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    LA VIDA NO TIENE SENTIDO:VAMOS Y VENIMOS NOS PASAMOS LA VIDA LUCHANDO,SUFRIENDO,COMPITIENDO POR SER O TENER MAS. UNOS MUEREN, DE HAMBRE, OTROS REBOSAN RIQUEZAS...AL FINAL,Y MAS PRONTO QUE TARDE,TODO TERMINA.NO LE DES MAS VUELTAS A LA VIDA NO TIENE SENTIDO  satisfied / satisfecho
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    LA CARA DURA DEL AMOR Solo mira mi cara Mira fijo a la oscuridad Toca mi negro corazón Como si hubiese algo hay Que triste por ti En mi trampa caíste Y no puedes salir Que pena por ti Por que yo No paro jamás de reír Que pena que antes No te perdí Si por la vida te extravíe Es por que no puedo dejar de correr Amor siniestro Amor malvado Que pena Siempre tomo mis viejos atajos Que será… Lo que me convirtió En una fría Maquina del amor Que será… Lo que me transmuto De un tonto En tu cruel y dulce adicción Que paso… Con los versos del verano Donde quedo… Toda mi ardiente pasión No importa por que yo Solo en tus sueños hoy existo…
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    Tú y yo somos Como dos pollitos juntitos ¿Los has visto? Fuera del amparo de su mama Perdidos… Con frió Buscando abrigo Buscando calorcito Su tierno plumaje aun como lana Estamos temblando Nos buscamos Y nos apretamos Así, bien pegaditos ¡Pió! ¡Pió! Yo… Muy listo... Tratando de meterme bajo una de tus alas Tú te enfadas… Y me picoteas la cara ¡QUE MALA! Me aparto un poco Mi mente tramando Y piando y piando Para ganarme tú lastima… La brisa esta bien fría Nos estamos congelando Nuevamente nos acercamos Y nos apretujamos Y así no la pasamos Empujándonos Tu estas buscando Calentar tu cabecita en mi pecho ¡YO NO TE DEJO! Que rencoroso... Es que… Aun me arden los picotazos Que me distes en el rostro Humm … como toda buena mujer Con cariñitos me tratas de convencer Y con tu piquito Me empiezas a esculcar el ombliguito ¡AY! ¡QUE RICO! ¡OK, OK, TE ABRIGARE! Amor de pollitos Pollitos mañositos Es lo que somos tú y yo Buscando el amparo Buscando el abrigo De nuestro amor ... de pollitos
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    Pensamiento:
    Dos Cadáveres Enfrente de esos dos muertos delante de un pedir perdón con la cara de la miseria las uñas enterradas en la carne propia y un sol creando los gusanos de castigo. Yo maté a esos dos, les soplé por sobre un monte. de donde siempre los vigilaba. Mas soy homicida y no ladrón, es por eso que quizás debiera gritar o siquiera balbucear el perdón (los ladrones deben exigirlo). Ya sus huesos se dejan notar; en uno quiere aparecer el musgo, los ojos están desinflados quizás por el calor. ¿Podrá ser el espanto? No puedo enterrarlos. se defienden como los gatos cuando los llevan a alguna oscura caja, las garras son las costillas y la fiereza mi temor. Enfrente de esos dos cadáveres, que se van a empolvar solos, solos, sin tierra que los ayude. Y ahora me voy, con los dientes hechos arena de tanto apretar, pensando: Yo maté a mi madre y a mi padre; ¿es válido pedir perdón? Fernando Nachón XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX Pacto de Sangre Cuentos de Mario Benedetti A esta altura ya nadie me nombra por mi nombre: Octavio. Todos me llaman abuelo. Incluida mi propia hija. Cuando uno tiene, como yo, ochenta y cuatro años, qué más puede pedir. No pido nada. Fui y sigo siendo orgulloso. Sin embargo, hace ya algunos años que me he acostumbrado a estar en la mecedora o en la cama. No hablo. Los demás creen que no puedo hablar, incluso el médico lo cree. Pero yo puedo hablar. Hablo por la noche, monologo, naturalmente que en voz muy baja, para que no me oigan. Hablo nada más que para asegurarme de que puedo. Total, ¿para qué? Afortunadamente, puedo ir al baño por mí mismo, sin ayuda. Esos siete pasos que me separan del lavabo o del inodoro, aún puedo darlos. Ducharme no. Eso no podría hacerlo sin ayuda, pero para mi higiene general viene una vez por semana (me gustaría que fuese más frecuente, pero al parecer sale muy caro) el enfermero y me