el compañero de baile
CAPÍTULO I
UN DÍA DE ENERO
El escueto hilo del primer rayo de sol que anunciaba la calma tras la tormenta, atravesaba sin pudor la ventana de aquella casa en San Miguel de Tucumán llena de recuerdos. Pero no eran los recuerdos cargados de influencias peronistas propios de la época en que mandaron al general al exilio, eran las vivencias de una niña que bailaba con su mente bajo el epíteto de aquel rayo en otro hogar, en otra casa, la casa donde nació; la casa que dejó su abuela a su madre para que ella hiciera sus acometidas infantiles en su departamento natal de Las Cejas. Aferrándose a su delgado y luminoso compañero de baile, Cristina se dejó envolver por su luz como si fuera el largo tentáculo de una hidra a punto de clavarle su veneno ácido y paralizante. Su cuerpo se apagaba bajo ese detractor amarillento sin importarle la declinación que experimentaba su organismo. En su baile frenético, los sudores empapaban sus ropas indicándole el terrible esfuerzo que suponía para ella aumentar sus pulsaciones al máximo. Pero eso no importaba, lo único que merecía la pena era bailar y bailar y bailar...
Como un puente hacia el más allá, el ya ínfimo rayo de sol del medio día, transportó a Cristina hacia aquella humilde casita de madera en la que vivió hasta la edad de siete años para luego marcharse al Tucumán argentino. En aquel recinto rural compuesto por un dormitorio y un comedor, la pequeña revivió el momento en que sus dos hermanos y hermana, improvisaban un escenario en el que ella era la diva y sus hermanos los músicos de ese mundo musical y etéreo. Como la belleza del la flor del ceibo, altanera y curvilínea en su naturaleza, así era Cristina con su vestuario de escenario. Se ponía flores en el pelo y se hacía una original falda propia del más moderno diseñador. En ese momento todo cambiaba, ya era una profesional, una danzarina innata...De repente...
-Papá...-Cristina susurró con miedo contenido esas dos sílabas intimidatorias. Sus ojos se abrieron y su mente se situó de nuevo en aquel hogar al que se desplazaron por que su hermano mayor tenía que cursar sus estudios de secundaria. Escuchó atentamente en el silencio con las gotas de sudor aún cayéndole por la frente. En un corto instante en que dejó de respirar para no alterar el denso ambiente que se iba creando a su alrededor, suspiró con alivio al agudizar el oído y comprobar que sólo era el sonido de la radio, un aparato donde se contaban miles de cuentos para ella todavía inexplicables. Estas historias aún no insertadas en su mundo de danzarina, anunciaban un cambio inminente en Argentina. Atrapadas por el arte de una magia que aún no conocía, oía las voces cascadas saliendo de ese misterioso aparato rumoreando la vuelta inminente de un tal Perón en ese mismo año de 1964. Otros cuentos narrados por algunos duendes escondidos para el ojo y no para el oído, hablaban que un famoso revolucionario llamado Che Guevara hizo un discurso revelador e impactante en la O.N.U.. Otras voces situaban la muerte de un dictador alemán en Argentina y no en Berlín...Otras... Pero todas estas historias ni siquiera eran cuentos para la mente de una niña de ocho años, sólo eran ecos vacíos en un lugar lleno de enfermedades y creencias sobrenaturales en un Dios salvador y todopoderoso.
Sin dejar de bailar, Cristina, daba vueltas y vueltas aferrándose a ese ligero atisbo de luz que entraba a través del cristal. Un trocito de esperanza y a la vez de fragilidad, pues su cuerpo, igual que aquel rayo, se debilitaba por momentos.
