A la infiel más infiel de las hermosas un hombre la quería y yo la amaba; y ella a un tiempo a los dos nos encantaba con la miel de sus frases engañosas.
Mientras él, con sus flores venenosas, queriéndola, su aliento empozoñaba, yo de ella ante los pies, que idolatraba, acabadas de abrir echaba rosas.
De su favor ya en vano el aire arrecia; mintió a los dos, y sufrirá el castigo que uno le da por vil, y otro por necia.
No hallará paz con él, ni bien conmigo él, que sólo la quiso, la desprecia; yo, que tanto la amaba, la maldigo.
Se halla con su amante Rosa a solas en un jardín, y ya a su empresa amorosa iba tocando a su fin, cuando ella entre la arboleda trasluce el grupo encantado en que, en cisne transformado, ama Júpiter a Leda; y encendida de rubor, viendo el grupo repugnante, se alza, rechaza al amante, y exclama huyendo: ¡Qué horror! Corrida del mal ejemplo, entra a rezar en un templo; mas al ver Rosa el ardor con que el altar mayor una Virgen de Murillo besa a un niño encantador, volvió en su pecho sencillo la llama a arder del amor. ¿Será una ley natural, como afirma no sé quién, que por contraste fatal lleva un mal ejemplo al bien y un ejemplo bueno al mal?
Más dulces habéis de ser, si me volvéis a mirar, porque es malicia, a mi ver, siendo fuente de placer, causarme tanto pesar. De seso me tiene ajeno el que en suerte tan cruel sea ese mirar sereno sólo para mí veneno, siendo para otros miel.
Si crueles os mostrais, porque no queréis que os quiera, fieros por demas estais, pues si amándoos, me matais, si no os amara, muriera. Si amando os puedo ofender,
venganza podéis tomar, porque es fuerza os haga ver que o no os dejo de querer, o me acabáis de matar. Si es la venganza medida por mi amor, a tal rigor el alma siento rendida, porque es muy poco una vida para vengar tanto amor.
Porque con el igualdad guardar ningun otro puede; es tanta su intensidad, que pienso ay de mi! que excede vuestra misma crueldad. Son, por Dios, crudos azares que me dén vuestros desdenes ciento a ciento los pesares, pudiendo darme a millares, sin los pesares, los bienes! Y me es doblado tormento y el dolor más importuno, el ver que mostráis con en ser crudos para uno, siendo blandos para ciento.
Y es injusto por demas que tengáis, ojos serenos, a los que, de amor ajenos, os aman menos, en mas, y a mi que amo mas, en menos. Y es, a la par que mortal vuestro lánguido desde tan dulce... tan celestial!... que siempre reviste el mal con las lisonjas bien.
Oh, si vuestra luz querida para alivio de mi suerte fuese mi bella homicida! Quien no cambiara su vida por tan dulcísima muerte! Y sólo de angustias lleno me es más que todo crul;el, el que ese mirar sereno sea para mí veneno, siendo para todos miel.