baña en la cama. No lo hace mal. Lo dejo hacer, qué más remedio. Es más cómodo y además tiene una técnica excelente. Cuando al final me pasa una toalla húmeda y fría por los testículos, siento que eso me hace bien, salvo en pleno invierno. Me hace bien, aunque, claro, ya nadie puede resucitar al muerto. A veces, cuando voy al baño, miro en el espejo mis vergüenzas y nunca mejor aplicado el término. Mis vergüenzas. Unas barbas de chivo, eso son. Pero confieso que la toalla fría del enfermero hace que me sienta mejor. Es lo más parecido al «baño vital» que me recomendó un naturista hace unos sesenta años. Era (él, no yo) un viejito, flaco y totalmente canoso, con una mirada pálida pero sabihonda y una voz neutra y sin embargo afable. Me hizo sentar frente a él, me dio un vistazo que no duró más de un minuto, y de inmediato empezó a escribir a máquina, una vieja Remington que parecía un tranvía. Era mi ficha de nuevo paciente. A medida que escribía, iba diciendo el texto en voz alta, probablemente para comprobar si yo pretendía refutarlo. Era increíble. Todo lo que iba diciendo era rigurosamente cierto. Dos veces sarampión, una vez rubéola y otra escarlatina, difteria, tifus, de niño hizo mucha gimnasia, menos mal porque si no hoy tendría problemas respiratorios; várices prematuras, hernia inguinal reabsorbida, buena dentadura, etcétera. Hasta ese día no me había dado cuenta de que era poseedor de tantas taras juntas. Pero gracias a aquel tipo y sus consejos, de a poco fui mejorando. Lo malo vino después, con años y más años. Años. No hay naturista ni matasanos que te los quite. Ahora que debo quedarme todo el tiempo quieto y callado (quieto, por obligación; callado, por vocación), mi diversión es recorrer mi vida, buscar y rebuscar algún detalle que creía olvidado y sin embargo estaba oculto en algún recoveco de la memoria. Con mis ojos casi siempre llorosos (no de llanto sino de vejez) veo y recorro las palmas de mis manos. Ya no conservan el recuerdo táctil de las mujeres que acaricié, pero en la mente sí las tengo, puedo recorrer sus cuerpos como quien pasa una película y detener la cámara a mi gusto para fijarme en un cuello (¿será el de Ana?) que siempre me conmovió, en unos pechos (¿serán los de Luisa?) que durante un año entero me hicieron creer en Dios, en una cintura (¿será la de Carmen?) que reclamaba mis brazos que entonces eran fuertes, en cierto pubis de musgo rubio al que yo llamaba mi vellocino de oro (¿será el de Ema?) que aparecía tanto en mis ensueños (matorral de lujuria) como en mis pesadillas (suerte de Moloch que me tragaba para siempre). Es curioso, a menudo me acuerdo de partículas de cuerpo y no de los rostros o los nombres. Sin embargo, otras veces recuerdo un nombre y no tengo idea de a qué cuerpo correspondía. ¿Dónde estarán esas mujeres? ¿Seguirán vivas? ¿Las llamarán abuelas, sólo abuelas, y no habrá nadie que las llame por sus nombres? La vejez nos sumerge en una suerte de anonimato. En España dicen, o decían, los diarios: murió un anciano de sesenta años. Los cretinos. ¿Qué categoría reservan entonces para nosotros, octogenarios pecadores? ¿Escombros? ¿Ruinas? ¿Esperpentos? Cuando yo tenía sesenta era cualquier cosa menos un anciano. En la playa jugaba a la paleta con los amigos de mis hijos y les ganaba cómodamente. En la cama, si la interlocutora cumplía dignamente su parte en el diálogo corporal, yo cumplía cabalmente con la mía. En el trabajo no diré que era el primero pero sí que integraba el pelotón. Supe divertirme, eso sí, sin agraviar a Teresa. He ahí un nombre que recuerdo junto a su cuerpo. Claro que es el de mi mujer. Estuvimos tantas veces juntos, en el dolor pero sobre todo en el placer. Ella, mientras pudo, supo cómo hacerlo. Puede ser que se imaginara que yo tenía mis cosas por ahí, pero jamás me hizo una escena de celos, esas porquerías que corroen la convivencia. Como contrapartida, cuidé siempre de no agraviarla, de no avergonzarla, de no dejarla en ridículo (primera obligación de un buen marido), porque eso sí es algo