En un esfuerzo titánico por seguir el compás acelerado de seis por ocho que la tarantela imponía a sus ejecutantes, la mente de Cristina volvió a su departamento de origen situándose en un acto que hicieron en la escuela. Ella estaba en primer grado, pero el acto estaba reservado para los niños más grandes. Visualizó las ropas ondulantes de las otras niñas, sus colores, la sencillez del corte propio de los años sesenta. Ella no iba vestida adecuadamente para la ocasión, pero en su arrojo, se subió al escenario y bailó con los otros chicos como si le fuese la vida en ello. De pronto...otro sonido la arrastró de nuevo a la ciudad de Tucumán. Éste sonido fue más intenso, más cercano, como un chasquido seguido de un terrible olor...El olor a humo de tabaco...
-¡Papá!.-Dijo en voz alta algo alterada aún por el ejercicio de la tarantela. Miró a su alrededor comprobando que estaba sola, que sólo el rumor de la radio se escuchaba en la habitación contigua al salón donde estaba. No se oían pisadas que anunciasen la llegada de su madre, pues sus hermanos estaban en otros rincones de la casa ocupados en sus cosas de adolescentes. Se temió lo peor. Quizás era cierto que esa vez venía su padre como acostumbraba a aparecer, impregnado de ese olor a alcohol barato que desprendía el vino que consumía de manera indiscriminada en el trabajo. En sus oídos y en su corazón se materializaban los gritos de su madre y sus habituales excusas cargadas de temor y resignación:
-¡No, ahora no, tengo que trabajar!.
-¡Y a mi qué me importa, vamos ya a la cama!.-Gritaba su padre ebrio de impaciencia.
-¡Ya no son unos niños, nos van a ver y se van a dar cuenta!.-Clamaba su madre repetidamente en la cabeza de Cristina.
-¡He dicho que vamos!.
Cristina cerró los ojos y contrajo sus músculos cada vez más doloridos. Pero esta vez era su mente la que hacía una incisión de dolor a su cuerpo. El leve recordatorio de los innumerables insultos, algunos desconocidos por la niña, que su padre Roque inculcaba a su madre cuando ella se negaba a darle sus favores, le producía la grave enfermedad del alma; el sufrimiento.
Abrió de nuevo los ojos escuchando el chasquido de la ropa cuando se rompe, pero para su sorpresa, vio a su madre perfectamente vestida, como si aquellas vivencias que se arraigaban a diario en su corazón infantil, no hubiesen pasado nunca su mano destructiva por el estilizado cuerpo de su progenitora. Hortensia, la mamá, provista del don de cantar como la cantante Lolita Torres, se movía de forma ondulante hacia su hija mientras ésta miraba su elegante atuendo de estilo clásico. Sin embargo, su madre siempre mantenía esa indefensión en sus ojos desplomando la tristeza que provoca la invasión de la integridad de una mujer.
-¿Y papá?.-Preguntó Cristina a su madre.
Con el rostro enjuto y contraído, Hortensia contestó con tono aliviado:
-Aún no ha venido de trabajar en Las Cejas.
-Pero va a venir hoy, ¿no?. Siempre viene los sábados por la tarde.-Preguntó, creyendo que sus habituales vivencias y sus recuerdos formaban parte de un mismo territorio inexpugnable.
-Si, pero ya sabes que viene de trabajar en el ferrocarril un poco más tarde de las siete, aún faltan algunas horas.
Cristina bajó la vista moviendo sus pies a un ritmo algo más lento. Su corto vestido apenas le llegaba a las rodillas y este detalle descubría sus labrados muslos aún a medio pulir por el baile.
-Es que...-Musitó la pequeña sintiendo como si en su propia piel se marcasen las ocultas cicatrices que tenían las ropas de su madre y que ésta, debido a su habilidad con la costura, disimulaba con el hilo como si nunca su esposo las hubiera provocado.
-Es tu padre y tienes que quererle por eso.-Exclamó Hortensia tajante.
-¡Te maltrata!.
-No debes reparar en eso, es un hombre y ellos son así.
-¿Y tendré un marido igual cuando me case mami?.
