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    Mentiras de la Existencia

    martes, noviembre 17, 2009, 06:57 EST [ Manuel Acuña.]

     
    Mentiras de la Existencia
    Dolora
    Manuel Acuna

     

     

    ¡Qué triste es vivir soñando
    en un mundo que no existe!

     

     

    Y qué triste
    ir viviendo y caminando,
    sin fe en nuestros delirios,
    de la razón con los ojos,
    que si hay en la vida lirios,
    son muchos más los abrojos.

     

     

    Nace el hombre, y al momento
    se lanza tras la esperanza,
    que no alcanza
    porque no se alcanza el viento;
    y corre, corre, y no mira
    al ir en pos de la gloria
    que es la gloria una mentira
    tan bella como ilusoria.

     

     

    ¡No ve al correr como loco
    tras la dicha y los amores,
    que son flores
    que duran poco, muy poco!

     

     

    ¡No ve cuando se entusiasma
    con la fortuna que anhela,
    que es la fortuna un fantasma
    que cuando se toca vuela!

     

     

    Y que la vida es un sueño
    del que, si al fin despertamos,
    encontramos
    el mayor placer pequeño;
    pues son tan fuertes los males
    de la existencia en la senda,
    que corren allí a raudales
    las lágrimas en ofrenda.

     

     

    Los goces nacen y mueren
    como puras azucenas,
    mas las penas
    viven siempre y siempre hieren;
    y cuando vuelva la calma
    con las ilusiones bellas,
    su lugar dentro del alma
    queda ocupado por ellas.

     

     

    Porque al volar los amores
    dejan una herida abierta
    que es la puerta
    por donde entran los dolores;
    sucediendo en la jornada
    de nuestra azarosa vida
    que es para el pesar "entrada"
    lo que para el bien "salida".

     

     

    Y todos sufren y lloran
    sin que una queja profieran,
    porque esperan
    hallar la ilusión que adoran!...

     

     

    Y no mira el hombre triste
    cuando tras la dicha corre,
    que sólo el dolor existe
    sin que haya bien que lo borre.

     

     

    No ve que es un fatuo fuego
    la pasión en que se abrasa,
    luz que pasa
    como relámpago, luego:
    y no ve que los deseos
    de su mente acalorada
    no son sino devaneos,
    no son más que sombra, nada.

     

     

    Que es el amor tan ligero
    cual la amistad que mancilla
    porque brilla
    sólo a la luz del dinero;
    y no ve cuando se lanza
    loco tras de su creencia,
    que son la fe y la esperanza,
    mentiras de la existencia.

     

     

     

     

     

     

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    Los Beodos

    martes, noviembre 17, 2009, 06:52 EST [ Manuel Acuña.]

     
    Los Beodos
    Manuel Acuna

     

     

     
     
    Junto a una pulquería
    cuyo título es "Los godos"
    disputaban dos beodos
    la tarde de cierto día.

     

     

    Yo pasaba por fuera
    de la taberna predicha,
    me detuve y por mi dicha
    oí la disputa entera.

     

     

    -Oiga, amigo, no me abroche
    tan horrenda tontería,
    yo le digo que es de día.

     

     

    -Pos yo digo que es de noche
    -Pos yo el sol es lo que miro
    y no hay estrella ninguna.

     

     

    -Pos yo digo que es la luna
    y muy grandota dialtiro.

     

     

    Es que asté ya se le escapa
    toditito don Perfeuto
    porque ya siente el efeuto
    del maldecido Tlamapa.

     

     

    -¡Qué Tlamapa, ni que nada!
    A mí el pulque no me aprieta,
    -Pos yo apuesto una peseta.
    -Pos yo apuesto mi frezada.

     

     

    -¿Pos con quién nos arreglamos?
    -Pos con cualesquiera, vale,
    -Bueno, pero no me jale.