que no se perdona. La quise bien, claro que con un amor distinto. Era de alguna manera mi complemento, y también el colchón de mis broncas. Suficiente. Le hice tres varones y una hembra. Suficiente. El ataque de asma que se la llevó fue el prólogo de mi infarto. Sesenta y ocho tenía, y yo setenta. O sea que hace catorce años. No son tantos. Ahí empezó mi marea baja. Y sigue. ¿Con quién voy a hablar? Me consta que para mi hija y para mi yerno soy un peso muerto. No diré que no me quieren, pero tal vez sea de la manera como se puede querer a un mueble de anticuario o a un reloj de cuco o (en estos tiempos) a un horno de misar. No digo que eso sea injusto. Sólo quiero que me dejen pensar. Viene mi hija por la mañana temprano y no me dice qué tal papá sino qué tal abuelo, como si no proviniera de mi prehistórico espermatozoide. Viene mi yerno al mediodía y dice qué tal abuelo. En él no es una errata sino una muestra de afecto, que aprecio como corresponde, ya que él procede de otro espermatozoide, italiano tal vez puesto que se llama Aldo Cagnoli. Qué bien, me acordé del nombre completo. A una y a otro les respondo siempre con una sonrisa, un cabeceo conformista y una mirada, lacrimosa como de costumbre, pero inteligente. Esto me lo estoy diciendo a mí mismo, de modo que no es vanidad ni presunción ni coquetería senil, algo que hoy se lleva mucho. Digo inteligente, sencillamente porque es así. También tengo la impresión de que ellos agradecen al Señor de que yo no pueda hablar (eso se creen). Imagino que se imaginan: cuánta cháchara de viejo nos estamos ahorrando. Y sin embargo, bien que se lo pierden. Porque sé que podría narrarles cosas interesantes, recuerdos que son historia. Qué saben ellos de las dos guerras mundiales, de los primeros Ford a bigote, de los olímpicos de Colombes, de la muerte de Batlle y Ordóñez, de la despedida a Rodó cuando se fue a Italia, de los festejos cuando el Centenario. Como esto lo converso sólo conmigo, no tengo por qué respetar el orden cronológico, menos mal. Qué saben, ¿eh? Sólo una noticia, o una nota al pie de página, o una mención en la perorata de un político. Nada más. Pero el ambiente, la gente en las calles, la tristeza o el regocijo en los rostros, el sol o la lluvia sobre las multitudes, el techo de paraguas en la Plaza Cagancha cuando Uruguay le ganó tres a dos a Italia en las semifinales de Amsterdam y el relato del partido no venía como ahora por satélite sino por telegramas (Carga uruguaya; Italia cede córner; los italianos presionan sobre la valla defendida por Mazali; Scarone tira desviado, etc.) Nada saben y se lo pierden. Cuando mi hija viene y me dice qué tal abuelo, yo debería decirle te acordás de cuando venías a llorar en mis rodillas porque el hijo del vecino te había dicho che negrita y vos creías que era un insulto ya que te sabías blanca, y yo te explicaba que el hijo del vecino te decía eso porque tenías el pelo oscuro, pero que además, de haber sido negrita, eso no habría significado nada vergonzoso porque los negros, salvo en su piel, son iguales a nosotros y pueden ser tan buenos o tan malos como los blanquísimos. Y vos dejabas de llorar en mis rodillas (los pantalones quedaban mojados, pero yo te decía no te preocupes, m'hijita, las lágrimas no manchan) y salías de nuevo a jugar con los otros niños y al hijo del vecino lo sumías en un desconcierto vitalicio cuando le decías, con todo el desprecio de tus siete años: che blanquito. Podría recordarte eso, pero para qué. Tal vez dirías, ay abuelo, con qué pavadas me venís ahora, a lo mejor no lo decías, pero no quiero arriesgarme a ese bochorno. No son pavadas, Teresita (te llamas como tu madre, se ve que la imaginación no nos sobraba), yo te enseñé algunas cosas y tu madre también. Pero por qué cuando hablás de ella decías, entonces vivía mamá, y a mí en cambio me preguntás qué tal, abuelo. A lo mejor, si me hubiera muerto antes que ella, hoy dirías, cuando vivía papá. La cosa es que, para bien o para mal, papá vive, no habla pero piensa, no habla pero