IntroduccionGaspar Nunez Arce ¡Los tiempos son de lucha! ¿Quién concibe el ocio muelle en nuestra edad inquieta? En medio de la lid canta el poeta, el tribuno perora, el sabio escribe. Nadie el golpe que da ni el que recibe siente, a medida que el peligro aprieta; desplómase vencido el fuerte atleta y otro al recio combate se apercibe. La ciega multitud se precipita, invade el campo, avanza alborotada con el sordo rumor de la marea. Y son en el furor que nos agita, trueno y rayo la voz; el arte, espada; la ciencia, ariete; tempestad la idea.
IdilioFragmentoGaspar Nunez Arce XXXI Desde el alba hasta el término del día ya nadie nos veía vagar sin rumbo en fraternal concierto. Ya no andábamos juntos, ni ya unidos buscábamos los nidos, en los frondosos árboles del huerto. XXXII Ya no me acompañaba, y yo, alterado, pasaba por su lado, tranquilo en la apariencia y satisfecho. Era oponer la indiferencia al dolo; mas al quedarme solo se me saltaba el corazón del pecho. XXXIII Entonces ¡ay de mí! pensando en ella dirigía mi huella hacia las ruinas del feudal castillo, que sobre estéril y ondulada mota alza su frente rota sin almenas, sin puente ni rastrillo. XXXIV Elévase fantástica y disforme aquella mole enorme que muestra de los siglos el estrago: crece en las hendiduras de la piedra la trepadora hiedra y al pie del muro el triste jaramago. XXXV Solo las bulliciosas golondrinas turban de aquellas ruinas la paz solemne con sesgado vuelo, y alguna alondra al ascender inquieta símbolo del poeta, que cuando canta se remonta al cielo. XXXVI En muda calma y soledad medrosa parece que reposa aquel gigante por la edad rendido. Hasta un arroyo que a sus plantas corre, y la vetusta torre proyecta en su cristal, pasa sin ruido. XXXVII Para vencer mi insoportable tedio, y hallar algún remedio a mis ansias prolijas y secretas, con brazo vigoroso y pie seguro subía por el muro, buscando apoyo en sus profundas grietas. XXXVIII Ágil, robusto, dueño de mí mismo, al través del abismo alzábame hasta el fin, no sin trabajo, para ver en confusa perspectiva la inmensidad arriba, y la tristeza del silencio abajo. XXXIX Las aves que en la torre se acogían al acercarme huían, y solo con mis penas en la altura, de codos en el ancho parapeto, miraba con respeto el cielo azul y la feraz llanura. XL ¡Cuántas veces mi espíritu errabundo apartado del mundo en aquel torreón del homenaje, con íntima y tenaz melancolía se engolfaba y hundía en la infinita calma del paisaje! XLI Ni aislada roca, ni escarpado monte del diáfano horizonte el indeciso término cortaban: por todas partes se extendía el llano hasta el confín lejano en que el cielo y la tierra se abrazaban. XLII ¡Oh tierra en que nací noble y sencilla! ¡Oh campos de Castilla donde corrió mi infancia! ¡Aire sereno! ¡Fecundadora luz! ¡Pobre cultivo!... ¡Con qué placer tan vivo se espaciaba mi vista en vuestro seno! XLIII Cual dilatado mar, la mies dorada a trechos esmaltada de ya escasas y mustias amapolas, cediendo al soplo halagador del viento acompasado y lento, a los rayos del sol mueve sus olas. XLIV Cuadrilla de atezados segadores, sufriendo los rigores del sol canicular, el trigo abate, que cae agavillado en los inciertos surcos como los muertos en el revuelto campo de combate. XLV Corta y cambia de pronto la campiña alguna hojosa viña que en las umbrías y laderas crece, y entre las ondas de la mies madura, cual isla de verdura, con sus varios matices resplandece. XLVI Serpean y se enlazan por los prados, barbechos y sembrados, los arroyos, las lindes y caminos, y donde apenas la mirada alcanza, cierran la lontananza espesos bosques de perennes pinos. XLVII Por angostos atajos y veredas, los carros de anchas ruedas pesadamente y sin cesar transitan, y sentados encima de los haces rapazas y rapaces con incansable ardor cantan o gritan. XLVIII Lleno de majestad y de reposo el Duero caudaloso al través de los campos se dilata: refleja en su corriente el sol de estío, y el sosegado río cinta parece de bruñida plata XLIX Ya oculta de improviso una alameda su marcha mansa y leda; ya le obstruye la presa de un molino, y como potro a quien el freno exalta, párase, el dique salta y sigue apresurado su camino. L En las tendidas vegas y en las lomas, cual nidos de palomas, se agrupan en desorden las aldeas, y en la atmósfera azul pura y tranquila ligeramente oscila el humo de las negras chimeneas. LI En las cercanas eras reina el gozo. Con íntimo alborozo contempla el dueño la creciente hacina, y mientras un zagal apura el jarro otro descarga el carro que bajo el peso de la mies rechina. LII Otro en el trillo de aguzadas puntas, que poderosas yuntas mueven en rueda, con afán trabaja, y cual premio debido a su fatiga desgránase la espiga, y salta rota la reseca paja.
