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    Introduccion

    Tuesday, May 13, 2008, 05:57 AM EST [ Gaspar Nunez Arce]

     
     
     
    Introduccion
    Gaspar  Nunez Arce

    ¡Los tiempos son de 
    lucha! ¿Quién concibe
    el ocio muelle en nuestra edad inquieta?

    En medio de la lid canta el poeta,
    el tribuno perora, el sabio escribe.

    Nadie el golpe que da ni el que recibe
    siente, a medida que el peligro aprieta;
    desplómase vencido el fuerte atleta
    y otro al recio combate se apercibe.

    La ciega multitud se precipita,
    invade el campo, avanza alborotada
    con el sordo rumor de la marea.

    Y son en el furor que nos agita,
    trueno y rayo la voz; el arte, espada;
    la ciencia, ariete; tempestad la idea.
     
     
     
     
     
     
     
     
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    Idilio

    Tuesday, May 13, 2008, 05:54 AM EST [ Gaspar Nunez Arce]

     
     
     
    Idilio
    Fragmento
    Gaspar Nunez Arce

    XXXI

    Desde el alba hasta el término del día
    ya nadie nos veía
    vagar sin rumbo en fraternal concierto.
    Ya no andábamos juntos, ni ya unidos
    buscábamos los nidos,
    en los frondosos árboles del huerto.

    XXXII

    Ya no me acompañaba, y yo, alterado,
    pasaba por su lado,
    tranquilo en la apariencia y satisfecho.
    Era oponer la indiferencia al dolo;
    mas al quedarme solo
    se me saltaba el corazón del pecho.

    XXXIII

    Entonces ¡ay de mí! pensando en ella
    dirigía mi huella
    hacia las ruinas del feudal castillo,
    que sobre estéril y ondulada mota
    alza su frente rota
    sin almenas, sin puente ni rastrillo.

    XXXIV

    Elévase fantástica y disforme
    aquella mole enorme
    que muestra de los siglos el estrago:
    crece en las hendiduras de la piedra
    la trepadora hiedra
    y al pie del muro el triste jaramago.

    XXXV

    Solo las bulliciosas golondrinas
    turban de aquellas ruinas
    la paz solemne con sesgado vuelo,
    y alguna alondra al ascender inquieta
    símbolo del poeta,
    que cuando canta se remonta al cielo.

    XXXVI

    En muda calma y soledad medrosa
    parece que reposa
    aquel gigante por la edad rendido.
    Hasta un arroyo que a sus plantas corre,
    y la vetusta torre
    proyecta en su cristal, pasa sin ruido.

    XXXVII

    Para vencer mi insoportable tedio,
    y hallar algún remedio
    a mis ansias prolijas y secretas,
    con brazo vigoroso y pie seguro
    subía por el muro,
    buscando apoyo en sus profundas grietas.

    XXXVIII

    Ágil, robusto, dueño de mí mismo,
    al través del abismo
    alzábame hasta el fin, no sin trabajo,
    para ver en confusa perspectiva
    la inmensidad arriba,
    y la tristeza del silencio abajo.

    XXXIX

    Las aves que en la torre se acogían
    al acercarme huían,
    y solo con mis penas en la altura,
    de codos en el ancho parapeto,
    miraba con respeto
    el cielo azul y la feraz llanura.

    XL

    ¡Cuántas veces mi espíritu errabundo
    apartado del mundo
    en aquel torreón del homenaje,
    con íntima y tenaz melancolía
    se engolfaba y hundía
    en la infinita calma del paisaje!

    XLI

    Ni aislada roca, ni escarpado monte
    del diáfano horizonte
    el indeciso término cortaban:
    por todas partes se extendía el llano
    hasta el confín lejano
    en que el cielo y la tierra se abrazaban.

    XLII

    ¡Oh tierra en que nací noble y sencilla!
    ¡Oh campos de Castilla
    donde corrió mi infancia! ¡Aire sereno!
    ¡Fecundadora luz! ¡Pobre cultivo!...
    ¡Con qué placer tan vivo
    se espaciaba mi vista en vuestro seno!

    XLIII

    Cual dilatado mar, la mies dorada
    a trechos esmaltada
    de ya escasas y mustias amapolas,
    cediendo al soplo halagador del viento
    acompasado y lento,
    a los rayos del sol mueve sus olas.

