La Página de escuchotucorazon
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domingo, noviembre 8, 2009, 11:53 EST
[ Vicente huidobro.]
Altazor
Vicente Huidobro
Prefacio
Nací a los treinta y tres años,
el día de la muerte de Cristo;
nací en el Equinoccio,
bajo las hortensias
y los aeroplanos del
calor.
Tenía yo un profundo
mirar de pichón, de túnel y de
automóvil sentimental.
Lanzaba suspiros de acróbata.
Mi padre era ciego y sus manos
eran más admirables que la noche.
Amo la noche,
sombrero de todos los días.
La noche, la noche del día,
del día al día siguiente.
Mi madre hablaba como la aurora
y como los dirigibles que van a
caer.
Tenía cabellos color de bandera
y ojos llenos de navíos
lejanos. Una tarde,
cogí mi paracaídas y dije:
"Entre una estrella
y dos golondrinas."
He aquí la muerte
que se acerca como la tierra
al globo que cae.
Mi madre bordaba lágrimas
desiertas en los
primeros arcoiris.
Y ahora mi paracaídas cae
de sueño en sueño por
los espacios de la muerte.
El primer día encontré un pájaro
desconocido que me dijo:
"Si yo fuese dromedario no tendría sed.
¿Qué hora es?"
Bebió las gotas de rocío
de mis cabellos,
me lanzó
tres miradas y media
y se alejó diciendo:
"Adiós"
con su pañuelo
soberbio.
Hacia las dos aquel día,
encontré un precioso aeroplano,
lleno de escamas y caracoles.
Buscaba un rincón del cielo donde
guarecerse de la lluvia.
Allá lejos,
todos los barcos anclados,
en la tinta de la aurora.
De pronto,
comenzaron a desprenderse,
uno a uno,
arrastrando como pabellón
jirones de aurora
incontestable.
Junto con marcharse los últimos,
la aurora
desapareció tras algunas olas
desmesuradamente infladas.
Entonces
oí hablar al Creador, sin nombre,
que es un simple hueco en el
vacío, hermoso, como un ombligo.
"Hice un gran ruido y este ruido
formó el océano y las olas del océano."
Este ruido irá siempre
pegado a las olas del mar
y las olas del mar irán
siempre pegadas
a él,
como los sellos en
las tarjetas postales.
"Después tejí un largo
bramante de rayos luminosos
para coser los días uno a uno;
los días que tienen un oriente legítimo
y reconstituido, pero
indiscutible."
"Después tracé la geografía
de la tierra y las líneas de la mano."
"Después bebí un poco de cognac
a causa de la hidrografía."
"Después creé la boca
y los labios de la boca,
para aprisionar
las sonrisas equívocas
y los dientes de la boca,
para vigilar las
groserías que nos vienen a la boca."
"Creé la lengua de la boca
que los hombres desviaron de su rol,
haciéndola aprender a hablar...
a ella, ella, la bella nadadora,
desviada para siempre de su rol acuático
y puramente acariciador."
Mi paracaídas empezó a caer
vertiginosamente.
Tal es la fuerza de
atracción de la muerte y
del sepulcro abierto.
Podéis creerlo, la
tumba tiene más poder
que los ojos de la amada.
La tumba abierta
con todos sus imanes.
Y esto te lo digo a ti,
a ti que cuando
sonríes haces pensar en el
comienzo del mundo.
Mi paracaídas se
enredó en una estrella
apagada que seguía su órbita
concienzudamente,
como si ignorara la inutilidad
de sus esfuerzos.
Y aprovechando este reposo bien ganado,
comencé a llenar con
profundos pensamientos
las casillas de mi tablero:
"Los verdaderos poemas son incendios.
La poesía se propaga por
todas partes,
iluminando sus consumaciones
con estremecimientos de
placer o de agonía."
"Se debe escribir en una
lengua que no sea materna."
"Los cuatro puntos cardinales
son tres: el sur y el norte."
"Un poema es una cosa que será."
"Un poema es una cosa que nunca es,
pero que debiera ser."
"Un poema es una cosa que nunca ha sido,
que nunca podrá ser."
"Huye del sublime externo,
si no quieres morir aplastado
por el
viento."
"Si yo no hiciera al menos
una locura por año,
me volvería loco."
Tomo mi paracaídas,
y del borde de mi estrella
en marcha me lanzo a
la atmósfera del último suspiro.
Ruedo interminablemente sobre las
rocas de los sueños,
ruedo entre las nubes de la muerte.
Encuentro
a la Virgen sentada en una rosa,
y me dice:
"Mira mis manos: son transparentes
como las bombillas eléctricas.
¿Ves los filamentos de donde corre
la sangre de mi luz intacta?"
"Mira mi aureola.
Tiene algunas saltaduras,
lo que prueba mi
ancianidad."
"Soy la Virgen,
la Virgen sin mancha de tinta humana,
la única que
no lo sea a medias,
y soy la capitana de las otras
once mil que
estaban en
verdad demasiado restauradas."