TristezasGaspar Nunez Arce Cuando recuerdo la piedad sincera con que en mi edad primera entraba en nuestra viejas catedrales, donde postrado ante la cruz de hinojos alzaba a Dios mis ojos soñando en las venturas celestiales; hoy que mi frente atónito golpeo, y con febril deseo busco los restos de mi fe perdida, por hallarla otra vez, radiante y bella como en la edad aquella, ¡desgraciado de mí! diera la vida. ¡Con qué profundo amor, niño inocente, prosternaba mi frente en las losas del templo sacrosanto! Llenábase mi joven fantasía de luz, de poesía, de mudo asombro, de terrible espanto. Aquellas altas bóvedas que al cielo levantaban mi anhelo; aquella majestad solemne y grave; aquel pausado canto, parecido a un doliente gemido, que retumbaba en la espaciosa nave; las marmóreas y austeras esculturas de antiguas sepulturas, aspiración del arte a lo infinito; la luz que por los vidrios de colores sus tibios resplandores quebraba en los pilares de granito; haces de donde en curva fugitiva para formar la ojiva cada ramal subiendo se separa, cual del rumor de multitud que ruega, cuando a los cielos llega, surge cada oración distinta y clara; en el gótico altar inmoble y fijo el santo Crucifijo, que extiende sin vigor sus brazos yertos, siempre en la sorda lucha, de la vida, tan áspera y reñida, para el dolor y la humildad abiertos; el místico clamor de la campana que sobre el alma humana de las caladas torres se despeña, y anuncia y lleva en sus aladas notas mil promesas ignotas al triste corazón que sufre o sueña; todo elevaba mi ánimo intranquilo a más sereno asilo: religión, arte, soledad, misterio. todo en el templo secular hacía vibrar el alma mía como vibran las cuerdas de un salterio. Y a esta voz interior que sólo entiende quien crédulo se enciende en fervoroso y celestial cariño, envuelta en sus flotantes vestiduras volaba a las alturas, virgen sin mancha, mi oración de niño. Su rauda, viva y luminosa huella como fugaz centella traspasaba el espacio, y ante el puro resplandor de sus alas de querube, rasgábase la nube que me ocultaba el inmortal seguro. ¡Oh anhelo de esta vida transitoria! ¡Oh perdurable gloria! ¡Oh sed inextinguible del deseo! ¡Oh cielo, que antes para mí tenías fulgores y armonías, y hoy tan oscuro y desolado veo! Ya no templas mis íntimos pesares, ya al pie de tus altares como en mis años de candor no acudo. Para llegar a ti perdí el camino, y errante peregrino entre tinieblas desespero y dudo. Voy espantado sin saber por dónde; grito, y nadie responde a mi angustiada voz; alzo los ojos y a penetrar la lobreguez no alcanzo; medrosamente avanzo, y me hieren el alma los abrojos. Hijo del siglo, en vano me resisto a su impiedad, ¡oh Cristo! Su grandeza satánica me oprime. Siglo de maravillas y de asombros, levanta sobre escombros un Dios sin esperanza, un Dios que gime, ¡y ese Dios no eres tú! No tu serena faz, de consuelos llena, alumbra y guía nuestro incierto paso. Es otro Dios incógnito y sombrío: su cielo es el vacío, sacerdote el Error, ley el Acaso. un siglo más inmenso, más rebelde a tu voz, más atrevido; entre nubes de fuego alza su frente, como Luzbel, potente; pero también como Luzbel, caído. A medida que marcha y que investiga, es mayor su fatiga, es su noche más honda y más oscura, y pasma, al ver lo que padece y sabe, cómo en su seno cabe tanta grandeza y tanta desventura. Como la nave sin timón y rota, que el ronco mar azota, incendia el rayo y la borrasca mece en piélago ignorado y proceloso, nuestro siglo-coloso con la luz que le abrasa, resplandece. ¡Y está la playa mística tan lejos!. a los tristes reflejos del sol poniente se colora y brilla. El huracán arrecia, el bajel arde, y es tarde, es ¡ay! muy tarde para alcanzar la sosegada orilla. ¿Qué es la ciencia sin fe? Corcel sin freno, a todo yugo ajeno, que al impulso del vértigo se entrega, y al través de intrincadas espesuras, desbocado y a oscuras