    XLIV

    Cuadrilla de atezados segadores,
    sufriendo los rigores
    del sol canicular, el trigo abate,
    que cae agavillado en los inciertos
    surcos como los muertos
    en el revuelto campo de combate.

    XLV

    Corta y cambia de pronto la campiña
    alguna hojosa viña
    que en las umbrías y laderas crece,
    y entre las ondas de la mies madura,
    cual isla de verdura,
    con sus varios matices resplandece.

    XLVI

    Serpean y se enlazan por los prados,
    barbechos y sembrados,
    los arroyos, las lindes y caminos,
    y donde apenas la mirada alcanza,
    cierran la lontananza
    espesos bosques de perennes pinos.

    XLVII

    Por angostos atajos y veredas,
    los carros de anchas ruedas
    pesadamente y sin cesar transitan,
    y sentados encima de los haces
    rapazas y rapaces
    con incansable ardor cantan o gritan.

    XLVIII

    Lleno de majestad y de reposo
    el Duero caudaloso
    al través de los campos se dilata:
    refleja en su corriente el sol de estío,
    y el sosegado río
    cinta parece de bruñida plata

    XLIX

    Ya oculta de improviso una alameda
    su marcha mansa y leda;
    ya le obstruye la presa de un molino,
    y como potro a quien el freno exalta,
    párase, el dique salta
    y sigue apresurado su camino.

    L

    En las tendidas vegas y en las lomas,
    cual nidos de palomas,
    se agrupan en desorden las aldeas,
    y en la atmósfera azul pura y tranquila
    ligeramente oscila
    el humo de las negras chimeneas.

    LI

    En las cercanas eras reina el gozo.
    Con íntimo alborozo
    contempla el dueño la creciente hacina,
    y mientras un zagal apura el jarro
    otro descarga el carro
    que bajo el peso de la mies rechina.

    LII

    Otro en el trillo de aguzadas puntas,
    que poderosas yuntas
    mueven en rueda, con afán trabaja,
    y cual premio debido a su fatiga
    desgránase la espiga,
    y salta rota la reseca paja.
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
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    Tristezas

    Tuesday, May 13, 2008, 05:47 AM EST [ Gaspar Nunez Arce]

     
     
     
    Tristezas
    Gaspar Nunez Arce

    Cuando recuerdo la piedad sincera
    con que en mi edad primera
    entraba en nuestra viejas catedrales,
    donde postrado ante la cruz de hinojos
    alzaba a Dios mis ojos
    soñando en las venturas celestiales;
    hoy que mi frente atónito golpeo,
    y con febril deseo
    busco los restos de mi fe perdida,
    por hallarla otra vez, radiante y bella
    como en la edad aquella,
    ¡desgraciado de mí! diera la vida.

    ¡Con qué profundo amor, niño inocente,
    prosternaba mi frente
    en las losas del templo sacrosanto!
    Llenábase mi joven fantasía
    de luz, de poesía,
    de mudo asombro, de terrible espanto.

    Aquellas altas bóvedas que al cielo
    levantaban mi anhelo;
    aquella majestad solemne y grave;
    aquel pausado canto, parecido
    a un doliente gemido,
    que retumbaba en la espaciosa nave;
    las marmóreas y austeras esculturas
    de antiguas sepulturas,
    aspiración del arte a lo infinito;
    la luz que por los vidrios de colores
    sus tibios resplandores
    quebraba en los pilares de granito;
    haces de donde en curva fugitiva
    para formar la ojiva
    cada ramal subiendo se separa,
    cual del rumor de multitud que ruega,
    cuando a los cielos llega,
    surge cada oración distinta y clara;
    en el gótico altar inmoble y fijo
    el santo Crucifijo,
    que extiende sin vigor sus brazos yertos,
    siempre en la sorda lucha, de la vida,
    tan áspera y reñida,
    para el dolor y la humildad abiertos;
    el místico clamor de la campana
    que sobre el alma humana
    de las caladas torres se despeña,
    y anuncia y lleva en sus aladas notas
    mil promesas ignotas
    al triste corazón que sufre o sueña;
    todo elevaba mi ánimo intranquilo
    a más sereno asilo:
    religión, arte, soledad, misterio.

    todo en el templo secular hacía
    vibrar el alma mía
    como vibran las cuerdas de un salterio.