     

     

    -Bueno, pus entonces vamos.
    Y entre diciendo y haciendo
    este par de tercos beodos,
    se salieron de "Los godos"
    casi, casi que cayendo.

     

     

    Y viendo pasar un coche
    al cochero se acercaron,
    y presto le preguntaron
    si era de día o de noche.

     

     

    Pero el salvaje cochero
    movió triste la cabeza
    y respondió con torpeza:
    señores: ¡soy forastero!

     

     

     

     

     

     

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    La ramera

    martes, noviembre 17, 2009, 06:48 EST [ Manuel Acuña.]

     
    La ramera
    A mi querido amigo Manuel Roa
    Manuel Acuna

     

     

     

    Humanidad pigmea,
    tú que proclamas la verdad y el Cristo,
    mintiendo caridad en cada idea;
    tú que, de orgullo el corazón beodo,
    por mirar a la altura
    te olvidas de que marchas sobre lodo;
    tú que diciendo hermano,
    escupes al gitano y al mendigo
    porque son un mendigo y un gitano.

     

     

     

    Ahí está esa mujer que gime y sufre
    con el dolor inmenso con que gimen
    los que cruzan sin fe por la existencia;
    escúpela también... ¡anda!... ¡no importa
    que tú hayas sido quien la hundió en el crimen
    que tú hayas sido quien mató su creencia!

     

     

    ¡Pobre mujer, que abandonada y sola
    sobre el oscuro y negro precipicio,
    en lugar de una mano que la salve
    siente una mano que la impele al vicio;
    y que al bajar en su redor los ojos
    y a través de las sombras que la ocultan
    no encuentra más que seres que la miran
    y que burlando su dolor la insultan...

     

     

    Antes era una flor... una azucena
    rica de galas y de esencias rica,
    llena de aromas y de encantos llena;
    era una flor hermosa
    que envidiaban las aves y las flores,
    y tan bella y tan pura
    como es pura la nieve del armiño,
    como es pura la flor de los amores,
    como es puro el corazón del niño.

     

     

    Las brisas le brindaban con sus besos,
    y con sus tibias perlas el rocío,
    y el bosque con sus álamos espesos,
    y con su arena y su corriente el río;
    y amada por las sombras en la noche,
    y amada por la luz en la mañana,
    vegetaba magnífica y lozana,
    tendiendo al aire su purpúreo broche;
    pero una vez el soplo del invierno
    en su furia maldita,
    pasó sobre ella y le arrancó sus hojas,
    pasó sobre ella y la dejó marchita;
    y al contemplar sin galas
    su cálice antes de perfumes lleno,
    la arrebató impaciente entre sus alas
    y fue a hundirla cadáver en el cieno.

     

     

    ¡Filósofo mentido!...
    ¡Apóstol miserable de una idea
    que tu cerebro vil no ha comprendido!

     

     

    Tú que la ves que gime y que solloza,
    y burlas su sollozo y su gemido...

     

     

    ¿Qué hiciste de aquel ángel
    que amoroso y sonriente
    formó de tu niñez el dulce encanto!

     

     

    ¿Qué hiciste de aquel ángel de otros días,
    que lloraba contigo si llorabas
    y gozaba contigo si reías...?

     

     

    ¡Te acuerdas!... Lo arrancaste de la nube
    donde flotaba vaporoso y bello,
    y arrojándola al hambre,
    sin ver su angustia ni su amor siquiera,
    le convertiste de camelia en lodo:
    le transformaste de ángel en ramera!

     

     

    ¡Maldito tú que pasas
    junto a las frescas rosas,
    y que sus galas sin piedad les quitas!

     

     

    ¡Maldito tú que sin piedad las hieres,
    y luego las insultas por marchitas!

     

     

    ¡Pobre mujer!... ¡Juguete miserable
    de su verdugo mismo!...

     

     

    Víctima condenada
    a vegetar sumida en un abismo
    más negro que el abismo de la nada
    y a no escuchar más eco en sus dolores,
    que el eco de la horrible carcajada
    con que el hombre le paga sus amores.

