Nuevos sabores profilácticos

El otro día, en una farmacia, pude comprobar cómo todavía hay personas que sufren cierto azoramiento cuando adquieren unos preservativos. El comprador, un chico veinteañero, solicitó las consabidas aspirinas y, a continuación y bajando levemente su tono de voz, pidió una caja de condones. El farmacéutico, en un alarde de profesionalidad y de atención al cliente, le lanzó al comprador la fatídica pregunta: ¿cómo los quieres? Al "no sé" del chico siguió una retahíla de modelos y marcas por parte del dependiente (como si estuviera recitando el 'Con cien cañones por banda' en el cole), mientras el comprador me lanzaba miradas de reojo por si yo estaba metido en el ajo. Ya sabéis, por si yo era como las vendedoras que se colocan fuera de la jaula acristalada en los estancos y te preguntan qué tabaco fumas para colocarte una nueva marca o alguna promoción. O por si estaba grabando una cámara oculta. Por cierto, inciso, detesto esas malas artes periodísticas aplicadas al mundo del sexo y que criminalizan a todos aquellos que libremente acuden a una sauna o un club de intercambio de parejas, por ejemplo. Lo que se consigue con estas prácticas es simplemente alimentar el morbo y que cuando otros periodistas quieran hablar del tema de una manera seria, los dueños y usuarios de estos establecimientos les manden al cuerno. He dicho. Volviendo a lo nuestro, lo cierto es que yo, mientras duraba la explicación del farmacéutico, puse cara de paisaje y me dediqué a alucinar con los nuevos sabores de las papillas y potitos infantiles de hoy en día. Vamos, nada que ver con el plátano machacado con un tenedor que me daba mi madre. Caray con los nuevos gourmets... A pesar de mi aparente indiferencia ante tan íntima compra, no os negaré que tenía la antena puesta en el mostrador. Cuestión de curiosidad profesional. No diré qué compró el chico pero sí que al pobre le costó bastante decidirse. La oferta es tan extensa que es lógico cierto margen de tiempo para la reflexión, por muy tímido que se sea y el corte que provoquen determinadas situaciones. 
Novedad.
Lo dicho anteriormente de los alimentos infantiles, nuevos sabores y texturas, también es aplicable a los preservativos. De la misma manera que algunos artesanos heladeros experimentan y fabrican helados de chorizo o fabada, o que algunas marcas de chicle tienen un catálogo de productos que convierten a la fresa ácida en el colmo de la vulgaridad, la industria profiláctica cada vez se esmera más a la hora de ofrecer nuevos sabores en sus productos. Atrás quedaron los tiempos en los que los preservativos de sabores sólo se compraban para hacer una gracia, se probaban una vez y, como sabían a rayos o dejaban en el paladar del usuario felador un gusto, por decirlo con delicadeza, inclasificable, no se volvían a utilizar y la caja se quedaba durmiendo el sueño de los justos en el cajón de la mesilla de noche hasta que los preservativos caducaban. Hoy en día esto ya no tiene porque ser así. Los sabores cada vez están más conseguidos, duran mucho más (antes, a las dos pasadas, se terminaba el asunto) y la oferta es cada vez más atractiva para todos aquellos que quieren protegerse ante las eventuales infecciones que puede acarrear el sexo oral con un desconocido. Un riesgo real al que cuesta mucho hacerle caso, por cierto, tal y como indican estudios y encuestas realizados sobre esta cuestión. El caso es que los de Control acaban de rizar el rizo lanzando al mercado unos preservativos con sabor y aroma a canela y a fruta de la pasión. Todo un festival para los sentidos que esperemos que no desemboque en ningún caso de antropofagia, dada la naturaleza presuntamente afrodisíaca de ambos ingredientes... En cualquier caso, las papilas gustativas o la pituitaria seguro que lo agradecen, sin duda.

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