DE TANTO HABLARTE, DIOS, ME ESTOY QUEDANDO MUDA Ni salmos, ni oraciones, ni cantatas. Te llamo y te adivino junto a mí, me envuelves fuera y dentro en este templo herido, a veces solo cuando se abre mi cruz y mi respiración estalla de tanta comprensión. Desesperadamente te reclamo, te digo, no te alejes, y perdón, que ahora no poseo más que sombra y miedo y mi llanto partido en dos mitades tira del corazón, me lo descuelga, y lo siento como un pez rojo y vivo que aletea con todas sus agallas y crepita al son de esta agonía. Grande dolor sufrido, y tan silencio, tan llamándote a voces, tanto, tanto que en un desmayo íntimo irrumpes con tu amor y me levantas y me cubres de soles misteriosos, crepitan mis estrellas y me acogen los ríos que pasan refrescando el pastizal, la fronda que fue llama en furor. Decidme, necesito, si se acaban las lágrimas, sobre todo aquellas de la sangre que las mías caen lentas ya y parecen gozar de paz, de serena verdad, de tuya siempre. Isabel Díez Serrano |
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