     

     

    ¡Pobre mujer, a la que el hombre niega
    el derecho sublime
    de llamar hijo a su hijo!
    ¡Pobre mujer que de rubor se cubre
    cuando escucha que le grita madre!
    Y que quiere besarle, y se detiene,
    porque sabe que un beso de sus besos
    se convierte en borrón donde lo imprime!

     

     

    Deja ya de llorar, pobre criatura,
    que si del mundo en la escabrosa senda,
    caminas entre fango y amargura,
    sin encontrar un ser que te comprenda,
    en el cielo los ángeles te miran,
    te compadecen, te aman,
    y lloran con el llanto lastimero
    que tus ojos bellísimos derraman.

     

     

    ¡Y que se burle el hombre, y que se ría!
    ¡Y que te llame harapo y te desprecie!
    Déjale tu reír, y que te insulte,
    Que ha de llegar el día
    en que la gota cristalina y pura
    se desprenda del lodo
    para elevarse nube hasta la altura.

     

     

    Y entonces en lugar de un anatema,
    en lugar de un desprecio,
    escucharás al Cristo del Calvario,
    que añadiendo tu pena
    a tus lágrimas tristes en abono
    te dirá como ha tiempo a Magdalena:
    Levántate, mujer, yo te perdono.

     

     

     

     

     

     

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    La Felicidad

    martes, noviembre 17, 2009, 06:44 EST [ Manuel Acuña.]

     
    La Felicidad
    Manuel Acuna

     

     

     
     
    Un cielo azul de estrellas
    brillando en la inmensidad;
    un pájaro enamorado
    cantando en el florestal;
    por ambiente los aromas
    del jardín y el azahar;
    junto a nosotros el agua
    brotando del manantial
    nuestros corazones cerca,
    nuestros labios mucho más,
    tú levantándote al cielo
    y yo siguiéndote allá,
    ese es el amor mi vida,
    ¡Esa es la felicidad!...

     

     

    Cruza con las mismas alas
    los mundos de lo ideal;
    apurar todos los goces,
    y todo el bien apurar;
    de lo sueños y la dicha
    volver a la realidad,
    despertando entre las flores
    de un césped primaveral;
    los dos mirándonos mucho,
    los dos besándonos más,
    ese es el amor, mi vida,
    ¡Esa es la felicidad...!

     

     

     

     

     

     

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    La Brisa

    martes, noviembre 17, 2009, 06:40 EST [ Manuel Acuña.]

     
    La Brisa
    Imitacion
    A mi querido amigo
     J.C. Fernandez
    Manuel Acuna

     

     

     

    Aliento de la mañana
    que vas robando en tu vuelo
    la esencia pura y temprana
    que la violeta lozana
    despide en vapor al cielo.

     

     

    Dime, soplo de la aurora,
    brisa inconstante y ligera,
    ¿vas por ventura a esta hora
    al valle que te enamora
    y que gimiendo te espera?

     

     

    ¿O vas acaso a los nidos
    de los jilgueros cantores
    que en la espesura escondidos
    te aguardan medio adormidos
    sobre sus lechos de flores?

     

     

    ¿O vas anunciando acaso,
    sopla del alba naciente,
    al murmurar de tu paso,
    que el muerto sol del ocaso
    se alza un niño en Oriente?

     

     

    Recoge tus leves alas,
    brisa pura del Estío,
    que los perfumes que exhalas
    vas robando entre las galas
    de las violetas del río.

     

     

    Detén tu fugaz carrera
    sobre las risueñas flores
    de la loma y la pradera,
    y ve a despertar ligera
    al ángel de mis amores.

     

     

    Y dile, brisa aromada,
    con tu murmullo sonoro,
    que ella es mi ilusión dorada,
    y que en mi pecho grabada
    como a mi vida la adoro.

     

     

     

     

     

     

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