"Hablo una lengua que llena
los corazones según la ley de las
nubes comunicantes."
"Digo siempre adiós, y me quedo."
"Ámame, hijo mío,
pues adoro tu poesía
y te enseñaré proezas
aéreas."
"Tengo tanta necesidad de ternura,
besa mis cabellos, los he
lavado esta mañana en las nubes del alba
y ahora quiero dormirme
sobre el colchón de la neblina intermitente."
"Mis miradas son un alambre
en el horizonte para el descanso de
las golondrinas."
"Ámame."
Me puse de rodillas en el espacio circular
y la Virgen se elevó y
vino a sentarse en mi paracaídas.
Me dormí y recité entonces mis
más hermosos poemas.
Las llamas de mi poesía
secaron los cabellos
de la Virgen,
que me dijo gracias y se alejó,
sentada sobre su
rosa blanda.
Y heme aquí, solo,
como el pequeño huérfano
de los naufragios
anónimos.
Ah, qué hermoso...,
qué hermoso.
Veo las montañas, los ríos, las selvas,
el mar, los barcos, las
flores y los caracoles.
Veo la noche y el día y el eje
en que se juntan.
Ah, ah, soy Altazor,
el gran poeta,
sin caballo que coma alpiste,
ni caliente su garganta
con claro de luna,
sino con mi pequeño
paracaídas como un quitasol
sobre los planetas.
De cada gota del sudor de mi frente
hice nacer astros, que os dejo
la tarea de bautizar
como a botellas de vino.
Lo veo todo,
tengo mi cerebro forjado
en lenguas de profeta.
La montaña es el suspiro de Dios,
ascendiendo en termómetro
hinchado hasta tocar los pies de la amada.
Aquél que todo lo ha visto,
que conoce todos los secretos sin ser
Walt Whitman,
pues jamás he tenido
una barba blanca como las
bellas enfermeras
y los arroyos helados.
Aquél que oye durante la noche
los martillos de los monederos
falsos, que son
solamente astrónomos activos.
Aquél que bebe el
vaso caliente de la sabiduría
después del diluvio obedeciendo a
las palomas y que conoce la ruta de la fatiga,
la estela hirviente
que dejan los barcos.
Aquél que conoce los almacenes de recuerdos
y de bellas estaciones olvidadas.
Él, el pastor de aeroplanos, el
conductor de las noches extraviadas
y de los ponientes amaestrados
hacia los polos únicos.
Su queja es semejante a una red parpadeante
de aerolitos sin testigo.
El día se levanta en su corazón
y él bajalos párpados
para hacer la noche del reposo agrícola.
Lava sus
manos en la mirada de Dios,
y peina su cabellera como la luz y la
cosecha de esas flacas espigas de la lluvia satisfecha.
Los gritos se alejan como un rebaño
sobre las lomas cuando las
estrellas duermen después
de una noche de trabajo continuo.
El hermoso cazador frente al bebedero
celeste para los pájaros sin
corazón.
Sé triste tal cual las gacelas
ante el infinito y los
meteoros,
tal cual los desiertos sin mirajes.
Hasta la llegada de
una boca hinchada de besos
para la vendimia del destierro.
Sé triste, pues ella
te espera en un rincón de este año que pasa.
Está quizá al extremo de tu canción próxima
y será bella como la
cascada en libertad
y rica como la línea ecuatorial.
Sé triste, más triste que la rosa,
la bella jaula de nuestras
miradas
y de las abejas sin experiencia.
La vida es un viaje en paracaídas
y no lo que tú quieres creer.
Vamos cayendo, cayendo
de nuestro cenit a nuestro nadir
y dejamos
el aire manchado de sangre
para que se envenenen
los que vengan
mañana a respirarlo.
Adentro de ti mismo,
fuera de ti mismo,
caerás del cenit al nadir
porque ése es tu destino,
tu miserable destino.
Y mientras de más
alto caigas, más alto será el rebote,
más larga tu duración en la
memoria de la piedra.
Hemos saltado del vientre
de nuestra madre o
del borde de una estrella
y vamos cayendo.
Ah mi paracaídas, la única rosa perfumada
de la atmósfera, la rosa
de la muerte, despeñada entre
los astros de la muerte.
¿Habéis oído?
Ese es el ruido siniestro
de los pechos cerrados.
Abre la puerta de tu alma y sal
a respirar al lado afuera.
Puedes
abrir con un suspiro la puerta
que haya cerrado el huracán.
Hombre,
he ahí tu paracaídas maravilloso
como el vértigo.
Poeta, he ahí tu paracaídas,
maravilloso como el imán del abismo.
Mago,
he ahí tu paracaídas que una
palabra tuya puede convertir en
un parasubidas maravilloso como
el relámpago que quisiera cegar al
creador.
¿Qué esperas?
Mas he ahí el secreto del Tenebroso
que olvidó sonreír.
Y el paracaídas aguarda amarrado
a la puerta como el caballo de la
fuga interminable.
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