    Y a esta voz interior que sólo entiende
    quien crédulo se enciende
    en fervoroso y celestial cariño,
    envuelta en sus flotantes vestiduras
    volaba a las alturas,
    virgen sin mancha, mi oración de niño.

    Su rauda, viva y luminosa huella
    como fugaz centella
    traspasaba el espacio, y ante el puro
    resplandor de sus alas de querube,
    rasgábase la nube
    que me ocultaba el inmortal seguro.
    ¡Oh anhelo de esta vida transitoria!

    ¡Oh perdurable gloria!
    ¡Oh sed inextinguible del deseo!
    ¡Oh cielo, que antes para mí tenías
    fulgores y armonías,
    y hoy tan oscuro y desolado veo!

    Ya no templas mis íntimos pesares,
    ya al pie de tus altares
    como en mis años de candor no acudo.

    Para llegar a ti perdí el camino,
    y errante peregrino
    entre tinieblas desespero y dudo.
    Voy espantado sin saber por dónde;
    grito, y nadie responde
    a mi angustiada voz; alzo los ojos
    y a penetrar la lobreguez no alcanzo;
    medrosamente avanzo,
    y me hieren el alma los abrojos.

    Hijo del siglo, en vano me resisto
    a su impiedad, ¡oh Cristo!
    Su grandeza satánica me oprime.

    Siglo de maravillas y de asombros,
    levanta sobre escombros
    un Dios sin esperanza, un Dios que gime,
    ¡y ese Dios no eres tú! No tu serena
    faz, de consuelos llena,
    alumbra y guía nuestro incierto paso.

    Es otro Dios incógnito y sombrío:
    su cielo es el vacío,
    sacerdote el Error, ley el Acaso.

    un siglo más inmenso,
    más rebelde a tu voz, más atrevido;
    entre nubes de fuego alza su frente,
    como Luzbel, potente;
    pero también como Luzbel, caído.

    A medida que marcha y que investiga,
    es mayor su fatiga,
    es su noche más honda y más oscura,
    y pasma, al ver lo que padece y sabe,
    cómo en su seno cabe
    tanta grandeza y tanta desventura.

    Como la nave sin timón y rota,
    que el ronco mar azota,
    incendia el rayo y la borrasca mece
    en piélago ignorado y proceloso,
    nuestro siglo-coloso
    con la luz que le abrasa, resplandece.

    ¡Y está la playa mística tan lejos!.

    a los tristes reflejos
    del sol poniente se colora y brilla.

    El huracán arrecia, el bajel arde,
    y es tarde, es ¡ay! muy tarde
    para alcanzar la sosegada orilla.

    ¿Qué es la ciencia sin fe? Corcel sin freno,
    a todo yugo ajeno,
    que al impulso del vértigo se entrega,
    y al través de intrincadas espesuras,
    desbocado y a oscuras
    avanza sin cesar y nunca llega.

    ¡Llegar! ¿Adónde?... El pensamiento humano
    en vano lucha; en vano
    su ley oculta y misteriosa infringe.

    En la lumbre del sol sus alas quema,
    y no aclara el problema,
    ni penetra el enigma de la Esfinge.

    ¡Sálvanos, Cristo, sálvanos, si es cierto
    que tu poder no ha muerto!
    Salva a esta sociedad desventurada,
    que bajo el peso de su orgullo mismo
    rueda al profundo abismo,
    acaso más enferma que culpada.

    La ciencia audaz, cuando de ti se aleja,
    en nuestras almas deja uno
    el germen de recónditos dolores,
    como al tender el vuelo hacia la altura,
    deja su larva impura
    el insecto en el cáliz de las flores.

    Si en esta confusión honda y sombría
    es, Señor, todavía
    raudal de vida tu palabra santa,
    dí a nuestra fe desalentada, incierta:

    -¡Anímate y despierta!
    como dijiste a Lázaro: -¡Levanta!
     
     
     
     
     
     
     
     
     
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    Problema

    Tuesday, May 13, 2008, 05:41 AM EST [ Gaspar Nunez Arce]

     
     
     
    Problema
    Gaspar Nunez Arce

    Ciego, ¿es la tierra el centro de las almas?

    Quiero, dejando hipótesis a un lado,
    una duda exponer, y es la siguiente:

    -¿Por qué cruza la tierra el inocente,
    de espinas o de sombras coronado?

    ¿Por qué feliz y próspero, el malvado
    alza orgulloso la atrevida frente?