siente. El único que con todo derecho me dice abuelo es, por supuesto, mi nieto, que se llama Octavio como yo (al parecer, tampoco a mi hija y a mi yerno les sobraba imaginación). Ahí está la clave. Cuando le digo Octavio. Le digo. Porque con mi nieto es con el único ser humano con el que hablo, además de conmigo mismo, claro. Esto empezó hace un año, cuando Octavio tenía siete. Una vez yo estaba con los ojos cerrados y, creyéndome solo, dije en voz no muy alta pero audible, ****, me duele el riñón. Pero no estaba solo. Sin que yo lo advirtiera había entrado mi nieto. Pero abuelo, estás hablando, dijo con un asombro alegre que me conmovió. Le pregunté si había alguien en la casa y como dijo que no, que no había nadie, le propuse un convenio. Por un lado él mantenía el secreto de que yo podía hablar, y por otro, yo le contaría cuentos que nadie sabía. Está bien, dijo, pero tenemos que sellarlo con sangre. Salió y volvió casi enseguida con una hoja de afeitar, un frasco de alcohol y un paquete de algodón. Se las arregla muy bien y además conoce esos trámites desde que le dieron toda una serie de inyecciones con una vacuna contra la alergia. Con toda tranquilidad me hizo un tajito minúsculo y él se hizo otro, ambos en las muñecas, suficientes como para que salieran unas gotas de sangre, luego juntamos nuestras heridas mínimas y nos abrazamos. Octavio humedeció el algodón con un poco de alcohol, lo apoyó en ambas señales secretas hasta que no salió más sangre y salió corriendo a dejar todo su instrumental en el botiquín. Desde entonces, y siempre que quedamos solos en casa, algo que ocurre con frecuencia, él viene a que, en cumplimiento del pacto, le cuente cuentos desconocidos, inéditos. Cuando salen mi hija y mi yerno, le dicen a ver si cuidás al abuelo, y él responde que sí, con un gestito de fastidio para disimular, pero enseguida me hace un guiño cómplice, y no bien se escucha el portazo que garantiza nuestra intimidad, trae una silla, la coloca junto a mi mecedora o a mi cama y se queda a la espera de mis cuentos, que, como exigencia irrenunciable de nuestro pacto de sangre, deben ser totalmente nuevos. Y ahí viene mi problema, porque buena parte del día me la paso con los ojos cerrados, como si durmiera, pero en realidad pergeñando el próximo cuento y cuidando hasta los mínimos detalles, ya que si en un cuento anterior el zorro se había lastimado una pata en una trampa y ahora anda corriendo en busca de gallinas, Octavio de inmediato me hace notar que aún no tuvo tiempo de curarse y entonces debo improvisar una fe de erratas oral y donde dije corre debe decir renquea. Y si el viejo brujo de la montaña se había quedado calvo por el esfuerzo de azotar diariamente a los gnomos del bosque y en un cuento posterior se peinaba mirándose en la laguna, Octavio enseguida observa, pero cómo, ¿no era calvo? Y ahí puedo salir un poco mejor del atolladero, ya que el brujo, por el mero hecho de ser brujo, puede, mediante un ensalmo, recuperar el pelo. Y el nieto pregunta si se da el caso que él quede pelado, también podrá recuperar el pelo. Vos no, lo desengaño, porque no sos ni serás brujo. Y él dice qué lástima y tiene un poco de razón, porque si yo hubiera sido brujo también me habría hecho crecer el pelo que perdí sin remedio antes de los cincuenta. No soy yo el único que narra, también él me cuenta lo que ocurre en el colegio, en la calle, en la televisión, en el estadio. Es hincha de Danubio y se asombra de que yo sea de Wanderers. Trato de hacer proselitismo, pero evidentemente no hay nadie capaz de convertirlo en tránsfuga. Entonces le cuento viejos partidos o jugadas célebres, como cuando Piendibeni le hizo el célebre gol al divino Zamora, o cuando el manco Castro usaba con alevosía su muñón en el área penal, o cuando el flaco García mantuvo invicta su valla (claro que los backs eran nada menos que Nazassi y Domingos da Guía) durante una rueda y media, o cuando Ghiggia hizo el gol de la victoria en Maracaná, o cuando o cuando o cuando, y él me escucha como a un oráculo