumbirá arrollada.
    Que cuando el alma humana se obscurece,
    sólo prospera y crece
    la fuerza audaz, de crímenes cargada.
     
     
     

    XXIV
     

    ¡Ay, si al romper su religioso yugo,
    gusta el pueblo del jugo
    que en esa ciencia pérfida se esconde!
    ¡Ay, si olvidando la celeste esfera,
    el hijo de la fiera
    sólo a su instinto natural responde!
     
     
     

    XXV
     
     

    ¡Ay, si recuerda que en la selva umbría
    la bestia no tenía
    ni Dios, ni ley, ni patria, ni heredades!
    Entonces la revuelta muchedumbre
    quizás, Europa, alumbre
    con el voraz incendio tus ciudades.
     
     
     
     

    XXVI
     
     

    ¡Batid gozosos las sangrientas manos
    déspotas y tiranos!
    Ya entre el tumulto vuestra faz asoma.
    Que el hombre a la razón dobla su frente;
    mas sólo el hierro ardiente
    la hambrienta rabia de las fieras doma.
     
     
     
     
     
     
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    La Guerra

    Tuesday, May 13, 2008, 06:09 AM EST [ Gaspar Nunez Arce]

     
     
     
    La Guerra
    Gaspar Nunez Arce

    Por razones que se calla
    la historia prudentemente,
    dos monarcas de Occidente
    riñeron fiera batalla.

    La causa del rompimiento
    no está, en verdad, a mi alcance,
    ni hace falta para el lance
    que referiros intento.

    Sobre el campo del honor
    cubierto de sangre y gloria,
    donde alcanzó la victoria
    más la astucia que el valor;
    dos discípulos de Marte,
    que airados se acometieron
    y juntamente cayeron
    pasados de parte a parte;
    sumergidos en el lodo,
    mientras que llegaba el cura
    para darles sepultura,
    platicaban de este modo:

    Soldado Primero

    -¡Hola, compadre! ¿Qué tal
    te ha parecido el asunto?
    Soldado Segundo
    Puesto que me ves difunto
    debe parecerme mal.


    Soldado Primero

    Pues ha sido divertida
    la función: mira a tu lado.
    Lo menos hemos quedado
    doce mil héroes sin vida.
    Y en esto me quedo corto,
    que me enfadan los extremos.


    Soldado Segundo

    ¡Con qué habilidad nos hemos
    destrozado! Estoy absorto.
    Ha habido alarmas y sustos
    y muertes y atrocidades
    para todas las edades
    y para todos los gustos.


    Soldado Primero

    Mas yo quisiera saber
    por qué con tanto denuedo
    nos matamos...
    Soldado Segundo
    ¡Ay! No puedo
    tu duda satisfacer.

    Para entrar en esta danza
    tuve que dejar mi oficio.
    Sé que aprendí el ejercicio,
    sé que estudié la Ordenanza.

    Sé que en compañía de esos
    que están mordiendo la tierra,
    me trajeron a la guerra
    y me moliste los huesos.

    Y, en fin, francamente hablando,
    puedo decirte al oído,
    que he muerto como he nacido;
    sin saber por qué ni cuándo.

    Soldado Primero
    De tu explicación me huelgo,
    Porque mi vida retrata.

    En esto, alzando la pata
    un moribundo jamelgo,
    -¡Gracias, dioses inmortales!
    -dijo con voz lastimera,-
    Pues de la misma manera
    morimos los animales.


    Cuando pasó la impresión
    de tan extraño incidente,
    así anudó el más valiente
    la rota conversación.

    Soldado Primero
    Aunque ignoramos la ley
    que produjo esta querella,
    ¡juro a Dios vivo! que en ella
    lleva la razón mi rey.

    Soldado Segundo
    ¿Y por qué?
    Soldado Primero
    Porque es el mío.

    Soldado Segundo
    ¡Qué salida de pavana!
    La justicia es de quien gana.
    Soldado Primero
    De tu ignorancia me río.

    ¡Pues cuántos que han hecho eternos
    sus nombres con la victoria,
    no han ido a gozar la gloria
    de su triunfo a los infiernos!

    Soldado Segundo
    Considera lo que dices,
    porque estoy ardiendo en ira.

    Soldado Primero
    ¡No me alces el gallo!...

    Soldado Segundo
    Mira que te rompo las narices.-

    Y fieros y cejijuntos
    a combatir empezaron
    de nuevo... ¡Y no se mataron,
    porque ya estaban difuntos!

    Diéronse golpes crueles,
    hasta que hueca y ufana
    llegó la Locura humana,
    sonando sus cascabeles.

    Puso paz entre los dos
    y dijo con desenfado:
    ¿Qué es esto? ¿Habéis olvidado
    que sois imagen de Dios?

    Tal vez la inmortalidad
    con justo título esperen
    los que por la Patria mueren,
    por Dios, por la libertad.

    Pero que el hombre sucumba
    en conquistadora guerra,
    cuando siete pies de tierra
    le bastan para su tumba;
    o que en lucha fratricida
    entre, sin saber quizá
    ni por qué la muerte da,
    ni por qué pierde la vida;
    esto mi paciencia apura,
    y cuantas veces lo veo,
    aunque soy Locura, creo
    que es demasiada locura.
     
     
     
     
     
     
     
     
     
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