    ¿Por qué Dios, que es el bien, mira y consiente
    el eterno dominio del pecado?

    ¿Por qué, desde Caín, la humana raza,
    sometida al dolor, con sangre traza
    la historia de sus luchas giganteas?

    Y si es ficción la gloria prometida,
    si aquí empieza y acaba nuestra vida,

    ¿por qué, implacable Dios, por qué nos creas?
     
     
     
     
     
     
     
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    Miserere

    Tuesday, May 13, 2008, 05:38 AM EST [ Gaspar Nunez Arce]

     
     
     
    Miserere
    Gaspar Nunez Arce

    Es de noche: el monasterio
    que alzó Felipe Segundo
    para admiración del mundo
    y ostentación de su imperio,
    yace envuelto en el misterio
    y en las tinieblas sumido.

    De nuestro poder, ya hundido,
    último resto glorioso,
    parece que está el coloso
    al pie del monte, rendido.

    El viento del Guadarrama
    deja sus antros oscuros,
    y estrellándose en los muros
    del templo, se agita y brama.

    Fugaz y ro****a llama
    surca el ancho firmamento,
    y a veces, como un lamento,
    resuena el lúgubre son
    con que llama a la oración
    la campana del convento.

    La iglesia, triste y sombría,
    en honda calma reposa,
    tan helada y silenciosa
    como una tumba vacía.

    Colgada lámpara envía
    su incierta luz a lo lejos,
    y a sus trémulos reflejos
    llegan, huyen, se levantan
    esas mil sombras que espantan
    a los niños y a los viejos.

    De pronto, claro y distinto
    la regia cripta conmueve
    ruido extraño, que aunque leve,
    llena el mortuorio recinto.

    Es que el César Carlos Quinto,
    con mano firme y segura
    entreabre su sepultura,
    y haciendo una horrible mueca,
    su faz carcomida y seca
    asoma por la hendidura.

    Golpea su descarnada
    frente con tenaz empeño,
    como quien sale de un sueño
    sin acordarse de nada.

    Recorre con su mirada
    aquel lugar solitario,
    alza el mármol funerario,
    y arrebatado y resuelto
    salta del sepulcro, envuelto
    en su andrajoso sudario.

    -¡Hola! -grita en son de guerra
    con aquella voz concisa,
    que oyó en el siglo, sumisa
    y amedrentada la tierra.

    -¡Volcad la losa que os cierra!
    Vástagos de imperial rama,
    varones que honrais la fama,
    antiguas y excelsas glorias,
    de vuestras urnas mortuorias
    salid, que el César os llama.

    Contestando a estos conjuros,
    un clamor confuso y hondo
    parece brotar del fondo
    de aquellos mármoles duros.

    Surgen vapores impuros
    de los sepulcros ya abiertos:
    la serie de reyes muertos
    después a salir empieza,
    y es de notar la tristeza,
    el gesto despavorido
    de los que han envilecido
    la corona en su cabeza.

    Grave, solemne, pausado,
    se alza Felipe Segundo,
    en su lucha con el mundo
    vencido, mas no domado.

    Su hijo se despierta al lado,
    y detrás del rey devoto,
    aquel que humillado y roto
    vio desmoronarse a España,
    cual granítica montaña,
    a impulsos del terremoto.

    Luego el monarca enfermizo,
    de infausta y negra memoria,
    en cuya Edad, nuestra gloria
    como nieve se deshizo.

    Bajo el poder de su hechizo
    se estremece todavía.

    ¡Ay qué terrible armonía,
    qué oscuro enlace se nota
    entre aquel mísero idiota
    y su exhausta monarquía!

    Con terrífica sorpresa
    y en silencioso concierto
    todos los reyes que han muerto
    van saliendo de su huesa.

    La ya apagada pavesa
    cobra los vitales bríos
    y se aglomeran sombríos
    aquellos yertos despojos,
    aquellas cuencas sin ojos,
    aquellos cráneos vacíos.

    De los monarcas en pos,
    respondiendo al llamamiento,
    cual si llegara el momento
    del santo juicio de Dios,
    acuden de dos en dos
    por claustros y corredores,
    príncipes, grandes señores,
    prelados, frailes, guerreros,
    favoritos, consejeros,
    teólogos e inquisidores.

    ¡Qué es mirar como serpea
    por su semblante amarillo
    el fosforescente brillo
    que la podredumbre crea!