y yo pienso qué suerte todavía puedo hablar para crear este asombro suyo y este placer mío. La verdad es que no recuerdo cómo eran mis hijos cuando tenían la edad que hoy tiene Octavio. El mayor murió. ¿Cuánto hace que murió Simón? Fue después de lo de Teresa. Al fin y al cabo ¿qué importa la fecha? Murió y se acabó. No tuvo hijos, creo, ¿o los habré olvidado? Nunca estoy seguro de mis lagunas, que a veces son océanos. El segundo, Braulio, sí los tuvo, pero todos están en Denver, ¿qué habrá ido a hacer allí? La verdad es que no recuerdo. A veces manda fotos, tomadas con su encantadora Polaroid, o alguna postal, con un abrazo para el Viejo. Soy yo. Él no me dice abuelo, me dice Viejo. Me cago en la diferencia. Reconozco que una vez me mandó una radio a transistores. Todavía la tengo y a veces la oigo. Pero a menudo se queda sin pilas y tendría que pedirlas. Pero no pido nada. Nunca pido nada. Reconozco que soy un orgulloso de ****, pero a esta altura no voy a reeducarme, ¿no es cierto? Total, el que me jodo soy yo, porque si la radio tuviera simples pilas, podría escuchar alguno que otro partido, no muchos porque los locutores en general me cansan con su entusiasmo fingido y sus fallas de sintaxis. También podría escuchar el Sodre cuando pasan música clásica, que es la única que digiero. La alegría que tuve aquella tarde en que pude escuchar el Septimino. Lo tenía en disco, hace tiempo, vaya a saber dónde está. Quizá lo de las pilas podría solucionarse, sin mengua de mi podrido orgullo, diciéndoselo a mi nieto, para que éste, en cumplimiento de nuestro pacto de sangre y guardando siempre nuestro secreto, le dijera a mi hija, mirá la radio del abuelo, está sin pilas, y entonces lo mandaran a la ferretería de la esquina para que me las trajera. Con eso alcanza. Yo las sé colocar, aunque a veces las pongo al revés y la radio no funciona. En alguna ocasión me ha llevado un buen cuarto de hora hallar la posición adecuada para las cuatro de 1,5 voltios, pero igual me sirve para entretenerme un poco. ¿Qué más puedo hacer? Leer, ya no puedo. Televisión, tampoco. Pero escuchar la radio o cambiarle las pilas, sí. Mi tercer hijo se llama Diego y está en Europa, enseña en Zurich, me parece, sabe alemán y todo. Tiene dos hijas que también saben alemán, pero en cambio no saben español. Qué ****, ¿verdad? Diego es menos escribidor que Braille, y eso que su especialidad es la literatura, pero, naturalmente, la literatura suiza. Para las navidades manda también su tarjeta, en la que las niñas ponen sus saludos pero en alemán. Yo no sé alemán, apenas un poco de inglés para defenderme en correspondencia comercial, de la que yo mismo me encargaba cuando era gerente de La Mercantil del Sur, Importaciones y Exportaciones. Digamos, frasecitas como "I acknowledge receipt of your kind letter", o "Very truly yours", lo suficiente para que los de allá puedan contestar "Dear sirs", o "Gentlemen". También ese hijo menor a veces me manda algún regalito, verbigracia un llavero suizo de 18 quilates. En esa ocasión sonreí, como diciendo qué lindo, pero en realidad pensando qué boludo, para qué quiero yo un llavero de oro 18, si estoy aquí semipostrado. De modo que mis contactos con el mundo se reducen a mi hija, cuando entra y me dice qué tal abuelo, a mi yerno cuando ídem, de vez en cuando al médico, al enfermero cuando viene a lavar mis pelotas ya jubiladas, y también el resto de este cuerpo del delito. Bueno, y sobre todo, está mi nieto, que creo es lo único que me mantiene vivo. Es decir, me mantenía. Porque ayer por la mañana vino y me besó y me dijo abuelo, me voy por quince días a Denver con el tío Braille, ya que saqué buenas notas y me gané estas vacaciones. Yo no podía hablar (y no sé si hubiera podido, porque tenía un nudo en la garganta) ya que también estaban en la habitación mi hija y mi yerno y ni yo ni mi nieto íbamos a violar nuestro pacto de sangre. Así que le devolví el beso, le apreté la mano, puse un instante mi muñeca junto a la suya como testimonio de lo que ambos sabíamos, y