-Deja de preocuparte por eso que eres todavía muy chiquita para tener esposo. Anda, ya ha dejado de llover, ¡vaya mes de Enero que tenemos este año!. -Hortensia le acarició la frente.-¡Pero si estás empapada de sudor y te acabo de bañar!...
-¡He bailado en la casa de la abuela!...-Sonreía Cristina dando el poder de la eternidad a este recuerdo.
-Ya sabes que tenemos que acostumbrarnos a vivir aquí en Tucumán, tenéis que estudiar y en Las Cejas no podéis seguir vuestros estudios. Tu hermano Pocho está estudiando la secundaria. Él será un hombre muy trabajador, aunque tiene todavía quince años, nos da lo que puede cuando le sale algún trabajo y me ayuda también en la casa. No se parece en nada a tu padre...-le hablaba Hortensia mientras le ponía bien la falda del vestido que ella misma le había cosido. La tenía levantada y se le veían las braquitas.
-Es un sitio menos tranquilo.-Siguió diciendo su madre-pero has hecho nuevos amigos, como ese vecinito que juega contigo.
-Si, Lito.
-Bueno, ahora me tengo que ir a trabajar a la sastrería. Ya son casi las cuatro, volveré sobre las ocho.
-¿Haciendo más ropa de la que haces aquí en casa?.
-Si, hija, tenemos que comer y trabajar para los sastres, es lo que nos está dando para que podamos ir viviendo todos los días pues tu padre...-Hortensia bajó la vista.- Se lo gasta casi todo en sus vicios...
Cuando acabó de decir esta dura frase, entraron sus dos hijos Roque y Rafael y su hija Mirta. Sus ademanes adolescentes les daban cierto aire de medio adultos. Medio adultos responsables y amorosos conscientes de que debían proteger a su hermana pequeña a toda costa. Cristina siempre sería la consentida de todos ellos, pues su viveza y agilidad eran altamente contagiosas. Estas cualidades eran como un torrente de optimismo y fuerza ante las sacudidas emocionales de sus padres. La complicidad que había entre los cuatro hermanos les hacían partícipes de ciertos secretos no aptos para adultos. Secretos en los que Cristina chantajeaba con sus mimos a sus hermanos haciéndoles guardar silencio a cerca de los mismos. El beber la mamadera de leche a escondidas en la hora del recreo o el hecho de salir, pese a la prohibición de sus padres, a la vereda cerca de su casa y montarse en la bicicleta de papá acompañando a sus amigos, eran algunas de sus correrías...
-¡Chicos!.-Clamó Hortensia ante esa improvisada conciencia colectiva creada por sus hijos.-¡Escuchad!. Tengo que irme a trabajar, acabo de bañar a vuestra hermana y le he puesto un vestido limpio. ¿Está bien?. Ustedes son mayores y entenderán lo que les digo.
Mirta arqueó su rostro blanquecino mientras se alisaba su pelo rubio y susurró a su madre:
-Pero mami, ella no entiende nada cuando se lo decimos...
Hortensia no hizo caso del comentario de su hija mayor y se fue de la casa pensando que ya se le hacía tarde. Viendo que su madre se iba, Cristina no perdió un segundo y se desprendió del cuidado de sus hermanos con la habilidad que hace la práctica. Antes de irse a la calle, reflexionó en la idea de que no quería defraudar a su progenitora, pues entendía perfectamente lo que le decían, así que se fue a la habitación contigua y se cambió su vestido rosa por el sucio que le quitó su madre. Después de ponerse el vestido del mismo color que el llevaba su hermana pero de diferente corte, la pequeña niña salió a la puerta y llamó al vecino de la casa de en frente para jugar en los anchos ríos que la lluvia había formado en la calle. Al salir a la misma, sus pestañas largas y rizadas se entornaron al sentir tanto sol en sus ojos. Había dejado de llover y la limpieza que había en el ambiente, era presentida por aquellos que se atrevían a pasear por las callejuelas inundadas. Presumida por que se iba a encontrar con un chico, se atusó su pelo castaño afianzando sus ondulaciones y salió al exterior con su peinado corto como recién salida de un cuento de hadas. La luz dorada que caía del cielo límpido, envolvía su cuerpo como si fuera el puente divino a través del cual se manifiesta la inocencia del espíritu. Era una sensación de plenitud, pero a la vez de contracción y encurvamiento, pues esa influencia interior le estaba indicando que se preparase para un letal cambio.
