!Amor!Gaspar Nunez Arce ¡Oh eterno amor, que en tu inmortal carrera, das a los seres vida y movimiento, con qué entusiasta admiración te siento, aunque invisible, palpitar doquiera! Esclava tuya la creación entera, se estremece y anima con tu aliento, y es tu grandeza tal, que el pensamiento te proclamara Dios, si Dios no hubiera. Los impalpables átomos combinas con tu soplo magnético y profundo: tú creas, tú trasformas, tú iluminas, y en el cielo infinito, en el profundo mar, en la tierra atónito dominas, ¡amor, eterno amor, alma del mundo!
Crepusculo.Gaspar Nunez Arce El sol tocaba en su ocaso, y la luz tibia y dudosa del crepúsculo envolvía la naturaleza toda. Los dos estábamos solos, mudos de amor y zozobra, con las manos enlazadas, trémulas y abrasadoras, contemplando cómo el valle, el mar y apacible costa, lentamente iban perdiendo color, trasparencia y forma. A medida que la noche adelantaba medrosa, nuestra tristeza se hacía más invencible y más honda. Hasta que al fin, no sé cómo yo trastornado, tú loca, estalló en ardiente beso nuestra pasión silenciosa. ¡Ay! al volver suspirando de aquel éxtasis de gloria, ¿qué vimos? Sombra en el cielo y en nuestra conciencia sombra.
El Reo de MuerteGaspar Nunez Arce ¡Oh, vedle, vedle! ¿Turbia y ardiente la mirada, en brazos de su culpa que le acrimina austera, tan lejos y tan cerca de la insondable nada, del mundo que le arroja, del polvo que le espera!. ¡Luchando con extrañas y horribles agonías que traen ante sus ojos en rápida carrera sus inocentes horas, sus conturbados días, el cuadro pavoroso de su existencia entera! Ayer, aunque entre sombras, el porvenir incierto brindábale ilusiones de amor y de ventura, y hoy, asomado al borde de su sepulcro abierto, contempla horripilado la eternidad oscura. La muerte, que le acosa con misterioso grito, despierta los terrores de su conciencia impura: quiere llamar, y apaga sus voces el delito, quiere huir, y le asalta la hambrienta sepultura. ¡Ay, si recuerda entonces el dulce hogar sereno donde pasó ignorada su infancia soñadora, la amante y pobre madre que le llevó en su seno, único ser acaso que le disculpa y llora! ¡Ay triste de él si al lado del hondo precipicio su amparo no le presta la fe consoladora; la fe que se levanta potente en el suplicio y da sus alas de ángel al alma pecadora! ¡Miradle! Cada paso que hacia el cadalso avanza de su agitada vida los horizontes cierra: apágase en sus ojos la luz de la esperanza y el peso de la muerte fatídico le aterra. ¡Ay, ten valor! Si un día de imprevisión y dolo te puso con los hombres y con la ley en guerra, mañana entre los muertos abandonado y solo en su profundo olvido te envolverá la tierra. Aparta tu mirada terrífica y sombría de esa apiñada turba que bulle en el camino para gozar del triste placer de tu agonía y presenciar el término de tu fatal destino. ¡Oh! no la empuja sólo su imbécil sentimiento hacia el cadalso infame que espera al asesino. ¡Hasta la cumbre misma del Gólgota sangriento siguió también los pasos del Redentor divino!
I ¡Tantas esperanzas muertas y tantos recuerdos vivos!. en el corazón humano jamás se forma el vacío. Nace una ilusión y muere; pero su cadáver mismo queda insepulto en el alma y siempre en la mente fijo. ¡Ay! por eso yo que os llevo ha tantos años conmigo, esperanzas engañosas que me halagásteis de niño; hoy que bajo el grave peso de vuestro cadáver gimo, ¡infeliz de mí! quisiera que nunca hubiérais nacido.
II ¿Te acuerdas? Al pie de un árbol, en el jardín de tu casa, el dulce y maduro fruto ibas cogiendo en la falda. Turbando nuestra alegría crujió de pronto la rama, diste un grito, y desplomado caí sin voz a tus plantas. No vi más; pero entre sueños me pareció que escuchaba desconsolados gemidos, tiernas y amantes palabras. Y cuando volví a la vida, en una sola mirada se besaron nuestros ojos y se unieron nuestras almas.
III ¿Te acuerdas? Seis años hace cuando por la vez primera eterno amor nos juramos y fidelidad eterna. ¡Cuán venturosas corrieron las horas! ¡ay! ¡y cuán prestas! un deseo, una esperanza fué nuestra dulce existencia. Turbóse un día el encanto de aquella pasión inmensa, y el viento de la fortuna llevome a lejanas tierras. Colgándote de mi cuello, en llanto amargo deshecha, vuelve, -me dijiste- vuelve; que mi corazón te llevas.- Volví... ¡Ya estabas casada! y un ángel de rubias hebras en tu regazo dormía el sueño de la inocencia. Posé, temblando, mis labios en su faz blanca y risueña, y al mirarte, vi que estabas pálida como una muerta.
IV Después... Aturdido, ciego, cuando me hirió el desengaño, en tus queridas memorias quise vengar mis agravios. Busqué frenético el rizo de tus cabellos castaños, que en la postrer despedida me diste, Inés, sollozando. -Muera, dije- este recuerdo de aquel corazón ingrato, y arrastre el viento en cenizas la inútil prenda que guardo.- Miréla suspenso y mudo, hasta que ahogándome el llanto, en vez de arrojarla al fuego la llevé ¡loco! a mis labios. ¡Ay! quiera Dios que no veas preso en amorosos lazos, al hijo de tus entrañas llorar, como estoy llorando.
V ¿Te acuerdas? Cuando en los días de mi secreto infortunio dudaba yo de mí mismo, pobre, olvidado y oscuro; enjugando compasiva mi llanto abundante y mudo, -no desmayes, me dijiste, que el porvenir será tuyo. Yo compartiré contigo lauros, honores y triunfos, y a la sombra de tu fama nuestro amor llenará el mundo.- Hoy rompe a veces mi nombre la indiferencia del vulgo, y a veces también su aplauso trémulo y turbado escucho. Pero como estás muy lejos y en vano te llamo y busco, paréceme que resuena en el hueco de un sepulcro.