sé que él entendió perfectamente cuánto lo iba a extrañar ya que no iba a tener a quién contarle cuentos inéditos. Y se fueron. Pero tres o cuatro horas más tarde volvió a entrar Aldo, y me dijo mire, abuelo, que Octavio no se fue por quince días sino por un año y tal vez más, queremos que se eduque en los Estados Unidos, así aprende desde niño el idioma y tendrá una formación que va a servirle de mucho. Él no se lo dijo porque tampoco lo sabía. No queríamos que empezara a llorar, porque él lo quiere mucho, abuelo, siempre me lo dice, y yo sé que usted también lo quiere, ¿no es así? Se lo vamos a decir por carta, aunque mi cuñado lo va a ir preparando. Ah, y otra cosa. Cuando ya se había despedido de nosotros, volvió atrás y me dijo, dale un beso al abuelo y que sepa que estoy cumpliendo nuestro pacto. Y salió corriendo. ¿Qué pacto es ese, abuelo? Cerré los ojos por pudor, aunque como siempre lagrimeo, nadie sabe nunca cuándo son lágrimas de veras, e hice un gesto con la mano como diciendo: cosas de niños. Él se quedó tranquilo y me abandonó, me dejó a solas con mi abandono, porque ahora sí que no tengo a nadie, y tampoco a nadie con quién hablar. Me tomó de sorpresa todo esto. Pero quizá sea lo mejor. Porque ahora sí tengo ganas de morir. Como corresponde a un despojo de ochenta y cuatro años. A mi edad no es bueno tener ganas de vivir, porque la muerte viene de todos modos y a uno lo toma de sorpresa. A mí no. Ahora tengo ganas de irme, llevándome todo ese mundo que tengo en mi cabeza y los diez o doce cuentos que ya tenía preparados para Octavio, mi nieto. No voy a suicidarme (¿con qué?), pero no hay nada más seguro que querer morir. Eso siempre lo supe. Uno muere cuando realmente quiere morir. Será mañana o pasado. No mucho más. Nadie lo sabrá. Ni el médico (¿acaso se dio cuenta alguna vez de que yo podía hablar?) ni el enfermero ni Teresita ni Aldo. Sólo se darán cuenta cuando falten cinco minutos. A lo mejor Teresita dice entonces papá, pero ya será tarde. Y yo en cambio no diré chau, apenas adiosito con la última mirada. No diré ni chau, para que alguna vez se entere Octavio, mi nieto, de que ni siquiera en ese instante peliagudo violé nuestro pacto de sangre. Y me iré con mis cuentos a otra parte. O a ninguna. Mario Benedetti

    Sobre mi religión:
    LA VIDA NO TIENE SENTIDO VAMOS Y VENIMOS, NOS PASAMOS LA VIDA LUCHANDO, SUFRIENDO, COMPITIENDO POR SER O TENER MÁS. UNOS MUEREN DE HAMBRE, OTROS REBOSAN RIQUEZAS... AL FINAL, Y MÁS PRONTO QUE TARDE, TODO TERMINA. NO LE DES MÁS VUELTAS, LA VIDA NO TIENE SENTIDO. En ocasiones, lo que para unos no es más que un diminuto grano de arena, para otros es el más extenso de los desiertos. En ocasiones lo que para algunos no es más que una simple gota de agua, para otros es un mar en agonía en el que su barco flota a la deriva sin rumbo alguno. ¿Caminarías solo en un desierto? ¿Navegarías en un mar hacia la tempestad? En estas interrogantes se encuentra la llave que esconde el verdadero significado del suicidio. Y al encontrarse solo? puesto que la soledad es una enfermedad endémica que ha sobrevivido a lo largo de los siglos y ante esta realidad me pregunto, ¿Qué es lo que lleva a una persona a estar sola? Las circunstancias personales que nos envuelven, al igual que el tiempo, suelen ser fragmentos incontrolables de las vivencias que rodean a nuestra existencia. La vida es una trágica comedia en la que los actores son grandes conocedores del final de la obra, pero desconocen cuanto les hace falta para alcanzar la única meta a la que todo ser vivo acaba llegando, la muerte. Cuando el actor asume el rol de director, cuando las personas y las circunstancias deciden que no hay razón por la cual seguir caminando, cuando a la persona ya no le quedan lagrimas por derramar y se cansó de caminar por el tortuoso recorrido del camino de las lágrimas, cuando la vida ya no tiene sentido la obra habrá llegado a su fin. En Guatemala 11 de cada 100,000 personas eligen diariamente el suicidio, a pesar de que las estadísticas mundiales