La mujer es hermosa, el amor nace espontaneo, es como el fuego que atrae a la polilla. El aire es el del aula cuando vuelvo de la muerte, ha de ser el año 1965 y ella es mi maestra. Aprovecho todo momento para contemplarla, por eso conozco la felicidad cuando me ponen en el primer pupitre. Ahora contemplo su belleza, semeja la mujer flotando en una isla solitaria, sus brazos amorosos llamándome, en medio de la inmensidad del mar, en el recuerdo de mi primer ensueño.
La estoy contemplando arrobado cuando alza su vista, no conozco esa mirada, hay un brillo acerado en ella. "¿Y tu que miras?". Ella se levanta de su mesa y su mano deja una huella roja en mi cara. No lloro. NO entiendo. Entonces algo pasa, quizas la megafonia recita la plegaria de despedida de las clases, pero no oigo nada. Turbación. El desconcierto y el miedo vienen conmigo mientras bajo las escaleras. Las preguntas empiezan a nacer y ni sé como llego al vestíbulo, pero me turbo al ver a mi madre esperándome. Ella dice: "Tienes la cara roja, te han pegado". no digo nada, balbuceo, mientras pienso que ha de haber una respuesta. Me coge de la mano y me lleva donde la directora, desafiante como una leona. NO sé si oigo que ella no está pagando un disparate en una escuela privada como para que le peguen a su hijo. Hablan en catalán y mi madre nunca me habla en catalán. No entiendo nada.
Yo ahora sé que no debo mirarla y la mañana transcurre entre letanias y dibujos de letras. Ahora es ahora cuando me llama al estrado y me dice que ponga la mano. No entiendo porque la golpea con la regla. Entonces ella pregunta: "¿Te he pegado?". Yo digo: "Sí". La mujer a la que amo y que ahora se que no puedo mirar a los ojos dice: "Pon la mano". El golpe es furioso, duele tanto como su persistente pregunta: "¿Te he pegado?". No entiendo nada, no lloro, no entiendo nada, yo digo: "Sí". No recuerdo las veces que extiendo la mano, no recuerdo el número de golpes, entonces veo dentro de ella la respuesta que espera y mi voz tiembla, arrasada en lágrimas, al decir: "No".
"¿Estas seguro?". "Sí". El último golpe llega con su voz: "Pués esto es para que andes llorándole a tu madre".
No entiendo nada. No oigo nada. Ahora soy mudo. No tengo voz.
Ahora es ahora, no hay fotos mias de aquella época, me dicen que los niños de Biafra parecian orondos a la vera mía. Veo su asco. LO entiendo. Le agradezco a mi tercer o quinto amor el arrojarme a recorrer las recien descubiertas alcantarillas del nuevo barrio que nacía en L'Hospitalet, las lejanas bovilas, el campo de los gitanos, aquel aerolito surcando los cielos, invisible a tantos, aquellas exploraciones en compañía del Negro o aquellos ojos maravillados al descubrir un río más allá de las prohibidas vias del tren, o las cuevas excavadas en la tierra roja donde los amigos de mi abuela recogian los fardos de comida cuando lo de los estraperlo.
Ahora lo veo y me preguntó: ¿Qué no habrá aún por descubrir?-
Dios es Misericordioso.

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