avanza sin cesar y nunca llega. ¡Llegar! ¿Adónde?... El pensamiento humano en vano lucha; en vano su ley oculta y misteriosa infringe. En la lumbre del sol sus alas quema, y no aclara el problema, ni penetra el enigma de la Esfinge. ¡Sálvanos, Cristo, sálvanos, si es cierto que tu poder no ha muerto! Salva a esta sociedad desventurada, que bajo el peso de su orgullo mismo rueda al profundo abismo, acaso más enferma que culpada. La ciencia audaz, cuando de ti se aleja, en nuestras almas deja uno el germen de recónditos dolores, como al tender el vuelo hacia la altura, deja su larva impura el insecto en el cáliz de las flores. Si en esta confusión honda y sombría es, Señor, todavía raudal de vida tu palabra santa, dí a nuestra fe desalentada, incierta: -¡Anímate y despierta! como dijiste a Lázaro: -¡Levanta!
ProblemaGaspar Nunez Arce Ciego, ¿es la tierra el centro de las almas? Quiero, dejando hipótesis a un lado, una duda exponer, y es la siguiente: -¿Por qué cruza la tierra el inocente, de espinas o de sombras coronado? ¿Por qué feliz y próspero, el malvado alza orgulloso la atrevida frente? ¿Por qué Dios, que es el bien, mira y consiente el eterno dominio del pecado? ¿Por qué, desde Caín, la humana raza, sometida al dolor, con sangre traza la historia de sus luchas giganteas? Y si es ficción la gloria prometida, si aquí empieza y acaba nuestra vida, ¿por qué, implacable Dios, por qué nos creas?
MiserereGaspar Nunez Arce Es de noche: el monasterio que alzó Felipe Segundo para admiración del mundo y ostentación de su imperio, yace envuelto en el misterio y en las tinieblas sumido. De nuestro poder, ya hundido, último resto glorioso, parece que está el coloso al pie del monte, rendido. El viento del Guadarrama deja sus antros oscuros, y estrellándose en los muros del templo, se agita y brama. Fugaz y ro****a llama surca el ancho firmamento, y a veces, como un lamento, resuena el lúgubre son con que llama a la oración la campana del convento. La iglesia, triste y sombría, en honda calma reposa, tan helada y silenciosa como una tumba vacía. Colgada lámpara envía su incierta luz a lo lejos, y a sus trémulos reflejos llegan, huyen, se levantan esas mil sombras que espantan a los niños y a los viejos. De pronto, claro y distinto la regia cripta conmueve ruido extraño, que aunque leve, llena el mortuorio recinto. Es que el César Carlos Quinto, con mano firme y segura entreabre su sepultura, y haciendo una horrible mueca, su faz carcomida y seca asoma por la hendidura. Golpea su descarnada frente con tenaz empeño, como quien sale de un sueño sin acordarse de nada. Recorre con su mirada aquel lugar solitario, alza el mármol funerario, y arrebatado y resuelto salta del sepulcro, envuelto en su andrajoso sudario. -¡Hola! -grita en son de guerra con aquella voz concisa, que oyó en el siglo, sumisa y amedrentada la tierra. -¡Volcad la losa que os cierra! Vástagos de imperial rama, varones que honrais la fama, antiguas y excelsas glorias, de vuestras urnas mortuorias salid, que el César os llama. Contestando a estos conjuros, un clamor confuso y hondo parece brotar del fondo de aquellos mármoles duros. Surgen vapores impuros de los sepulcros ya abiertos: la serie de reyes muertos después a salir empieza, y es de notar la tristeza, el gesto despavorido de los que han envilecido la corona en su cabeza. Grave, solemne, pausado, se alza Felipe Segundo, en su lucha con el mundo vencido, mas no domado. Su hijo se despierta al lado, y detrás del rey devoto, aquel que humillado y roto vio desmoronarse a España, cual granítica montaña, a impulsos del terremoto. Luego el monarca enfermizo, de infausta y negra memoria, en cuya Edad, nuestra gloria como nieve se deshizo. Bajo el poder de su hechizo se estremece todavía. ¡Ay qué terrible armonía, qué oscuro enlace se nota entre aquel mísero idiota y su exhausta monarquía! Con terrífica sorpresa y en silencioso