nos colocan en el 22 lugar de países felices en el mundo y el séptimo en el continente americano, 11 de cada cien mil personas parten de viaje hacia tierras que aún nos son invisibles. ¿Qué dolor no albergarían en su alma, para partir de viaje sin ni siquiera decir adiós? Atrás quedaría el sufrimiento de una vida a la que no alcanzaron a encontrar un porque, o una razón más para luchar y quedarse en este mundo de sufrimiento. Pero atrás también quedaron personas que vivirían el resto de sus días, marcadas por el terrible sufrimiento de haber perdido un ser amado, que no supo ver en vida el efecto que otros sentían hacía el o ella. La primera fuerza o necesidad que el hombre experimenta ya desde su adolescencia, es la de encontrar un sentido a su propia vida. La voluntad de placer, de gozar de la vida, no es la fuerza fundamental del hombre, no es la que puede explicar toda la historia de la humanidad y de cada hombre en particular. Tampoco la voluntad de afirmarse y de ser alguien en la sociedad es la última y más importante tendencia del hombre. Lo que en realidad el hombre mas necesita es encontrar un sentido a su existencia, ubicarse en el mundo del porque y saber si todo tiene un sentido, o en cambio es solo una promesa que nunca se realizara. El hombre es capaz de vivir e incluso morir por sus ideales y principios, pero no puede inventar él mismo estos ideales. No podemos como nos propone Sartre, inventar nosotros el sentido de nuestra vida. Podemos descubrirlo, no inventarlo. La vida del hombre no es, pues, un estado de satisfacción, sino una tensión, un conflicto, una lucha para descubrir una solución al problema fundamental. El hombre es esencialmente esta tensión entre el tedio y el deseo. Experimentar el vacío la perdida del sentido de la vida es lo que constituye la angustia existencial del hombre. A veces, el hombre quiere huir de esta realidad y compensarla con el dinero, con el sexo, la droga, el poder, la actividad frenética. Pero la pregunta existencial es: "Vale la pena todo esto .. ? ", vuelve a inquietar siempre al hombre. Vale la pena encarar este tema y buscar las pistas de solución. La vida no tiene sentido porque el hombre tiene la responsabilidad de darle el sentido que el libremente quiere darle. Sartre afirma que el hombre, sin ninguna norma o modelo preestablecido, con una libertad sin límites, tiene el deber ineludible de elegir libremente que tipo de hombre quiere llegar a ser y que valor o sentido quiere dar a su vida. Aun compartiendo el ateísmo de Sartre, afirma que algo tiene sentido. La vida del hombre tiene este sentido: el no sentido. El materialismo ateo no responde a la pregunta sobre el futuro del hombre después de la muerte. Son problemas, afirma Carlos Marx, de origen burgués. Cuando el hombre haya dominado perfectamente la naturaleza y creado una sociedad de hombres iguales y felices el problema del más allá y de Dios perderá todo interés. Hay algunos que dicen que hay que conformarse con una inmortalidad en el recuerdo de los que vivirán después de nosotros. La única forma de sobrevivencia sería de seguir viviendo en la memoria de las generaciones futuras. Si la muerte es la ultima palabra en la vida del hombre, nada tiene sentido. Somos como un fósforo que se prende y se apaga en pocos segundos. ¿Vale la pena?. Hasta los ateos se revelan ante esta conclusión, no aceptar que la existencia no tenga sentido. De que sirve la libertad si todo termina en la nada?. Cambus afirma: ¿Que libertad puede haber en sentido pleno, sin garantías de eternidad?. Aunque no se pueda demostrar filosóficamente la inmortalidad del hombre, sin embargo, hasta el mismo Jaspers, en el último periodo de su vida subraya la posibilidad de una pista hacia el más allá: es el amor. El máximo enigma de la vida humana es la muerte, el hombre sufre con el dolor y la disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua. Juzga con instintos certeros cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo. QUE la violencia engendra violencia es un hecho