La tristeza tiene raices tan profundas como la misma muerte o el recuerdo del regreso o los laberintos sin fin o el cadaver de un ave enorme suspendido de un tendido eléctrico o la desesperanza.
La sonrisa de un bebe en el Eroski congela mi rostro conteniendo las lágrimas, mientras le devuelvo la secreta sonrisa, la mueca burlona de una niña pagada de sí misma colándose descaradamente en la cola del supermercado antes de la llegada de su madre con un carro enorme me llama la atención, cuento mis productos y me sobran 3 cervezas para pasar a la caja rápida ahí al lado (la caja de 12 birras cuenta como uno), la madre de la niña tiene la mirada dura y desafiante, el padre anda innortado 20 metros más allá. Parece habersele concedido una masturbacion esta misma mañana, la niña parece medio mensa, rie como boba, piensa que soy ingles. "Equal rights and justice" clama en el desierto mi camiseta. La mujer está cansada, se sienta en la cinta de la vacia caja vecina, me mira. Su lentitud y el haberse colado me permiten contemplar la belleza de una mujer en la caja rápida, es una contemplacion triste. Hay un silencio en esta tristeza infinita. El dolor de percibir queda en un segundo plano, el Parásito lleva demasiado tiempo balbuciendo. Mi atencion es una esponja triste. El Parásito deja llegar la imagen del suicidio fácil e indoloro. Lo contemplo con tristeza, por un fugaz instante veo las inenarrables formas de su hacer. La imagen se diluye.
Me sacudo la tristeza, la sacude la belleza de los inenarrables paisajes de la llanura fluvial de Vélez-Málaga mientras conduzco, las formas de las montañas lejanas, las colinas suaves como el cuerpo de mi amada escondida ahora, los árboles, el mero aire del crepúsculo. Luego se deposita de nuevo sobre mí, como polvo. No como el polvo de las alas de una polilla que solo sueña morir en esa llama.

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