concierto todos los reyes que han muerto van saliendo de su huesa. La ya apagada pavesa cobra los vitales bríos y se aglomeran sombríos aquellos yertos despojos, aquellas cuencas sin ojos, aquellos cráneos vacíos. De los monarcas en pos, respondiendo al llamamiento, cual si llegara el momento del santo juicio de Dios, acuden de dos en dos por claustros y corredores, príncipes, grandes señores, prelados, frailes, guerreros, favoritos, consejeros, teólogos e inquisidores. ¡Qué es mirar como serpea por su semblante amarillo el fosforescente brillo que la podredumbre crea! ¡Qué espíritu no flaquea con mil terrores secretos, viendo aquellos esqueletos, que ante el César, que los nombra, se deslizan por la sombra mudos, absortos, inquietos! ¡Cuántas altas potestades, cuántas grandezas pasadas, cuántas invictas espadas, cuántas firmes voluntades en aquellas soledades muestran sus restos livianos! ¡Cuántos cráneos soberanos, que el genio habitara en vida, convertidos en guarida de miserables gusanos! Desde el triste panteón en que se agolpa y hacina, hacia el templo se encamina la fúnebre procesión. Marcha con pausado son tras del rey que la congrega, y cuando a la iglesia llega, inunda la altiva nave un resplandor tibio y suave, que ni deslumbra ni ciega. Guardando el regio decoro, como en los siglos pasados, reyes, príncipes, prelados toman asiento en el coro. Después en tropel sonoro por el templo se derrama, rindiendo culto a la fama con que llena las historias, aquel haz de muertas glorias, que el César convoca y llama. Por mandato soberano de Carlos, que el cetro ostenta llega al órgano y se sienta un viejo esqueleto humano. La seca y huesosa mano en el gran teclado imprime, y la música sublime que a inmensos raudales brota, parece que en cada nota reza y llora, canta y gime. Uniendo al acorde santo su voz, los muertos despojos caen ante el ara de hinojos y a Dios elevan su canto. Honda expresión del quebranto, aquel eco de la tumba crece, se dilata, zumba, y al paso que va creciendo resuena con el estruendo de un mundo que se derrumba:
Fuimos las ondas de un río caudaloso y desbordado. Hoy la fuente se ha secado, hoy el cauce está vacío. Ya ¡oh Dios! nuestro poderío se extingue, se apaga y muere. ¡Miserere! ¡Maldito, maldito sea aquel portentoso invento que dió vida al pensamiento y alas de luz a la idea! El verbo animado ondea y como el rayo nos hiere. ¡Miserere!
¡Maldito el hilo fecundo que a los pueblos eslabona, y busca, y cuenta, y pregona las pulsaciones del mundo! Ya en el silencio profundo ninguna injusticia muere. ¡Miserere! Ya no vive cada raza en solitario destierro, ya con vínculo de hierro la humana especie se enlaza. Ya el aislamiento rechaza, ya la libertad prefiere. ¡Miserere! Rígido y brutal azote con desacordado empuje sobre las espaldas cruje del rey y del sacerdote. Ya nada existe que embote el golpe ¡oh Dios! que nos hiere. ¡Miserere! Mas ¡ay! que en su audacia loca, también el orgullo humano pone en los cielos su mano y a ti, Señor, te provoca. Mientras blasfeme su boca, ni paz ni ventura espere. ¡Miserere! No en la tormenta enemiga: no en el insondable abismo: el mundo lleva en sí mismo el rayo que le castiga. Sin compasión ni fatiga hoy nos mata; pero muere. ¡Miserere! Grande y caudaloso río, que corres precipitado ve que el nuestro se ha secado y tiene el cauce vacío. ¡No prevalezca el impío, ni la iniquidad prospere! ¡Miserere! Súbito, con sordo ruido cruje el órgano y estalla, la luz se amortigua, y calla el concurso dolorido. Al disiparse el sonido del grave y solemne canto llega a su colmo el espanto de las mudas calaveras, y de sus órbitas hueras desciende abundoso llanto. A medida que decrece la luz misteriosa y vaga, todo murmullo se apaga y el cuadro se desvanece. Con el alba que aparece el cortejo se evapora, y mientras la blanca aurora esparce su lumbre escasa, a lo lejos silba y pasa la rauda locomotora.