confirmado a lo largo de la historia. Pero la atrocidad y la frecuencia con que se cometen hechos de violencia en nuestras ciudades no nos deja casi tiempo para detenernos a pensar cuáles son o fueron las causas que los originaron. Estos hechos generan en nosotros básicamente estremecimiento y temor, no sólo cuando nos tocan directamente, sino incluso al enterarnos de ellos a través de los medios de comunicación. Enterarnos, por ejemplo, de que dos menores de edad abordaron un autobus y, simplemente con un movimiento, dispararon un arma y dejaron sin vida a una mujer absolutamente ajena a lo que le estaba por suceder. Enterarnos de que esos menores continuaron su camino inmutables y luego ingresaron a una oficina de derechos humanos en busca de protección. Hechos como éste ciertamente, más que invitarnos a la reflexión, nos inclinan a una solución también violenta, a la venganza. Y como respuesta a situaciones que nos desbordan, optamos por el camino de la represión. Pero en la sociedad sucede algo parecido a lo que se da en el orden psicológico: reprimir o tapar los problemas sólo logra que "salten" por otro lado. Cuanto mayor es la represión, más sangrientos son los hechos de violencia. Y así llegamos a una conclusión fundamental: si no hay políticas de prevención del delito y de tratamiento de los delincuentes, estamos trabajando para el crecimiento de la venganza por mano propia y, lo que es peor, estamos haciendo que la inseguridad se instale entre nosotros sin que ya nos resulte ajena o extraña. Recuerdo un hecho similar al que hoy ocupa tanto espacio en los medios. Su protagonista, J., también menor de edad (cuando consumó el hecho tenía dieciséis años), terminó con la vida de alguien igualmente inocente. Al buscar en su historia descubrimos que había ingresado diez veces en institutos de menores y había egresado la mayoría de las veces para volver a su familia. Sin duda, una familia que no lo contenía, porque siempre volvía a la calle, y volvía con su "banda". Empezó a inhalar pegamento a los ocho años. Cada año, algún hecho delictivo lo dejaba "pegado" más tiempo en los centros. A los quince, por expresa decisión judicial, comenzó un tratamiento para adictos en una comunidad terapéutica. Al cabo de un año (así se había dispuesto), se le terminó la beca en esa comunidad, y sólo podía continuar el tratamiento en un hospital de día. El detalle que no tuvieron en cuenta ni el organismo tutelar ni el juzgado fue que su familia no tenía resueltos los problemas básicos, y los tiempos vividos en su casa y en tratamiento no tenían ninguna clase de coordinación. Su casa, desde su más tierna infancia, había sido el escenario de la violencia sistemática ejercida por un padre alcohólico sobre su madre y sobre él mismo. J., ahogado de pena por las imágenes familiares y la falta de perspectiva, buscó su propio camino. Sin embargo, cuando le propusieron tratamiento lo aceptó de buen grado. Pero luego, por una real desidia en la toma de decisiones institucionales, lo devolvieron a su lugar de "escape": la calle y la violencia. La primera pregunta que nos hacemos es: ¿la responsabilidad es únicamente de él o hay otros responsables? Después de muchos años de encierro, J. terminó la escuela primaria, se anotó en los cursos que se le propusieron, asumió su responsabilidad. Incluso su familia se modificó: había sido demasiado alto el precio pagado por haber "expulsado" a un miembro tan frágil. Pero por ahora no puede salir. Su estigma es el de "asesino". Uno se pregunta si, con el acrecentamiento de la violencia y la falta de políticas de menores y de prevención, alcanzarán los centros de detención y las cárceles para contener tanta cantidad de niños, jóvenes y adultos autores de hechos delictivos. ¿Cuántos seres intrínsecamente malos e incorregibles hay? Porque también es verdad que los hay. Pero, ¿cuántos hubieran podido encaminarse con una contención afectuosa, con un tratamiento adecuado, con condiciones de vida humanas?

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