Esquivando los grandes charcos formados por la lluvia, se aproximó como un felino hacia su presa de juegos, su amigo, su infante posesión masculina:
-¡Lito!.
El niño de ojos verdes que venía a su encuentro dócilmente como si estuviera abducido por una aparición celestial, se acercó a Cristina con su habitual vergüenza. Era el más pequeño de sus hermanos y se dejaba mandar por su amiga como si fuera una víctima más de sus encantos.
-¡Hola Cristina!.
-¡Vamos a jugar con los barquitos en el agua!.-La pequeña cogió una serie de papeles que había desperdigados en la calle y les dio una forma desigual e inconcreta, como si las mini embarcaciones hubieran pasado por varios desguaces juntos.
Lito indeciso, comentó a Cristina:
-Pero si jugamos me voy a mojar.
-Entonces empuja los barquitos con más fuerza, así no te meterás en el agua...¿Ves?, se quedan a mitad del camino.
-Está bien.-Habló sumiso.
-Umm...-Cristina no se convenció de la fuerza de su amigo- Yo te los alcanzo.
Entrando en el aquella pileta de natación que formaba el agua en la calle, la pequeña impulsó sus juguetes en el charco invitando a Lito a que hiciera lo mismo. Tranquilamente, el niño hizo lo que le dijo su vecina durante un buen rato. Luego y después de jugar casi toda la tarde, éste se cansó y se fue a su casa diciendo:
-Ya jugamos mucho, yo me voy.
Después de ver alejarse a su vecino, Cristina se sumergió en las aguas de la improvisada piscina una y otra vez y salió de la misma diciendo:
-Voy a cambiarme de vestido, así cuando venga mami me verá limpita.
La pequeña entró corriendo en la casa directa al cuarto. Una vez se hubo quitado la ropa manchada por el agua sucia de los charcos, se puso de nuevo el vestido rosa y sentó en una de las sillas del salón. Acto seguido, su madre llegó a la casa cargada con un presente para su hija pensando en lo mucho que le gustaba que le trajera alguna cosa. Para su sorpresa, se encontró a Cristina desparramada en una de las sillas del salón muy decaída. Hortensia se temió lo peor, la epidemia de la polio había arrasado todo Tucumán haciendo que muchos niños muriesen debido a esta enfermedad. Pero no podía ser, no otra desgracia más añadida a sus continuas penurias conyugales.
-¿Cómo está mi nenita?. Te traje algunas frutas que te gustan mucho.
Cristina miró la suave superficie de los duraznos sin deseo y exclamó abatida:
-¡No tengo ganas!.
-¡Qué raro!. Siempre te gusta que te traiga algo...
-Es que me siento mal.
-¿Irás a engripar?.
-No sé, pero me siento sin fuerzas...
Hortensia inclinó su cabeza con desdén intentando no pensar en lo peor:
-Me han dicho que estuviste jugando en el agua sucia, pero veo que te cambiaste luego.-Sonrió levemente con satisfacción.
-Si, ¡pero jugué sólo un ratito!.
En ese instante entraron sus hermanos Pocho, Rafael y Mirta. Pocho, el hermano mayor, comentó con mucho esfuerzo al ver a su hermana tan recatada y sin fuerzas. Sus quince años de edad, le daban un aire de una acuciante responsabilidad adulta:
-¡Mamá, un montón, no un ratito!.