    ¡Qué espíritu no flaquea
    con mil terrores secretos,
    viendo aquellos esqueletos,
    que ante el César, que los nombra,
    se deslizan por la sombra
    mudos, absortos, inquietos!

    ¡Cuántas altas potestades,
    cuántas grandezas pasadas, 
    cuántas invictas espadas,
    cuántas firmes voluntades
    en aquellas soledades
    muestran sus restos livianos!

    ¡Cuántos cráneos soberanos,
    que el genio habitara en vida,
    convertidos en guarida
    de miserables gusanos!

    Desde el triste panteón
    en que se agolpa y hacina,
    hacia el templo se encamina
    la fúnebre procesión.

    Marcha con pausado son
    tras del rey que la congrega,
    y cuando a la iglesia llega,
    inunda la altiva nave
    un resplandor tibio y suave,
    que ni deslumbra ni ciega.

    Guardando el regio decoro,
    como en los siglos pasados,
    reyes, príncipes, prelados
    toman asiento en el coro.

    Después en tropel sonoro
    por el templo se derrama,
    rindiendo culto a la fama
    con que llena las historias,
    aquel haz de muertas glorias,
    que el César convoca y llama.

    Por mandato soberano
    de Carlos, que el cetro ostenta
    llega al órgano y se sienta
    un viejo esqueleto humano.

    La seca y huesosa mano
    en el gran teclado imprime,
    y la música sublime
    que a inmensos raudales brota,
    parece que en cada nota
    reza y llora, canta y gime.

    Uniendo al acorde santo
    su voz, los muertos despojos
    caen ante el ara de hinojos
    y a Dios elevan su canto.

    Honda expresión del quebranto,
    aquel eco de la tumba
    crece, se dilata, zumba,
    y al paso que va creciendo
    resuena con el estruendo
    de un mundo que se derrumba:


    Fuimos las ondas de un río
    caudaloso y desbordado.
    Hoy la fuente se ha secado,
    hoy el cauce está vacío.

    Ya ¡oh Dios! nuestro poderío
    se extingue, se apaga y muere.

    ¡Miserere!
    ¡Maldito, maldito sea
    aquel portentoso invento
    que dió vida al pensamiento
    y alas de luz a la idea!

    El verbo animado ondea
    y como el rayo nos hiere.
    ¡Miserere!


    ¡Maldito el hilo fecundo
    que a los pueblos eslabona,
    y busca, y cuenta, y pregona
    las pulsaciones del mundo!

    Ya en el silencio profundo
    ninguna injusticia muere.

    ¡Miserere!
    Ya no vive cada raza
    en solitario destierro,
    ya con vínculo de hierro
    la humana especie se enlaza.

    Ya el aislamiento rechaza,
    ya la libertad prefiere.

    ¡Miserere!
    Rígido y brutal azote
    con desacordado empuje
    sobre las espaldas cruje
    del rey y del sacerdote.

    Ya nada existe que embote
    el golpe ¡oh Dios! que nos hiere.

    ¡Miserere!
    Mas ¡ay! que en su audacia loca,
    también el orgullo humano
    pone en los cielos su mano
    y a ti, Señor, te provoca.

    Mientras blasfeme su boca,
    ni paz ni ventura espere.

    ¡Miserere!
    No en la tormenta enemiga:
    no en el insondable abismo:
    el mundo lleva en sí mismo
    el rayo que le castiga.

    Sin compasión ni fatiga
    hoy nos mata; pero muere.

    ¡Miserere!
    Grande y caudaloso río,
    que corres precipitado
    ve que el nuestro se ha secado
    y tiene el cauce vacío.

    ¡No prevalezca el impío,
    ni la iniquidad prospere!

    ¡Miserere!
    Súbito, con sordo ruido
    cruje el órgano y estalla,
    la luz se amortigua, y calla
    el concurso dolorido.

    Al disiparse el sonido
    del grave y solemne canto
    llega a su colmo el espanto
    de las mudas calaveras,
    y de sus órbitas hueras
    desciende abundoso llanto.

    A medida que decrece
    la luz misteriosa y vaga,
    todo murmullo se apaga
    y el cuadro se desvanece.

    Con el alba que aparece
    el cortejo se evapora,
    y mientras la blanca aurora
    esparce su lumbre escasa,
    a lo lejos silba y pasa
    la rauda locomotora.
     
     
     
     
     
     
     
     
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