Cristina miró incisivamente a su hermano arqueando sus pestañas rizadas. Ese sentimiento de haberse sentido traicionada se esfumó en cuanto su cuerpo comenzó a tomar el mando de su vida:
-Mami...-Susurró con esfuerzo-Me siento muy mal...
Hortensia truncó las suaves facciones de su rostro dirigiéndose a sus otros hijos:
-Estoy todo el día fuera de casa trabajando, os dejo a cargo de vuestra hermana y ¿qué me encuentro?. Por vuestra culpa se va a poner enferma.
-Es que ella es demasiado para nosotros.-Comentó Mirta.
-Si, es demasiado, una nenita de ocho años para tres adolescentes...
Hortensia miró a su hija alimentando la esperanza de que el cansancio por fin había hecho mella en el carácter inquieto de Cristina. Premiando esta suposición, se dirigió de nuevo a la pequeña:
-¿Te gustaría ir al cine con tus hermanos?.
Cristina despejó el semblante exclamando:
-¡Bueno!.
-Niños, vayan al cine y lleven a su hermanita, a ella le gusta salir a pasear. La harán sentir mejor.
Los hermanos de Cristina no estaban muy convencidos de llevarla, pues supusieron una vez más que su estado medio melancólico era una estratagema para conseguir los consentimientos de su madre. La niña habló de nuevo de manera mimosa, como si rompiese a llorar:
-¿Me querrán llevar?.
Hortensia notó la indecisión de sus hijos mayores ante sus órdenes y estalló en severidad exclamando:
-¡Los cuatro me entienden muy bien. Cuídenla mucho que ella es la más chiquita!.
Saliendo rápidamente ante el mandato de su progenitora, se fueron los cuatro paseando por la calle de tierra en la que estaba su casa. El cine no se encontraba muy lejos, así que anduvieron a paso lento observando el desagüe que se formaba cuando llovía en el barrio. Tardaron poco en sortear la laguna que indicaba que su destino estaba a pocos minutos. Aún sin dejar de pasear por la calle José Hernández, los cuatro se deleitaron en mirar las casas elegantes de estilo colonial que colindaban con su nuevo y humilde hogar. Supusieron que toda esa gente adinerada impactaba suavemente con la pequeña casita de madera en la que vivían los seis miembros de la familia. Una casita que no desentonaba en decoración con los otros hogares que sí lo hacían con la modernización acelerada de algunas zonas más alejadas de la ciudad. Cristina entonces, dejó de imitar a sus hermanos relentizando su paso, a la vez que dejaba de escuchar los silbidos de su hermano apagando sus ecos. Pocho se fue hacia ella y la levantó una vez. La luz del atardecer ya se iba retirando y de nuevo reapareció el luminoso compañero de baile de la pequeña alumbrando su cuerpo desfallecido.
-Trata de andar hermana.-Bramó Pocho.
Su hermano la levantó una segunda vez notando que el cuerpo de Cristina se hacía más y más pesado. Al mismo tiempo que Pocho la incorporaba, la niña volvía a sentir esa calidez en toda su piel haciéndola estremecer de plenitud.
-¡Sois muy pesada, ya te he levantado bastante!.-Siguió comentando dejando por fin de silbar.
La tercera vez en que fue levantada, la pequeña pudo distinguir entornando sus ojos, que una sutil invención de espuma nacarada iba tomando una singular forma. Era como un tenue brazo que la impulsaba a seguir a delante con su tacto. Empujaba su espalda con su energía, luego reforzaba sus piernas, sus brazos, pero en lo que más hacía énfasis era en impulsar su mente. Quedándose con esta sensación, robó ese instante de fuerza acaparándolo con su cerebro y encerrándolo allí como si fuera una joya guardada en el más impenetrable de los cofres. Comprendió definitivamente que tenía que cobrar vida, que debía avanzar en la existencia atándose a su compañero, tenía que seguir siendo ella misma...
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